26 de abril de 2017

EL INTERRUPTOR

Una casa es muy similar a una cárcel. Una cama puede ser una celda. Todo tiene cuatro paredes y todo te recluye y te aleja del mundo exterior. Ella lo sabe bien porque a menudo se siente incapaz de salir de allí, como si alguien o algo se lo hubiese prohibido. Solo puede asomarse a la ventana y mirar. Lamentablemente, su calle es estrecha y corta, no hay comercios y todo lo que atisba es una hilera de coches aparcados y dos cubos grandes de basura. En el edificio de enfrente hay pintadas por toda la fachada. Las ventanas de sus vecinos están clausuradas. Ella se da la vuelta y se vuelve a meter bajo el edredón. No sabe bien por qué pero hoy es uno de esos días en los que sabe que no pisará la calle, que no sentirá el viento en su rostro. Lleva así casi dos semanas y empiezan a dolerle las piernas por la falta de ejercicio.

Cuando está dentro de la cama, arropada en la sábana y los edredones, no necesita siquiera cerrar los ojos. Pronto la vista deja de ver lo que tiene a su alrededor, los contornos y bordes se difuminan. No tarda mucho en estar muy lejos de allí. La mayoría de las veces está bajando de un avión, siguiendo la fila de viajeros en el desembarque. Siente el frío cortándole la cara, el ambiente húmedo y el cielo nublado. Sigue caminando hasta entrar en el aeropuerto y pasar el control de seguridad. Después un autobús y unos minutos después, como si hubiese dado un salto en el tiempo, ya está bajando las escaleras con su pequeña maleta de fin de semana y caminando por las calles frescas y atiborradas de Londres.
Con una mano empuja el equipaje, con la otra abre la puerta de un local. Suena un tintineo y entra. El local huele a una mezcla de hierbas y café recién hecho. Pero ella sabe que el café en esa ciudad está asqueroso y que es mejor pedir un té Earl Grey o un Chai Latte aunque lo pague a precio de oro. Las ventanas están empañadas y ella se sienta cerca de una grande, lo bastante limpia para poder divisar el gentío a través del vaho. No lleva guantes y las manos se le han puesto moradas. Seguramente tenga también el rostro inflamado, pero nada de eso es importante allí. Nota las monedas en sus manos, duras y frías. Paga y da las gracias a la mujer asiática que le lleva la tetera humeante a la mesa, entonces piensa en cuánto echa de menos hablar en inglés en su día a día.

De repente, una grúa. El sonido metálico, agudo y atronador de una grúa se ha colado en el local. Parpadea. Inmediatamente sabe dónde está y no es en Londres. Aunque reconoce el tacto de las sábanas y la comodidad de la almohada, a pesar de tener el cuerpo tibio y tranquilo, la desazón llega para quedarse, acomodada en su pecho como un gato. Han pasado un par de horas desde que se ha tumbado en la cama y la luz clara del cielo se ha minimizado. La grúa trabaja un par de calles al oeste y sus mugidos rebotan por la habitación. Pestañea, se da la vuelta. Cierra los ojos. No consigue ver nada. Su mente es una pantalla de cine oscura y opaca, pero no hay programación disponible. El aroma de su té y la cara arrugada y sonriente de la mujer son ahora un recuerdo borroso que poco a poco se va evaporando. Al mismo tiempo, su piel se enfría y el dolor de cabeza nace. Su lugar seguro se difumina, la cárcel reaparece. A veces no sabe qué es real y qué no lo es. Puede ver y oír y sentir y tocar y oler Madrid y Londres, convergiendo en un mismo espacio-tiempo. Como si tuviera un interruptor y pudiera cambiar de lugar y contexto con solo presionarlo. Con solo yacer y dejarse ir en mitad del silencio: está aquí y de pronto está allá. Y de pronto vuelve. Y de pronto desaparece. Sin embargo, ninguna de las dos realidades es ciertamente nítida. Ninguna es clara. Ella puede desplazarse, estar; pero no consigue ser en ningún lugar. No ser le deja siempre aturdida y sin aliento. Agotada. Lleva así casi dos semanas y empieza a dolerle la existencia.

19 de abril de 2017

DIARIO XII

Hay algo en mí que no está bien.
Leo sobre chinches y me pica el cuerpo, las imagino saltando de islote en islote de piel, cabello o mucosa. Rasco aquí y rasco allá, escarbo con las uñas, hasta abrirme un túnel, hasta adentrarme en los órganos y las vísceras. Sigo escarbando el túnel por el que llego a nuevos rincones y salen despedidos, regurgitados: el rencor y los malos pensamientos. Las palabras que quería haber dicho y gritado a la cara de la gente, que quise escupir. Y salen también puñetazos y patadas y sangre ajena, la sangre que quise provocar, ver brotar desde una herida que le doliese a los demás y no a mí, a mi cuerpo pequeñito y entumecido.
Cavo en mi interior con los dedos sucios, me hundo en mí, en lo oculto. Me pican las chinches y me pica la rabia contenida, la impotencia. Todo lo que creía bajo control ahora está expuesto. Hay un agujero tan grande en mi torso que se puede cruzar a la otra parte del planeta a través de él. Visitantes de todas partes del mundo pueden meter los brazos y las piernas por mi agujero y salir en Taiwán o Nueva Zelanda. Y durante el camino, mientras atraviesan el tejido abdominal, el estómago, los riñones y la médula, verán pasar imágenes; lo que nunca quise que nadie viera, lo que no tenía que haber vivido. Pero he escarbado en mi interior con tanta ansia, sin mesura, ya no hay vuelta atrás. No hay sutura que detenga este torrente de recuerdos. La lluvia copiosa de septiembre mientras dormía en la calle mirando hacia arriba, hacia una ventana. Un codo en el ojo y el cardenal posterior en tonos azules y amarillos y naranjas y berenjena. La bilis contaminando el esófago, el paladar, quebrando la dentina para siempre, rajándome los labios. Creo que he tenido los dedos sucios toda la vida.
En el otro lado del planeta, en la Costa Marfil o Bahrein, nadie los va a recibir con los brazos extendidos y vítores y preguntas sobre la experiencia. A los visitantes que atraviesen la excavación abierta en mi cuerpo impúdico, nadie va a quererlos jamás. Porque habrán salido de mí. Nada que salga de mí puede estar bien.

22 de marzo de 2017

DIARIO XI

«Contra todo pronóstico,
no estoy hecha de carne y hueso:
todo lo que soy es dolor
sumergido en una desidia profunda y seca».



Me ha salido un surco debajo del ojo izquierdo. Antes no estaba ahí, puedo certificarlo. Es más, he repasado las ochocientas veintiuna fotografías que tengo en la galería de mi teléfono móvil, mirándome el rostro, como si nunca lo hubiese visto antes, una por una, deteniéndome en mi mirada y haciendo zoom, inspeccionando cada píxel. Y la conclusión final es que ese surco antes no estaba.
Abro todas las ventanas de la casa, preparo un café. Ni siquiera sé por qué estoy llorando. No es por el surco, no. Y tengo el cuerpo tan cansado que no encuentro las fuerzas para detener el llanto. Ni para seguir preguntándome el porqué de nada. Dejo que las lágrimas resbalen y encuentren su hogar en el sobresaliente de mi pecho. Al fin y al cabo, para eso está. Para dar cobijo a mi hija: la pena.

He pensado mucho últimamente en lo que me depara la vida. La vida aquí y ahora. Y no hay ninguna ilusión. He seleccionado ciertos objetivos vitales que llevar a cabo con la premisa de seguir existiendo para poder alcanzarlos. Pero en el fondo sé, es decir, en este plano de la realidad sé, que no es más que otra mentira que me he contado a mí misma para no decir en voz alta que me da igual. Que me rindo. Mis fantasías son muñecos de falla esperando que alguien les pegue fuego. Ese alguien soy yo y sostengo en la mano la mecha. Afortunadamente, mi mano descansa flácida e inerte bajo mi cuerpo, que está tirado de cualquier manera en una cama, en un sofá, en la silla incómoda de una cafetería. Haciendo lo que mejor sabe hacer: nada. Existir por inercia. Me digo que este periodo acabará y se abrirá uno nuevo. Quiero escribir, pero no quiero vomitar. Quiero hacer ejercicio, pero no quiero despertarme por la mañana. Quiero vivir en París, pero no quiero contaminar la ciudad de tristeza. En la historia de mi vida, empezar de cero significa: renovar el dolor, intercambiar un daño por otro. No sé separar lo que siento de lo que hago y por eso no hago nada. Desafortunadamente, sostengo la mecha y esta está a punto de incendiar la cama, el sofá, o la cafetería en la que me siento a mirar por la ventana. Una parte de mí se levanta de hombros. La otra parte de mí está somnolienta porque lleva nueve años empastillada con antipsicóticos, antidepresivos, hipnóticos y ansiolíticos de todo orden y observa la llama y no sabe reaccionar.
De todas formas, ¿merece la pena?

20 de febrero de 2017

DIARIO X

No pude ver su sonrisa. Su rostro es apenas un esbozo, sé, por ejemplo, que tiene la tez pálida, las mejillas redondas y los ojos opacos. A veces, cuando pienso en él, tiene los ojos azules, glaciales. Y otras son marrones. Aunque no es cualquier marrón, es el marrón de un higo maduro, dulce y jugoso. Solo puedo imaginarlo así, trocito a trocito, porque el conjunto es difuso y no obtengo ninguna imagen clara y concisa. No puedo, por tanto, ver su cara. Conocerla, aprenderla. Es todo un misterio. He estado delante de él solo una vez y bastó esa vez para quedarme magnetizada por su figura. Es curioso cómo funciona el recuerdo, ¿no? Recuerdo todo lo que hicimos, lo que nos dijimos y recuerdo qué sentí. Puedo recrear las sensaciones y emociones de forma milimétrica, expuestas en una tabla, cuantificables, mesurables. Las analizo como un cirujano en su mesa de operaciones. Pero no tengo una imagen de su rostro. Y nunca pude ver su sonrisa, así que tampoco puedo evocarla.
Que nos conociésemos en mitad de la penumbra es otro factor a tener en cuenta. Yo me acerqué a él, hechizada, aunque no me guste utilizar esa expresión. No podía no acercarme a él, no podía quitarle los ojos de encima. Me atraía como un imán, era algo mucho más allá de lo físico y lo tangible. Teníamos una cuerda invisible. Él daba un rodeo y yo le seguía con cierta prudencia. Al principio habría creído que tenía que imitarlo, pero después me di cuenta de que mis pasos eran naturales y que estaban en su misma dirección. Ese lazo que nos unía pertenecía a otro mundo con otras reglas. No estaba atada a él, seguía siendo libre y en mi libertad, elegí estar a su lado. Él lo probaba y yo lo corroboraba. Hasta que me acerqué a él. Me posicioné a su altura, alcé mi mano, la deposité en su mejilla. Depositar es un verbo extraño pero certero. No puse mi mano en su mejilla. La deposité, como si ese fuese su lugar. Solo entonces me miró con esos ojos que todavía no recuerdo de qué color exacto eran, a veces azules, a veces marrones. Yo dije:
—Eres como la medianoche.
Me resulta difícil explicar lo que quise decir con esta frase. Digamos que tenía intención clara de comunicarme con él en su lenguaje natural: la oniria. En la vida real no tendría ningún sentido, pero allí, en medio de ese dormitorio o salón o estancia de persianas cerradas, iluminados por una pantalla blanca de un ordenador, lo tuvo. Cuando digo que él es como la medianoche quiero decir que posee todos sus atributos: la oscuridad y al mismo tiempo, la claridad de una luna llena, las aves nocturnas, la vida trágica y casi siempre miserable de las personas trasnochadoras, el ocultamiento, la noción de ser el final y el principio de todo, la diversión y el riesgo, el juego, el alcohol, la música estridente, las salas abarrotadas, el olor húmedo de la madrugada, las farolas encendidas pintando de amarillo las aceras, el color azul de Van Gogh y por supuesto, también, una habitación en penumbra o el frío que hace ponerte una sudadera. Él llevaba una sudadera negra, yo llevaba otra. Por consiguiente, era del todo lógico y cierto: él era como la medianoche.
A continuación, viene su movimiento. Se giró hacia mí, pegó su cadera contra la mía, su pecho contra el mío. Realmente podía sentir todo su peso y todo su calor y su tacto, la textura de su ropa, aplastando y empujando mi cuerpo. Ese movimiento que fue parecido al movimiento de las mareas y las corrientes submarinas en el océano, provocadas por la posición de la luna. Mi mano se deslizó hacia atrás, alcanzando su nuca, solo un segundo después de que él pusiera las suyas en mi cuello, en mis mejillas, abarcando toda mi cabeza, levantándome el mentón, uniendo su boca con la mía, abriéndose camino entre los labios, introduciendo su lengua. Calor, lluvia, torbellinos, un pozo sin fondo, un agujero negro y mi alma. Mi alma vaporosa y fría, subiendo, reptando por mi cuerpo desde quién sabe dónde, muerta, y de repente viva y subiendo por la garganta hasta salir de allí, hasta que llegó él para succionarla. No toda, solo una parte, pero me la arrebató o se la di. Una parte de mi alma estaba ahora en su cuerpo, mientras nosotros nos besábamos. Entonces un beso, uno de verdad, no es solo la lucha entre dos lenguas, dos bocas que se mueven. Un beso es un intercambio, es una ofrenda. Esa noche yo lo entendí y un pedazo de mi alma se fue con él.
El beso terminó, nos separamos. Yo temblaba. Mi temblor no era un temblor normal, todo mi esqueleto se movía discorde, no podía tenerme en pie, menos hablar, menos enfocar la mirada. Conseguí una silla y me senté o me dejé caer en ella, reposé la cabeza en un brazo, sonreía tonta, sorprendida, aliviada, ennoblecida. Nunca había sentido nada parecido. Nunca había vibrado. Creo, en el fondo, que nadie ha vivido algo así, no solo yo, ninguna otra persona. Pertenecía a otro mundo. A un mundo con otras reglas, y otros sentimientos y otras emociones que no existen en este lado de la realidad, en el que tampoco existe él.

12 de enero de 2017

CARTA ABIERTA II

Se me dan mal las personas. Se me da mal estar cerca de ellas, en un plano físico, me sudan las manos y me tiembla el cuerpo, digo tonterías o no digo nada. De pronto estoy muda, de boca, de ojos, de oídos. Nada en mí reacciona. Se me da mal sonreír y abrazar. Se me dan mal los padres, los tíos y primos, se me da mal la hermana pequeña. Los amigos, los conocidos, los compañeros de clase y de trabajo. Especialmente mal los profesores y cualquiera que ocupe un cargo que implique superioridad frente a mí. Por eso cuando me siento sola —y yo me siento sola siempre, como si fuera un estado natural del cuerpo más que un sentimiento que apuñala por la espalda— me recuerdo que solo lo estoy en la medida en que yo misma lo he decidido así. Podría cambiarlo, como podría cambiar muchas cosas. Por eso vengo a dejar claro que hay dos formas de estar mal, de estar en la mierda: la primera es evidente, te vas a ella, te diriges, o te mandan, o lo mandas todo, pero es un camino con un destino final; la otra es estar en la cama, que implica que ya estás en la mierda pero además, que de ahí no vas a moverte, que estás postrada en el fango, que respiras repugnancia, que tu piel y tu cuerpo son sucios y mugrientos, que tu existencia está contaminada. La cama se inventó como remedio y solo llegó a los humanos como otra suerte de cárcel. Sean dolencias físicas o psíquicas, no poder levantarte de ahí es el peor castigo de todos. Ver la vida pasar en posición horizontal, con las paredes oprimiéndote el pecho, confundiendo el ambiente por oxígeno, creyendo ver las ramificaciones de los bronquios en las grietas del techo. Cuando quieres ser consciente una habitación ya no es una habitación es todo lo que eres. Y no, no me refiero a los muebles o la pintura o el papel. Me refiero a todo el espacio vacío entre ellos. Eso eres tú. Eso soy yo. Por eso cuando estoy con gente, cuando consigo salir, en realidad no estoy yendo hacia ningún lado. Pegadas a mí están las sábanas y la almohada, interactúo como puedo, con somnolencia de espíritu y carácter y la ausencia que soy, se manifiesta entonces tangible. No es que pase desapercibida, es que soy invisible, ligera, vaporosa. Soy una nada que ninguna impresión o sensación causa. Podría morirme y tardaríais mucho tiempo en saberlo, si es que mi muerte dejase constancia alguna.
Me urge vivir pero no sé cómo hacerlo. He olvidado cosas que antes suponían un axioma en mi vida, sin las que yo no era, no estaba. ¿Cómo se aprende a volver a ser? ¿Cómo se aprende a volver a estar? En mis límites físicos sigo siendo la misma: misma piel hecha harapos, mismas heridas sangrantes. Aquí debajo nada ha curado, aquí dentro parece una mudanza de urgencia donde nadie sabe qué recuerdo se ha metido en qué órgano, qué sentimiento está en qué sistema. Creo que alguien movió el dolor al aparato circulatorio y por eso me corre por las venas cada reproche, cada error, cada fracaso, cada humillación, cada cobardía. No me miro en el espejo porque en mi rostro hay un cartel de neón que me grita, se superponen los rostros de otras personas, descompuestos, extasiados, aporreando el cristal del que últimamente está hecho mi piel, le dan fuertes golpes con los puños y a mí solo me entran ganas de llorar. Miro mis ojos y no me mantengo firme. Miro los labios, las mejillas, la frente, veo el cuello. El llanto. No puedo seguir así. Todos los días una voz me repite: gracias por su visita, le atenderemos lo antes posible. Y me marcho a mi casa, quiero decir, me marcho a un hueco hondo y oscuro de mi yo y me hago un ovillo y espero, espero, espero. Me he abandonado, me he delegado en pos de una tarea superflua y vacua. Lo verdaderamente importante está marchito. Me urge vivir, en serio, es una necesidad, un sofoco, pero no sé cómo hacerlo.

23 de diciembre de 2016

DIARIO IX

Nada me hace más feliz que dormir a plena luz del día, con el sol sobre las mejillas, con las piernas fuera del edredón, el cuerpo en la posición perfecta, la temperatura perfecta, la suavidad perfecta. El gato duerme conmigo, enroscado junto a mi abdomen. Tengo sueños vívidos con sabores como el melocotón, el tacto de una piel áspera, la risa incontenible asomándome en los carrillos. En estos sueños yo sigo siendo yo, pero también soy una espectadora ajena, un elemento flotante, los ojos que miran con detenimiento cada detalle, cada ángulo, los que evalúan las expresiones del elenco de personajes que discurren por la pantalla. Hoy:
hay un chico que hace bromas que en la vida real no tendrían sentido, a mí me lloran los ojos de alegría. Fuera del sueño también me estoy riendo aunque luego no recordaré por qué. Ese chico tiene las manos secas, las posa junto a mi cuello, tiene los ojos muy grandes, tan grandes que parecen bocas que vayan a comerme. En mis sueños nunca tengo miedo aunque ocurran cosas horribles, me agito y me rebelo contra todo, me grito a mí misma para sacarme de la ensoñación. El chico de los ojos como bocas va a besarme y sé que voy a despertarme porque no hay cabida para más endorfinas. En el siguiente sueño está el otro, el que aparece continuamente en mi inconsciente como un caballo salvaje redimiéndose, comiendo del pasto que es mi mano, poniendo una de sus sonrisas tramposas. No quiero soñar con él, pero vuelve a menudo, cada vez más y no sé cómo frenarlo. Es un caballo salvaje, corre detrás de mí, rápido; yo corro delante de él, lento. Cuando me despierto tengo ganas de vomitar y me enfado conmigo misma, me reprendo, qué estoy haciendo, qué estoy haciendo, qué estoy haciendo.
El blanco de las paredes me hace daño en los ojos y sé que he dormido en mala postura porque me duelen las lumbares, los muslos, el cuello, las sienes. Hace quince horas que dije que me iba a dormir, hace quince horas que estoy en posición horizontal. No quería hacerlo pero lo he hecho. La mañana se ha ido. El sol de la tarde es oscuro y opaco, acaricia con las manos duras. Me hago daño al pisar el suelo descalza. El desayuno se convierte en la comida, la merienda y la cena y cae sobre el pozo que es mi estómago. Quiero dejar las persianas subidas para ver la luz del día /lo que queda de ella/ pero el frío se cuela por los cristales y las bisagras. Quito la almohada; a falta de silla, me siento en la cama. Todas las paredes están desnudas.
Cuando miro el reloj, es medianoche.

29 de noviembre de 2016

CARTA ABIERTA I

Querido M., no sé si esta será la última vez que te escriba, pero sí quiero que sea la definitiva. Necesito pedirte perdón por muchas cosas, especialmente, por hacer de ti mi historia personal. Por haberme apropiado de todo lo que concierne a tu mundo, tu identidad, por haberme desarrollado a tu costa, absorbiendo lo que me quedaba de ti —lo que me habías regalado— y haciéndolo mío. En ese sentido, he sido terriblemente egoísta, por reservarte exclusivamente para mí, para mis días de dolor y tristeza, para la soledad, para el desconcierto y para culparte de todo lo que me ocurre desde entonces. Eres mi explicación para todo y a día de hoy ya no se me entiende si no es a través de ti. Quería que permanecieras en este mundo, en el mío, y que no te evaporases como tantas otras cosas se han difuminado con los años. Y acerté, me adelanté a los acontecimientos y preví que ibas a desaparecer. Me negaba en rotundo a perderte, me sigo negando a ello. Sé que es hipócrita por mi parte, ya que fui yo quien cerró la puerta y no se dignó a mirar atrás, ni siquiera una sola vez. No sabes cuánto me he arrepentido de esto en mi vida y cuánto daría por volver atrás en el tiempo, tener dieciséis años y decir: sé la verdad, te acepto tal y como eres, no te vayas, no te mueras. Dejar que todo siguiera su curso, sin intervenir, sin hacerme la valiente, la libre, la fuerte. Y sé que no es excusa, pero por si sirve de algo, he aprendido la lección: ya no sé decirle adiós a las personas, espero siempre que sean ellas quienes se marchen. Entiendo y acepto las despedidas, lo que no me permito es no haber dado todo lo posible, quedarme con la duda. Lo irónico es que lo he pagado, porque por no decir adiós he aguantado todo lo que una persona no debería aguantar jamás. Fuiste mi primer y último adiós, el peor error de todos y desde ese veintidós de junio ya no soy la misma persona. Te expulsé, te di la espalda y en vez de ser congruente y olvidarte, te puse en el eje central de mi mundo. Ahora mismo no sé siquiera si fue algo deliberado o inconsciente, lo único que sé es que tu ausencia me unió todavía más a ti y te estuve buscando durante años, no solo en las miradas de los transeúntes, sino en los libros y en el cine, en las canciones, en cada persona que tiene tu mismo nombre. Hasta que no me quedó más remedio que aceptar que ya no existías en el mismo plano que yo. Fuimos los protagonistas de Self Conclusion con un final alternativo; tú saltaste y yo me quedé mirando el abismo fingiendo que todavía estabas aquí. La ficción me salvó, no te voy a mentir. Siempre fui consciente de que no estabas, no es como si me hubiese vuelto loca de remate, pero aún así me recreaba en tus llamadas telefónicas, en tus mensajes de texto y en las noches en que te colabas por mi ventana. Puedo trazar una línea muy precisa del contorno de tu rostro reposando en mi almohada cada mañana, o notar tus brazos envolviéndome cuando estoy sentada en el sofá. A veces todavía te hablo. Y últimamente te veo en todas partes. Escribí tu historia en mi mente y la leí día tras día hasta que me la aprendí de memoria, hasta que se convirtió en una realidad y fuiste mío, lo único que me pertenece. Te llevo conmigo y te llevo en silencio: de este modo nadie sabe que has existido y nadie puede quitarme tu recuerdo.
Decirte adiós fue el primer error de una sucesión enorme de errores, garrafales, que me han llevado adónde estoy hoy, a ser quien soy aquí y ahora. Y ya te lo dije la última vez que te escribí: menos mal que no vives para ver en lo que me he convertido. Fallarte y decepcionarte probablemente sea lo que más me tortura, porque sé que me rendí hace mucho tiempo e intuyo que, incluso la versión espiritual de ti, me ha dado la espalda. Donde quiera que estés, es probable que me leas con una sonrisa sardónica en los labios, pensando en la estafa que soy y reafirmándote en tu última premisa: que sigo siendo un malgasto inútil de tiempo. Mis disculpas llegan tan tarde que no tienen ningún valor, soy consciente de ello, y esto es solo otro acto puramente egoísta, necesito redimirme por profanar tu memoria tan gratuitamente. En la guerra que estoy librando, nada me haría más feliz que tenerte en mi lado del frente, saber que de todas las personas que han pasado por mi vida, tú eres la única que jamás va a ponerse en mi contra. Pero es otra mentira que me cuento a mí misma, porque te conozco y sé que si pudieras, no me mirarías ni a la cara. Así que cómo voy a hacerlo yo, día a día, frente al espejo, si hasta el fantasma que me acompaña desde hace casi una década me repudia.

Perdóname, M. Perdóname por utilizarte, por cada año en el me he aferrado a ti, al día en que nos conocimos y usarlo como barrera para no luchar, no seguir avanzando. Me resulta más cómodo seguir siendo la adolescente que espera que le escribas un email de madrugada, contando alguna locura de las tuyas, haciéndome reír y soñando con coger un avión para ir a tu encuentro. Soy la cobarde que prefiere quedarse y aguantar, donde «quedarse» implica estar estancada en un tiempo y espacio que dejaron de existir hace muchos años.
Perdóname por rellenar los huecos vacíos, por imaginar cómo habrías devenido, por adueñarme de tu futuro y otorgarte lo que yo querría para ti.
Perdóname por usar tu memoria para evaluar mi tristeza, para medir mi desgracia. Porque fuiste el desencadenante de las circunstancias de mi vida y sé que nunca habrías querido serlo.
Perdóname por completar el puzzle de tu personalidad con mis intereses y conveniencias, creyéndome dueña de tu identidad, creyendo que te conocía mejor que nadie.
Perdóname por no hablar de ti nunca, por tenerle miedo a decir tu nombre y que alguien me mire a los ojos y me diga: te equivocas.
Perdóname por seguir siendo el recurso al que acudo cuando estoy en la cama durante dieciocho horas y solo pienso en quedarme dormida y viajar hasta ti, o al menos, intentarlo. Porque siendo honesta, quiero reunirme contigo, dondequiera que estés; lo he querido desde aquel día y una voz que no es la tuya me lo recuerda constantemente. Pero no tengo valor para hacerlo. No todavía.