1 de julio de 2016

Diario VIII

No queda nada del lugar en el que crecí.
La fachada siempre había sido gris
pero hoy es ceniza, están muriendo centenares
de recuerdos entre el polvo y las baldosas,
ya no veo relucir el sol desde dentro, sino que apenas
las nubes se posan sobre las persianas bajadas
que vislumbro desde la calle.
Querría abrir las puertas y decirle a mi abuela
que ya estoy en casa, donde casa significa:
este es mi lugar,
de aquí no me moveré;
quiero recorrer los pasillos y subir las escaleras
de dos en dos,
bajarlas de siete en siete,
deslizarme por la barandilla y oír los gritos de mi padre,
                  por si acaso me caigo de tres pisos de altura,
pero él no entiende que es amarilla, que es el tobogán de mi infancia,
cuando era niña y creía en los para siempre porque siempre
era sinónimo de un tiempo sin fin.
El fin ahora ha llegado en muchos sentidos.
Y mi abuela ya no abre la boca ni los ojos,
su corazón está ciego, sordo y mudo: es un alma impenetrable.
Como las puertas del edificio y el cobertizo de la terraza
y las persianas enclaustradas en los alféizares.
Como el cartel de vendido.
Vendido el día que di una fiesta de disfraces en la segunda planta
vendido mi primer beso en el portal
vendidos los quince años jugando a videojuegos la sala.
Lloraré por el cemento, el yeso, la escayola
lloraré por la tierra sucia de sus cimientos
lloraré mientras camino rápido,
arrastro la maleta y me espera en la esquina un taxi.
Mi corazón se encoge y mengua,
pienso mucho en mi abuela, en las manos reposadas
sobre el regazo oscuro, sobre las piernas delgadas
en su alma impenetrable.
No queda nada del lugar en el que crecí.


29 de junio de 2016

Diario VII

Te prometo que aprenderé a callarme a tiempo, que la rabia no regurgitará por mi boca, mis ojos o mis manos. No me volverás a ver temblar. Te prometo, señor, que no estallaré más, que me voy a contener las lágrimas y los chillidos y también el fuego. Me abrasaré por dentro pero te juro que por fuera seré un remanso de paz, calma y control. Tú no pagarás por mi locura. Tú no pagarás por mi pasado, mi presente maldito, mi más que probable futuro de inestabilidad. No tienes que pasar por nada de eso porque eso es mi verdadero yo y te he revocado el acceso. No te concedo el permiso de conocerme de verdad. Y a partir de ahora podrás mirarme a los ojos, pero no el alma; podrás escuchar mi voz, pero no mi interior. Tendrás que conformarte con la cáscara, porque la pulpa no brotará de mí. Estaré sentada a tu lado y sonreiré, pero nuestros corazones palpitarán a kilómetros de distancia. Mi latido ensordecerá cuando estés cerca.



28 de junio de 2016

Diario VI

I. Claro que no soy la misma que la de la semana pasada. Es que la semana pasada todavía no se había ido todo a la mierda. O quizá sí, un poco, pero no tanto. Estaba aún en proceso. Estaba en este momento en el que algo puede salir mal pero también puede que mejore con los días; puede que, al final de todo, las cosas no sean tan terribles. Ahora han pasado siete días y las cosas sí son tan terribles, quizá incluso más de lo que cabría imaginar. Por eso no soy la misma, porque no estaba jodida, porque no estaba quemada, porque aún no tenía el agua encharcada en los pulmones. Si cada día que pasa deja un arañazo, a la semana eres poco más que un amasijo de piel encarnada. Es de lógica. Pero a ti la lógica te resbala y por eso estoy escribiendo todo esto ahora, porque si no te explico cuánta mierda he soportado en los últimos lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo y lunes, no te enteras. No te enteras y lo que es peor: profieres memeces como que no soy la misma de entonces.

II. Recuerda lo siguiente: la primera causa de muerte en el mundo es la desilusión. En realidad ya estamos viviendo un apocalipsis zombi, lo que ocurre es que no vamos por ahí comiendo cerebros —no literalmente— pero te digo que los muertos en vida ya superan con creces a los vivos. Esos, pobres de ellos, están en peligro de extinción.

III. Tengo un agujero negro en el estómago que está devorando todo y cuando digo todo hablo en sentido literal: ha tragado ya las entrañas, los órganos y varios litros de sangre. Probablemente el agujero negro se expanda, acabe con el pubis, con las tetas, luego con toda la columna vertebral. Se tragará mi rostro, mi cabeza y las puntas de los dedos. Entonces donde una vez estuve yo no quedará nada, ni siquiera el recuerdo en la mente de la gente.




13 de junio de 2016

Diario V

Mi gato ha construido un cementerio de bolas de papel de aluminio debajo del armatoste que tengo por mueble de salón. Si te tumbas en el suelo y miras por las rendijas puedes ver tres moribundas condenadas al exilio, lo suficientemente cerca para que el gato y tú las veáis, lo suficientemente lejos como para alcanzarlas. Es una metáfora perfecta de lo que es nuestra vida cualquier tarde de verano: un silencioso anhelo, un recordatorio de lo que ansiamos y de cómo nuestras zarpas encogidas saben que no hay nada que hacer.
Ahora mismo estoy tirada en el sofá, a mi derecha descansa un perro de peluche que mi gato ignora. También descansan quinientos libros que yo ignoro. Yo también tengo mi propio cementerio, solo que es un cementerio de papel en el que han muerto cientos de billetes de diez y veinte euros. Cualquiera diría que gastar el dinero en libros es mejor que gastarlo en cualquier otra cosa y es verdad, pero yo me he criado en la tierra del culto al capital. Me duele el dinero gastado porque ha sido difícil de conseguir y de mantener, alguien ha sudado y trabajado por él y yo lo he tenido en las manos un tiempo limitado que no ha merecido la pena. Cuando intercambias los billetes por algo, tienes un objeto de un valor que no se corresponde al valor inicial del billete que has pagado por él. No es un valor monetario, sino simbólico. Veinte euros son también la tenencia y la posibilidad de veinte euros. Cuando no están, esa posibilidad deja de existir. Y ser consciente de esto implica también ser consciente de lo mal que funciona la tierra en la que estamos condenados a vivir.



6 de junio de 2016

Diario IV

No calibro bien mis emociones, aunque la puntería nunca me ha fallado. Y es lo que ocurre ahora con la tristeza: da donde más duele y además lo hace con la fuerza de las lluvias torrenciales; dejándome empapada, fría, tiritando.
Hoy he recordado la sonrisa y el ardor ha quemado las entrañas. He recordado cómo nacía y se ensanchaba libre y hermosa para después morir junto a la ilusión y la confianza en un choque frontal contra la realidad. El fuego surgido lo ha devorado todo y donde estaba ella ahora hay un campo de ceniza. He recordado, por supuesto, el día que le hablé de ti a mi padre. Porque yo no soy de contarle estas cosas a mi padre a menos que tenga mis motivos: creía que eras real, tangible, palpable. Como los apuntes de los exámenes sobre el escritorio o el calor tímido y floreciente de mayo. Creía que podía hablar de ti sin miedo a precipitarme, a cualquier persona, en cualquier lugar. Ya sabes, precipitarme contra un error que me dejase en ridículo, que me recordase más tarde lo tonta que soy. Así que le hablé de tus rizos, de tus estudios, de tus ambiciones. Le hablé de que te había conocido cuando menos te esperaba y que me hacías bailar y que tenía ganas de que os conocierais porque por una vez, me permitía fantasear con la palabra familia. Él me dijo a mí todo esto me parece muy bien, pero tú no te descentres. Y recuerdo que lo tomé un poco mal, porque lo último que quieres cuando tienes ilusión es que consideren esa ilusión una torpeza. Yo, evidentemente, no le hice caso y me descentré. Me descentraste. Todo lo que en mi vida era real, tangible, palpable se desdibujó y yo perdí mi nortesuresteoeste. Tú y mis apuntes y mis exámenes. Incluso el calor tímido y floreciente de mayo. La muerte de esta sonrisa concreta me dolió porque era una sonrisa genuina que inundaba un rostro acostumbrado a estirar los músculos faciales día sí día también por normas sociales.
A ella le siguieron otros cadáveres y para ninguna hubo funeral. Después de todo dejó de doler y a veces incluso surge la risa; una risa seca y ácida que sigue corroyéndome el esófago cuando muere otra pequeña ilusión amarilla. La boca de mi estómago es una tumba de luciérnagas donde luciérnaga es sinónimo de ganas. Unas ganas que en su día nacieron dando saltos, revoloteando y que ahora a duras penas consigo mantener vivas.
Te conocí cuando menos te esperaba, cuando menos preparada estaba para esta guerra fría en la que las bajas se suman por millones. Pero aún y todo te debo las gracias. Gracias por librarme de tanta ingenuidad.



1 de marzo de 2016

Diario III

Se parece al grito de cien ratas histéricas corriendo unas encima de las otras. Un atasco en hora punta en el centro de la ciudad que inmoviliza el tráfico y te hace perder un vuelo por el que has pagado mil pavos. El incendio de treinta hectáreas alrededor de tus pulmones. Es un puñetazo en el esternón cuando menos te lo esperas, quizá durante la siesta. Un desfile de tambores un lunes por la mañana. La carcajada de alguien que no soportas, en bucle. Es el mundo temblando, gimiendo, quebrándose sin que nadie parezca darse cuenta. Y es el terror que te embarga y parte tu mirada en dos, transformando tu vida mientras los demás van a la suya. Y son esos demás yendo a la suya que de pronto parecen de otro planeta, con un lenguaje y sistema de comunicación distinto que nadie se ha molestado en explicar, compartir. Eres tú: a solas en tu habitación, a solas en un autobús, a solas en una cafetería, incapaz de comprender. Inútil. Indefenso.



29 de febrero de 2016

Diario II

He pasado todo el día evitando pensar en ti, en que hoy habría sido tu cumpleaños. He subido a tres trenes y he viajado a las montañas donde no he gritado tu nombre ni te he echado de menos. Nada a mi alrededor tenía que ver contigo. Ni la nieve, ni el blanco, ni los charcos, ni los coches, ni los desconocidos, ni las conversaciones cruzadas que he ido intercambiando aquí y allí para llenar cualquier silencio por el que pudieras colarte. Ya no me gusta pensarte. Resultaba sencillo imaginar tus diecisiete, dieciocho y diecinueve años. Pero a día de hoy, con veinticuatro, tu imagen es un abismo. No tienes facciones, ni voz, ni personalidad. No sé en quién habrías devenido. No sé si habrías salido de aquello o, si por el contrario, habrías acabado por sumergirte del todo. No sé quién serías ahora, qué te gustaría, qué pensarías ni en qué lugar quedaría yo (suponiendo demasiadas cosas). Todo lo que puedo pensar es ficción; una ficción imprecisa y vaga y sobre todo, corrompida por mis propias expectativas. No quiero contaminarte de mí y de todo lo que soy yo ahora, porque quien soy ahora depende en una gran medida de que—. No me gusta pensarte porque temo estar confundiéndote con otra persona, mezclando el recuerdo y el anhelo, atribuyéndote algo que no te pertenece. Me aterra verte en los ojos de alguien y darme cuenta de que no he sabido distinguirte. Me da miedo olvidar lo poco que supe a ciencia cierta de ti.

Yo sé qué pensarías de mí si me conocieses ahora. Sé cuáles serían tus palabras y qué color tendrían, sé cómo teñirían toda la nieve de rojo oscuro y esta vez no pedirías perdón. Sé que volverías a estar delante de mí sin tocarme, sin abrazarme, sé que volverías a subir a un avión a sabiendas de que ese avión iba a estrellarse. Porque todo lo que soy es lo que prometí que nunca sería, sí, pero tú me traicionaste primero.