12 de enero de 2017

CARTA ABIERTA II

Se me dan mal las personas. Se me da mal estar cerca de ellas, en un plano físico, me sudan las manos y me tiembla el cuerpo, digo tonterías o no digo nada. De pronto estoy muda, de boca, de ojos, de oídos. Nada en mí reacciona. Se me da mal sonreír y abrazar. Se me dan mal los padres, los tíos y primos, se me da mal la hermana pequeña. Los amigos, los conocidos, los compañeros de clase y de trabajo. Especialmente mal los profesores y cualquiera que ocupe un cargo que implique superioridad frente a mí. Por eso cuando me siento sola —y yo me siento sola siempre, como si fuera un estado natural del cuerpo más que un sentimiento que apuñala por la espalda— me recuerdo que solo lo estoy en la medida en que yo misma lo he decidido así. Podría cambiarlo, como podría cambiar muchas cosas. Por eso vengo a dejar claro que hay dos formas de estar mal, de estar en la mierda: la primera es evidente, te vas a ella, te diriges, o te mandan, o lo mandas todo, pero es un camino con un destino final; la otra es estar en la cama, que implica que ya estás en la mierda pero además, que de ahí no vas a moverte, que estás postrada en el fango, que respiras repugnancia, que tu piel y tu cuerpo son sucios y mugrientos, que tu existencia está contaminada. La cama se inventó como remedio y solo llegó a los humanos como otra suerte de cárcel. Sean dolencias físicas o psíquicas, no poder levantarte de ahí es el peor castigo de todos. Ver la vida pasar en posición horizontal, con las paredes oprimiéndote el pecho, confundiendo el ambiente por oxígeno, creyendo ver las ramificaciones de los bronquios en las grietas del techo. Cuando quieres ser consciente una habitación ya no es una habitación es todo lo que eres. Y no, no me refiero a los muebles o la pintura o el papel. Me refiero a todo el espacio vacío entre ellos. Eso eres tú. Eso soy yo. Por eso cuando estoy con gente, cuando consigo salir, en realidad no estoy yendo hacia ningún lado. Pegadas a mí están las sábanas y la almohada, interactúo como puedo, con somnolencia de espíritu y carácter y la ausencia que soy, se manifiesta entonces tangible. No es que pase desapercibida, es que soy invisible, ligera, vaporosa. Soy una nada que ninguna impresión o sensación causa. Podría morirme y tardaríais mucho tiempo en saberlo, si es que mi muerte dejase constancia alguna.
Me urge vivir pero no sé cómo hacerlo. He olvidado cosas que antes suponían un axioma en mi vida, sin las que yo no era, no estaba. ¿Cómo se aprende a volver a ser? ¿Cómo se aprende a volver a estar? En mis límites físicos sigo siendo la misma: misma piel hecha harapos, mismas heridas sangrantes. Aquí debajo nada ha curado, aquí dentro parece una mudanza de urgencia donde nadie sabe qué recuerdo se ha metido en qué órgano, qué sentimiento está en qué sistema. Creo que alguien movió el dolor al aparato circulatorio y por eso me corre por las venas cada reproche, cada error, cada fracaso, cada humillación, cada cobardía. No me miro en el espejo porque en mi rostro hay un cartel de neón que me grita, se superponen los rostros de otras personas, descompuestos, extasiados, aporreando el cristal del que últimamente está hecho mi piel, le dan fuertes golpes con los puños y a mí solo me entran ganas de llorar. Miro mis ojos y no me mantengo firme. Miro los labios, las mejillas, la frente, veo el cuello. El llanto. No puedo seguir así. Todos los días una voz me repite: gracias por su visita, le atenderemos lo antes posible. Y me marcho a mi casa, quiero decir, me marcho a un hueco hondo y oscuro de mi yo y me hago un ovillo y espero, espero, espero. Me he abandonado, me he delegado en pos de una tarea superflua y vacua. Lo verdaderamente importante está marchito. Me urge vivir, en serio, es una necesidad, un sofoco, pero no sé cómo hacerlo.

23 de diciembre de 2016

DIARIO IX

Nada me hace más feliz que dormir a plena luz del día, con el sol sobre las mejillas, con las piernas fuera del edredón, el cuerpo en la posición perfecta, la temperatura perfecta, la suavidad perfecta. El gato duerme conmigo, enroscado junto a mi abdomen. Tengo sueños vívidos con sabores como el melocotón, el tacto de una piel áspera, la risa incontenible asomándome en los carrillos. En estos sueños yo sigo siendo yo, pero también soy una espectadora ajena, un elemento flotante, los ojos que miran con detenimiento cada detalle, cada ángulo, los que evalúan las expresiones del elenco de personajes que discurren por la pantalla. Hoy:
hay un chico que hace bromas que en la vida real no tendrían sentido, a mí me lloran los ojos de alegría. Fuera del sueño también me estoy riendo aunque luego no recordaré por qué. Ese chico tiene las manos secas, las posa junto a mi cuello, tiene los ojos muy grandes, tan grandes que parecen bocas que vayan a comerme. En mis sueños nunca tengo miedo aunque ocurran cosas horribles, me agito y me rebelo contra todo, me grito a mí misma para sacarme de la ensoñación. El chico de los ojos como bocas va a besarme y sé que voy a despertarme porque no hay cabida para más endorfinas. En el siguiente sueño está el otro, el que aparece continuamente en mi inconsciente como un caballo salvaje redimiéndose, comiendo del pasto que es mi mano, poniendo una de sus sonrisas tramposas. No quiero soñar con él, pero vuelve a menudo, cada vez más y no sé cómo frenarlo. Es un caballo salvaje, corre detrás de mí, rápido; yo corro delante de él, lento. Cuando me despierto tengo ganas de vomitar y me enfado conmigo misma, me reprendo, qué estoy haciendo, qué estoy haciendo, qué estoy haciendo.
El blanco de las paredes me hace daño en los ojos y sé que he dormido en mala postura porque me duelen las lumbares, los muslos, el cuello, las sienes. Hace quince horas que dije que me iba a dormir, hace quince horas que estoy en posición horizontal. No quería hacerlo pero lo he hecho. La mañana se ha ido. El sol de la tarde es oscuro y opaco, acaricia con las manos duras. Me hago daño al pisar el suelo descalza. El desayuno se convierte en la comida, la merienda y la cena y cae sobre el pozo que es mi estómago. Quiero dejar las persianas subidas para ver la luz del día /lo que queda de ella/ pero el frío se cuela por los cristales y las bisagras. Quito la almohada; a falta de silla, me siento en la cama. Todas las paredes están desnudas.
Cuando miro el reloj, es medianoche.

29 de noviembre de 2016

CARTA ABIERTA I

Querido M., no sé si esta será la última vez que te escriba, pero sí quiero que sea la definitiva. Necesito pedirte perdón por muchas cosas, especialmente, por hacer de ti mi historia personal. Por haberme apropiado de todo lo que concierne a tu mundo, tu identidad, por haberme desarrollado a tu costa, absorbiendo lo que me quedaba de ti —lo que me habías regalado— y haciéndolo mío. En ese sentido, he sido terriblemente egoísta, por reservarte exclusivamente para mí, para mis días de dolor y tristeza, para la soledad, para el desconcierto y para culparte de todo lo que me ocurre desde entonces. Eres mi explicación para todo y a día de hoy ya no se me entiende si no es a través de ti. Quería que permanecieras en este mundo, en el mío, y que no te evaporases como tantas otras cosas se han difuminado con los años. Y acerté, me adelanté a los acontecimientos y preví que ibas a desaparecer. Me negaba en rotundo a perderte, me sigo negando a ello. Sé que es hipócrita por mi parte, ya que fui yo quien cerró la puerta y no se dignó a mirar atrás, ni siquiera una sola vez. No sabes cuánto me he arrepentido de esto en mi vida y cuánto daría por volver atrás en el tiempo, tener dieciséis años y decir: sé la verdad, te acepto tal y como eres, no te vayas, no te mueras. Dejar que todo siguiera su curso, sin intervenir, sin hacerme la valiente, la libre, la fuerte. Y sé que no es excusa, pero por si sirve de algo, he aprendido la lección: ya no sé decirle adiós a las personas, espero siempre que sean ellas quienes se marchen. Entiendo y acepto las despedidas, lo que no me permito es no haber dado todo lo posible, quedarme con la duda. Lo irónico es que lo he pagado, porque por no decir adiós he aguantado todo lo que una persona no debería aguantar jamás. Fuiste mi primer y último adiós, el peor error de todos y desde ese veintidós de junio ya no soy la misma persona. Te expulsé, te di la espalda y en vez de ser congruente y olvidarte, te puse en el eje central de mi mundo. Ahora mismo no sé siquiera si fue algo deliberado o inconsciente, lo único que sé es que tu ausencia me unió todavía más a ti y te estuve buscando durante años, no solo en las miradas de los transeúntes, sino en los libros y en el cine, en las canciones, en cada persona que tiene tu mismo nombre. Hasta que no me quedó más remedio que aceptar que ya no existías en el mismo plano que yo. Fuimos los protagonistas de Self Conclusion con un final alternativo; tú saltaste y yo me quedé mirando el abismo fingiendo que todavía estabas aquí. La ficción me salvó, no te voy a mentir. Siempre fui consciente de que no estabas, no es como si me hubiese vuelto loca de remate, pero aún así me recreaba en tus llamadas telefónicas, en tus mensajes de texto y en las noches en que te colabas por mi ventana. Puedo trazar una línea muy precisa del contorno de tu rostro reposando en mi almohada cada mañana, o notar tus brazos envolviéndome cuando estoy sentada en el sofá. A veces todavía te hablo. Y últimamente te veo en todas partes. Escribí tu historia en mi mente y la leí día tras día hasta que me la aprendí de memoria, hasta que se convirtió en una realidad y fuiste mío, lo único que me pertenece. Te llevo conmigo y te llevo en silencio: de este modo nadie sabe que has existido y nadie puede quitarme tu recuerdo.
Decirte adiós fue el primer error de una sucesión enorme de errores, garrafales, que me han llevado adónde estoy hoy, a ser quien soy aquí y ahora. Y ya te lo dije la última vez que te escribí: menos mal que no vives para ver en lo que me he convertido. Fallarte y decepcionarte probablemente sea lo que más me tortura, porque sé que me rendí hace mucho tiempo e intuyo que, incluso la versión espiritual de ti, me ha dado la espalda. Donde quiera que estés, es probable que me leas con una sonrisa sardónica en los labios, pensando en la estafa que soy y reafirmándote en tu última premisa: que sigo siendo un malgasto inútil de tiempo. Mis disculpas llegan tan tarde que no tienen ningún valor, soy consciente de ello, y esto es solo otro acto puramente egoísta, necesito redimirme por profanar tu memoria tan gratuitamente. En la guerra que estoy librando, nada me haría más feliz que tenerte en mi lado del frente, saber que de todas las personas que han pasado por mi vida, tú eres la única que jamás va a ponerse en mi contra. Pero es otra mentira que me cuento a mí misma, porque te conozco y sé que si pudieras, no me mirarías ni a la cara. Así que cómo voy a hacerlo yo, día a día, frente al espejo, si hasta el fantasma que me acompaña desde hace casi una década me repudia.

Perdóname, M. Perdóname por utilizarte, por cada año en el me he aferrado a ti, al día en que nos conocimos y usarlo como barrera para no luchar, no seguir avanzando. Me resulta más cómodo seguir siendo la adolescente que espera que le escribas un email de madrugada, contando alguna locura de las tuyas, haciéndome reír y soñando con coger un avión para ir a tu encuentro. Soy la cobarde que prefiere quedarse y aguantar, donde «quedarse» implica estar estancada en un tiempo y espacio que dejaron de existir hace muchos años.
Perdóname por rellenar los huecos vacíos, por imaginar cómo habrías devenido, por adueñarme de tu futuro y otorgarte lo que yo querría para ti.
Perdóname por usar tu memoria para evaluar mi tristeza, para medir mi desgracia. Porque fuiste el desencadenante de las circunstancias de mi vida y sé que nunca habrías querido serlo.
Perdóname por completar el puzzle de tu personalidad con mis intereses y conveniencias, creyéndome dueña de tu identidad, creyendo que te conocía mejor que nadie.
Perdóname por no hablar de ti nunca, por tenerle miedo a decir tu nombre y que alguien me mire a los ojos y me diga: te equivocas.
Perdóname por seguir siendo el recurso al que acudo cuando estoy en la cama durante dieciocho horas y solo pienso en quedarme dormida y viajar hasta ti, o al menos, intentarlo. Porque siendo honesta, quiero reunirme contigo, dondequiera que estés; lo he querido desde aquel día y una voz que no es la tuya me lo recuerda constantemente. Pero no tengo valor para hacerlo. No todavía.

1 de julio de 2016

DIARIO VIII

No queda nada del lugar en el que crecí.
La fachada siempre había sido gris
pero hoy es ceniza, están muriendo centenares
de recuerdos entre el polvo y las baldosas,
ya no veo relucir el sol desde dentro, sino que apenas
las nubes se posan sobre las persianas bajadas
que vislumbro desde la calle.
Querría abrir las puertas y decirle a mi abuela
que ya estoy en casa, donde casa significa:
este es mi lugar,
de aquí no me moveré;
quiero recorrer los pasillos y subir las escaleras
de dos en dos,
bajarlas de siete en siete,
deslizarme por la barandilla y oír los gritos de mi padre,
                  por si acaso me caigo de tres pisos de altura,
pero él no entiende que es amarilla, que es el tobogán de mi infancia,
cuando era niña y creía en los para siempre porque siempre
era sinónimo de un tiempo sin fin.
El fin ahora ha llegado en muchos sentidos.
Y mi abuela ya no abre la boca ni los ojos,
su corazón está ciego, sordo y mudo: es un alma impenetrable.
Como las puertas del edificio y el cobertizo de la terraza
y las persianas enclaustradas en los alféizares.
Como el cartel de vendido.
Vendido el día que di una fiesta de disfraces en la segunda planta
vendido mi primer beso en el portal
vendidos los quince años jugando a videojuegos la sala.
Lloraré por el cemento, el yeso, la escayola
lloraré por la tierra sucia de sus cimientos
lloraré mientras camino rápido,
arrastro la maleta y me espera en la esquina un taxi.
Mi corazón se encoge y mengua,
pienso mucho en mi abuela, en las manos reposadas
sobre el regazo oscuro, sobre las piernas delgadas
en su alma impenetrable.
No queda nada del lugar en el que crecí.

29 de junio de 2016

Diario VII

Te prometo que aprenderé a callarme a tiempo, que la rabia no regurgitará por mi boca, mis ojos o mis manos. No me volverás a ver temblar. Te prometo, señor, que no estallaré más, que me voy a contener las lágrimas y los chillidos y también el fuego. Me abrasaré por dentro pero te juro que por fuera seré un remanso de paz, calma y control. Tú no pagarás por mi locura. Tú no pagarás por mi pasado, mi presente maldito, mi más que probable futuro de inestabilidad. No tienes que pasar por nada de eso porque eso es mi verdadero yo y te he revocado el acceso. No te concedo el permiso de conocerme de verdad. Y a partir de ahora podrás mirarme a los ojos, pero no el alma; podrás escuchar mi voz, pero no mi interior. Tendrás que conformarte con la cáscara, porque la pulpa no brotará de mí. Estaré sentada a tu lado y sonreiré, pero nuestros corazones palpitarán a kilómetros de distancia. Mi latido ensordecerá cuando estés cerca.



28 de junio de 2016

DIARIO VI

I. Claro que no soy la misma que la de la semana pasada. Es que la semana pasada todavía no se había ido todo a la mierda. O quizá sí, un poco, pero no tanto. Estaba aún en proceso. Estaba en este momento en el que algo puede salir mal pero también puede que mejore con los días; puede que, al final de todo, las cosas no sean tan terribles. Ahora han pasado siete días y las cosas sí son tan terribles, quizá incluso más de lo que cabría imaginar. Por eso no soy la misma, porque no estaba jodida, porque no estaba quemada, porque aún no tenía el agua encharcada en los pulmones. Si cada día que pasa deja un arañazo, a la semana eres poco más que un amasijo de piel encarnada. Es de lógica. Pero a ti la lógica te resbala y por eso estoy escribiendo todo esto ahora, porque si no te explico cuánta mierda he soportado en los últimos lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo y lunes, no te enteras. No te enteras y lo que es peor: profieres memeces como que no soy la misma de entonces.

II. Recuerda lo siguiente: la primera causa de muerte en el mundo es la desilusión. En realidad ya estamos viviendo un apocalipsis zombi, lo que ocurre es que no vamos por ahí comiendo cerebros —no literalmente— pero te digo que los muertos en vida ya superan con creces a los vivos. Esos, pobres de ellos, están en peligro de extinción.

III. Tengo un agujero negro en el estómago que está devorando todo y cuando digo todo hablo en sentido literal: ha tragado ya las entrañas, los órganos y varios litros de sangre. Probablemente el agujero negro se expanda, acabe con el pubis, con las tetas, luego con toda la columna vertebral. Se tragará mi rostro, mi cabeza y las puntas de los dedos. Entonces donde una vez estuve yo no quedará nada, ni siquiera el recuerdo en la mente de la gente.



13 de junio de 2016

DIARIO V

Mi gato ha construido un cementerio de bolas de papel de aluminio debajo del armatoste que tengo por mueble de salón. Si te tumbas en el suelo y miras por las rendijas puedes ver tres moribundas condenadas al exilio, lo suficientemente cerca para que el gato y tú las veáis, lo suficientemente lejos como para alcanzarlas. Es una metáfora perfecta de lo que es nuestra vida cualquier tarde de verano: un silencioso anhelo, un recordatorio de lo que ansiamos y de cómo nuestras zarpas encogidas saben que no hay nada que hacer.
Ahora mismo estoy tirada en el sofá, a mi derecha descansa un perro de peluche que mi gato ignora. También descansan quinientos libros que yo ignoro. Yo también tengo mi propio cementerio, solo que es un cementerio de papel en el que han muerto cientos de billetes de diez y veinte euros. Cualquiera diría que gastar el dinero en libros es mejor que gastarlo en cualquier otra cosa y es verdad, pero yo me he criado en la tierra del culto al capital. Me duele el dinero gastado porque ha sido difícil de conseguir y de mantener, alguien ha sudado y trabajado por él y yo lo he tenido en las manos un tiempo limitado que no ha merecido la pena. Cuando intercambias los billetes por algo, tienes un objeto de un valor que no se corresponde al valor inicial del billete que has pagado por él. No es un valor monetario, sino simbólico. Veinte euros son también la tenencia y la posibilidad de veinte euros. Cuando no están, esa posibilidad deja de existir. Y ser consciente de esto implica también ser consciente de lo mal que funciona la tierra en la que estamos condenados a vivir.