29 de noviembre de 2016

DIARIO IX

Querido M., no sé si esta será la última vez que te escriba, pero sí quiero que sea la definitiva. Necesito pedirte perdón por muchas cosas, especialmente, por hacer de ti mi historia personal. Por haberme apropiado de todo lo que concierne a tu mundo, tu identidad, por haberme desarrollado a tu costa, absorbiendo lo que me quedaba de ti —lo que me habías regalado— y haciéndolo mío. En ese sentido, he sido terriblemente egoísta, por reservarte exclusivamente para mí, para mis días de dolor y tristeza, para la soledad, para el desconcierto y para culparte de todo lo que me ocurre desde entonces. Eres mi explicación para todo y a día de hoy ya no se me entiende si no es a través de ti. Quería que permanecieras en este mundo, en el mío, y que no te evaporases como tantas otras cosas se han difuminado con los años. Y acerté, me adelanté a los acontecimientos y preví que ibas a desaparecer. Me negaba en rotundo a perderte, me sigo negando a ello. Sé que es hipócrita por mi parte, ya que fui yo quien cerró la puerta y no se dignó a mirar atrás, ni siquiera una sola vez. No sabes cuánto me he arrepentido de esto en mi vida y cuánto daría por volver atrás en el tiempo, tener dieciséis años y decir: sé la verdad, te acepto tal y como eres, no te vayas, no te mueras. Dejar que todo siguiera su curso, sin intervenir, sin hacerme la valiente, la libre, la fuerte. Y sé que no es excusa, pero por si sirve de algo, he aprendido la lección: ya no sé decirle adiós a las personas, espero siempre que sean ellas quienes se marchen. Entiendo y acepto las despedidas, lo que no me permito es no haber dado todo lo posible, quedarme con la duda. Lo irónico es que lo he pagado, porque por no decir adiós he aguantado todo lo que una persona no debería aguantar jamás. Fuiste mi primer y último adiós, el peor error de todos y desde ese veintidós de junio ya no soy la misma persona. Te expulsé, te di la espalda y en vez de ser congruente y olvidarte, te puse en el eje central de mi mundo. Ahora mismo no sé siquiera si fue algo deliberado o inconsciente, lo único que sé es que tu ausencia me unió todavía más a ti y te estuve buscando durante años, no solo en las miradas de los transeúntes, sino en los libros y en el cine, en las canciones, en cada persona que tiene tu mismo nombre. Hasta que no me quedó más remedio que aceptar que ya no existías en el mismo plano que yo. Fuimos los protagonistas de Self Conclusion con un final alternativo; tú saltaste y yo me quedé mirando el abismo fingiendo que todavía estabas aquí. La ficción me salvó, no te voy a mentir. Siempre fui consciente de que no estabas, no es como si me hubiese vuelto loca de remate, pero aún así me recreaba en tus llamadas telefónicas, en tus mensajes de texto y en las noches en que te colabas por mi ventana. Puedo trazar una línea muy precisa del contorno de tu rostro reposando en mi almohada cada mañana, o notar tus brazos envolviéndome cuando estoy sentada en el sofá. A veces todavía te hablo. Y últimamente te veo en todas partes. Escribí tu historia en mi mente y la leí día tras día hasta que me la aprendí de memoria, hasta que se convirtió en una realidad y fuiste mío, lo único que me pertenece. Te llevo conmigo y te llevo en silencio: de este modo nadie sabe que has existido y nadie puede quitarme tu recuerdo.
Decirte adiós fue el primer error de una sucesión enorme de errores, garrafales, que me han llevado adónde estoy hoy, a ser quien soy aquí y ahora. Y ya te lo dije la última vez que te escribí: menos mal que no vives para ver en lo que me he convertido. Fallarte y decepcionarte probablemente sea lo que más me tortura, porque sé que me rendí hace mucho tiempo e intuyo que, incluso la versión espiritual de ti, me ha dado la espalda. Donde quiera que estés, es probable que me leas con una sonrisa sardónica en los labios, pensando en la estafa que soy y reafirmándote en tu última premisa: que sigo siendo un malgasto inútil de tiempo. Mis disculpas llegan tan tarde que no tienen ningún valor, soy consciente de ello, y esto es solo otro acto puramente egoísta, necesito redimirme por profanar tu memoria tan gratuitamente. En la guerra que estoy librando, nada me haría más feliz que tenerte en mi lado del frente, saber que de todas las personas que han pasado por mi vida, tú eres la única que jamás va a ponerse en mi contra. Pero es otra mentira que me cuento a mí misma, porque te conozco y sé que si pudieras, no me mirarías ni a la cara. Así que cómo voy a hacerlo yo, día a día, frente al espejo, si hasta el fantasma que me acompaña desde hace casi una década me repudia.

Perdóname, M. Perdóname por utilizarte, por cada año en el me he aferrado a ti, al día en que nos conocimos y usarlo como barrera para no luchar, no seguir avanzando. Me resulta más cómodo seguir siendo la adolescente que espera que le escribas un email de madrugada, contando alguna locura de las tuyas, haciéndome reír y soñando con coger un avión para ir a tu encuentro. Soy la cobarde que prefiere quedarse y aguantar, donde «quedarse» implica estar estancada en un tiempo y espacio que dejaron de existir hace muchos años.
Perdóname por rellenar los huecos vacíos, por imaginar cómo habrías devenido, por adueñarme de tu futuro y otorgarte lo que yo querría para ti.
Perdóname por usar tu memoria para evaluar mi tristeza, para medir mi desgracia. Porque fuiste el desencadenante de las circunstancias de mi vida y sé que nunca habrías querido serlo.
Perdóname por completar el puzzle de tu personalidad con mis intereses y conveniencias, creyéndome dueña de tu identidad, creyendo que te conocía mejor que nadie.
Perdóname por no hablar de ti nunca, por tenerle miedo a decir tu nombre y que alguien me mire a los ojos y me diga: te equivocas.
Perdóname por seguir siendo el recurso al que acudo cuando estoy en la cama durante dieciocho horas y solo pienso en quedarme dormida y viajar hasta ti, o al menos, intentarlo. Porque siendo honesta, quiero reunirme contigo, dondequiera que estés; lo he querido desde aquel día y una voz que no es la tuya me lo recuerda constantemente. Pero no tengo valor para hacerlo. No todavía.

1 de julio de 2016

DIARIO VIII

No queda nada del lugar en el que crecí.
La fachada siempre había sido gris
pero hoy es ceniza, están muriendo centenares
de recuerdos entre el polvo y las baldosas,
ya no veo relucir el sol desde dentro, sino que apenas
las nubes se posan sobre las persianas bajadas
que vislumbro desde la calle.
Querría abrir las puertas y decirle a mi abuela
que ya estoy en casa, donde casa significa:
este es mi lugar,
de aquí no me moveré;
quiero recorrer los pasillos y subir las escaleras
de dos en dos,
bajarlas de siete en siete,
deslizarme por la barandilla y oír los gritos de mi padre,
                  por si acaso me caigo de tres pisos de altura,
pero él no entiende que es amarilla, que es el tobogán de mi infancia,
cuando era niña y creía en los para siempre porque siempre
era sinónimo de un tiempo sin fin.
El fin ahora ha llegado en muchos sentidos.
Y mi abuela ya no abre la boca ni los ojos,
su corazón está ciego, sordo y mudo: es un alma impenetrable.
Como las puertas del edificio y el cobertizo de la terraza
y las persianas enclaustradas en los alféizares.
Como el cartel de vendido.
Vendido el día que di una fiesta de disfraces en la segunda planta
vendido mi primer beso en el portal
vendidos los quince años jugando a videojuegos la sala.
Lloraré por el cemento, el yeso, la escayola
lloraré por la tierra sucia de sus cimientos
lloraré mientras camino rápido,
arrastro la maleta y me espera en la esquina un taxi.
Mi corazón se encoge y mengua,
pienso mucho en mi abuela, en las manos reposadas
sobre el regazo oscuro, sobre las piernas delgadas
en su alma impenetrable.
No queda nada del lugar en el que crecí.


29 de junio de 2016

Diario VII

Te prometo que aprenderé a callarme a tiempo, que la rabia no regurgitará por mi boca, mis ojos o mis manos. No me volverás a ver temblar. Te prometo, señor, que no estallaré más, que me voy a contener las lágrimas y los chillidos y también el fuego. Me abrasaré por dentro pero te juro que por fuera seré un remanso de paz, calma y control. Tú no pagarás por mi locura. Tú no pagarás por mi pasado, mi presente maldito, mi más que probable futuro de inestabilidad. No tienes que pasar por nada de eso porque eso es mi verdadero yo y te he revocado el acceso. No te concedo el permiso de conocerme de verdad. Y a partir de ahora podrás mirarme a los ojos, pero no el alma; podrás escuchar mi voz, pero no mi interior. Tendrás que conformarte con la cáscara, porque la pulpa no brotará de mí. Estaré sentada a tu lado y sonreiré, pero nuestros corazones palpitarán a kilómetros de distancia. Mi latido ensordecerá cuando estés cerca.



28 de junio de 2016

DIARIO VI

I. Claro que no soy la misma que la de la semana pasada. Es que la semana pasada todavía no se había ido todo a la mierda. O quizá sí, un poco, pero no tanto. Estaba aún en proceso. Estaba en este momento en el que algo puede salir mal pero también puede que mejore con los días; puede que, al final de todo, las cosas no sean tan terribles. Ahora han pasado siete días y las cosas sí son tan terribles, quizá incluso más de lo que cabría imaginar. Por eso no soy la misma, porque no estaba jodida, porque no estaba quemada, porque aún no tenía el agua encharcada en los pulmones. Si cada día que pasa deja un arañazo, a la semana eres poco más que un amasijo de piel encarnada. Es de lógica. Pero a ti la lógica te resbala y por eso estoy escribiendo todo esto ahora, porque si no te explico cuánta mierda he soportado en los últimos lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo y lunes, no te enteras. No te enteras y lo que es peor: profieres memeces como que no soy la misma de entonces.

II. Recuerda lo siguiente: la primera causa de muerte en el mundo es la desilusión. En realidad ya estamos viviendo un apocalipsis zombi, lo que ocurre es que no vamos por ahí comiendo cerebros —no literalmente— pero te digo que los muertos en vida ya superan con creces a los vivos. Esos, pobres de ellos, están en peligro de extinción.

III. Tengo un agujero negro en el estómago que está devorando todo y cuando digo todo hablo en sentido literal: ha tragado ya las entrañas, los órganos y varios litros de sangre. Probablemente el agujero negro se expanda, acabe con el pubis, con las tetas, luego con toda la columna vertebral. Se tragará mi rostro, mi cabeza y las puntas de los dedos. Entonces donde una vez estuve yo no quedará nada, ni siquiera el recuerdo en la mente de la gente.




13 de junio de 2016

DIARIO V

Mi gato ha construido un cementerio de bolas de papel de aluminio debajo del armatoste que tengo por mueble de salón. Si te tumbas en el suelo y miras por las rendijas puedes ver tres moribundas condenadas al exilio, lo suficientemente cerca para que el gato y tú las veáis, lo suficientemente lejos como para alcanzarlas. Es una metáfora perfecta de lo que es nuestra vida cualquier tarde de verano: un silencioso anhelo, un recordatorio de lo que ansiamos y de cómo nuestras zarpas encogidas saben que no hay nada que hacer.
Ahora mismo estoy tirada en el sofá, a mi derecha descansa un perro de peluche que mi gato ignora. También descansan quinientos libros que yo ignoro. Yo también tengo mi propio cementerio, solo que es un cementerio de papel en el que han muerto cientos de billetes de diez y veinte euros. Cualquiera diría que gastar el dinero en libros es mejor que gastarlo en cualquier otra cosa y es verdad, pero yo me he criado en la tierra del culto al capital. Me duele el dinero gastado porque ha sido difícil de conseguir y de mantener, alguien ha sudado y trabajado por él y yo lo he tenido en las manos un tiempo limitado que no ha merecido la pena. Cuando intercambias los billetes por algo, tienes un objeto de un valor que no se corresponde al valor inicial del billete que has pagado por él. No es un valor monetario, sino simbólico. Veinte euros son también la tenencia y la posibilidad de veinte euros. Cuando no están, esa posibilidad deja de existir. Y ser consciente de esto implica también ser consciente de lo mal que funciona la tierra en la que estamos condenados a vivir.



6 de junio de 2016

DIARIO IV

No calibro bien mis emociones, aunque la puntería nunca me ha fallado. Y es lo que ocurre ahora con la tristeza: da donde más duele y además lo hace con la fuerza de las lluvias torrenciales; dejándome empapada, fría, tiritando.
Hoy he recordado la sonrisa y el ardor ha quemado las entrañas. He recordado cómo nacía y se ensanchaba libre y hermosa para después morir junto a la ilusión y la confianza en un choque frontal contra la realidad. El fuego surgido lo ha devorado todo y donde estaba ella ahora hay un campo de ceniza. He recordado, por supuesto, el día que le hablé de ti a mi padre. Porque yo no soy de contarle estas cosas a mi padre a menos que tenga mis motivos: creía que eras real, tangible, palpable. Como los apuntes de los exámenes sobre el escritorio o el calor tímido y floreciente de mayo. Creía que podía hablar de ti sin miedo a precipitarme, a cualquier persona, en cualquier lugar. Ya sabes, precipitarme contra un error que me dejase en ridículo, que me recordase más tarde lo tonta que soy. Así que le hablé de tus rizos, de tus estudios, de tus ambiciones. Le hablé de que te había conocido cuando menos te esperaba y que me hacías bailar y que tenía ganas de que os conocierais porque por una vez, me permitía fantasear con la palabra familia. Él me dijo a mí todo esto me parece muy bien, pero tú no te descentres. Y recuerdo que lo tomé un poco mal, porque lo último que quieres cuando tienes ilusión es que consideren esa ilusión una torpeza. Yo, evidentemente, no le hice caso y me descentré. Me descentraste. Todo lo que en mi vida era real, tangible, palpable se desdibujó y yo perdí mi nortesuresteoeste. Tú y mis apuntes y mis exámenes. Incluso el calor tímido y floreciente de mayo. La muerte de esta sonrisa concreta me dolió porque era una sonrisa genuina que inundaba un rostro acostumbrado a estirar los músculos faciales día sí día también por normas sociales.
A ella le siguieron otros cadáveres y para ninguna hubo funeral. Después de todo dejó de doler y a veces incluso surge la risa; una risa seca y ácida que sigue corroyéndome el esófago cuando muere otra pequeña ilusión amarilla. La boca de mi estómago es una tumba de luciérnagas donde luciérnaga es sinónimo de ganas. Unas ganas que en su día nacieron dando saltos, revoloteando y que ahora a duras penas consigo mantener vivas.
Te conocí cuando menos te esperaba, cuando menos preparada estaba para esta guerra fría en la que las bajas se suman por millones. Pero aún y todo te debo las gracias. Gracias por librarme de tanta ingenuidad.



1 de marzo de 2016

DIARIO III

Se parece al grito de cien ratas histéricas corriendo unas encima de las otras. Un atasco en hora punta en el centro de la ciudad que inmoviliza el tráfico y te hace perder un vuelo por el que has pagado mil pavos. El incendio de treinta hectáreas alrededor de tus pulmones. Es un puñetazo en el esternón cuando menos te lo esperas, quizá durante la siesta. Un desfile de tambores un lunes por la mañana. La carcajada de alguien que no soportas, en bucle. Es el mundo temblando, gimiendo, quebrándose sin que nadie parezca darse cuenta. Y es el terror que te embarga y parte tu mirada en dos, transformando tu vida mientras los demás van a la suya. Y son esos demás yendo a la suya que de pronto parecen de otro planeta, con un lenguaje y sistema de comunicación distinto que nadie se ha molestado en explicar, compartir. Eres tú: a solas en tu habitación, a solas en un autobús, a solas en una cafetería, incapaz de comprender. Inútil. Indefenso.