22 de septiembre de 2018

Ciarán y Lisa, por Félix Carlos González López

La megafonía anunció el fin de la jornada con la musiquita estridente de costumbre. Ciarán, una vez se hubo cambiado de ropa por la suya, más de su gusto, salió de L’art pour tous pitando para encontrarse con una nueva compañera de trabajo. Llegaba cinco minutos tarde.

—Ya estoy, perdona— comentó Ciarán. —Estaba comprobando el horario de la próxima semana.

—Mierda, otra cosa de la que no me he enterado— afirmó Lisa.

—No te preocupes, ya lo he mirado yo por ti; estamos de mañana otra vez. De todas formas, la empresa lo sube a la NUBE a lo largo del fin de semana. — aclaró Ciarán.

—Genial— dijo Lisa sin demasiado entusiasmo

Esta chica parece que tiene la cara de asco permanentemente, reflexionó Ciarán. Su expresión de disgusto era más que evidente: siempre levantaba la ceja izquierda, y la parte izquierda del labio se le elevaba como si la hubiesen pescado con un anzuelo invisible, formando así una cara asimétrica de profunda repulsa . Sin embargo, los rasgos de la chica eran cuanto menos curiosos: su tez morena contrastaba con sus cabello a media melena, más claro, tirando a un rubio cenizo. Los ojos ahora aburridos de Lisa eran de un color reservado solamente para el 10% de la población, de un violeta que recuerda a las geodas. En cuanto a su altura, los ojos de Lisa encajaban con los de Ciarán, por los que no andaría lejos de los 170 centímetros, algo por encima de la media nacional.

— ¿Te apetece entonces tomar una cerveza, o es demasiado pronto?— comentó Ciarán.

—Podríamos ir a tomar un café primero, pero vayamos caminando, necesito tomar un poco de aire— sugirió Lisa.

—Bueno, tenemos unos cinco kilómetros hasta el centro — añadió Ciarán. —Aunque el tiempo acompaña.


Pese a las repentinas nevadas a finales de febrero, el inicio de la primavera se mostraba cálido. Si uno miraba atentamente a las ramas de los árboles, pequeñas yemas auguraban ya el cambio de estación. Bien es cierto que para poder disfrutar de la naturaleza en la capital uno debe salir del meollo urbano. Porque, aunque cada acera de la ciudad cumplía a rajatabla la normativa municipal de un árbol por cada dos metros cuadrados y medio de firme, los gigantescos edificios de metal y cristal dominaban la línea del cielo.

El paseo fue agradable: se contaron anécdotas de dentro y fuera del trabajo y conectaron aparentemente bien.

—¡Qué va tío! Pero si Don es un flipao de tres pares de narices: no hace más que bromear sobre lo ligón que es. Las ochenta primeras veces que te lo cuenta tienen su gracia, pero ya.— dijo Lisa en tono amigable.

—A mí me cae bien—admitió Ciarán— en el fondo es buena gente.

—No lo dudo. Pero carga un poquito, la verdad. Quizá sea su manera de caer bien a los demás, lo que pasa es que conmigo no va bien por ahí. —respondió Lisa.— Prefiero un poco de humildad y sinceridad, no las veces que se acuesta con las titis.

—Tía, lo conociste ayer, ¿qué quieres, que te cuente lo desgraciadísima que es su vida?— preguntó retóricamente Ciarán.

—No, pero la gente tan flipada de entrada no me causa buena sensación. Anyway, es solo la primera impresión. No podemos fiarnos de nuestras primeras impresiones —sentenció Lisa.

—Eso mismo. Oye, estoy literalmente hasta el moño de andar— dijo Ciarán soltándose el pelo.

Necesito ducharme, me apesta el pelo a humanidad, pensó Ciarán. Una ducha no me vendría nada mal.

—Apesto a personas, a comida y a fábrica. ¿Qué te parece si pasamos por mi casa y así me ducho? No está lejos de aquí, además podría preparar café— propuso Ciarán.

—Um. Vale, a mí me da igual. —concedió Lisa.

Una vez hubieron convenido el cambio de planes, anduvieron unos cinco minutos hasta la parada de tranvía más cercana: CentroSur.

—Mierda, tengo que recargar dinero— dijo repentinamente Lisa.

—No hay tiempo, acerca el móvil.— decidió Ciarán acercando su móvil al de lisa, pasando este del rojo fuego a un verde semáforo.

Con sendos saldos en sus móviles, validaron su viaje en la finísima marquesina de metacrilato ahora roja, ya que anunciaba una nueva lata de Coca-Cola de un litro para compartir entre amigos, ciento cincuenta gramos de azúcar a compartir sanamente con tu colega.

15 de septiembre de 2018

El octógono, por Félix Carlos González López

El centro de la plataforma se iluminó de un color rojo iridiscente formando una figura tubular que se elevaba hasta la densa nubosidad de la urbe.

—Es la hora del descanso — comentó Ciarán sin demasiado entusiasmo.

Acto seguido todos los obreros, sin la menor duda, cogieron su ordinaria fiambrera y se dispusieron a comer su almuerzo en la gran explanada.

El área de descanso, lejos de ser una simple zona donde comer, tenía forma octogonal y estaba dividida en cuatro ángulos. Cada uno de estos ángulos albergaba unos siete bancos, estudiadamente repartidos siguiendo la caprichosa geometría del arquitecto. Sin embargo,no podría decirse que “El Octógono”, como era llamado comúnmente sin un atisbo de originalidad, era algo gris y meramente pragmático: sendos setos estrictamente podados otorgaban cierta vida a este lugar funcional. Lejos de descontrolar el lugar, continuaba la estética del diseño, ya que las originales pero repetidas podas conseguían hacer sentir a sus gentes como en circuitos gigantes; cemento gris y estructuras verdes.

—¿Qué tal la mañana?— comentó Lisa—, yo estoy hasta el coño de apilar cuadros de mierda.

—Sin más —respondió Ciarán.— Como ayer y como mañana. Al menos nos pagan más que a los de la competencia, y si lo piensas, no está tan mal: clasificar cuadros baratos durante 8 horas no es más aburrido que un trabajo de oficina. Por lo menos tenemos los del skyline de Londres, el azulado Monte Fuji, la archiconocida torre Eiffel… Hay variedad.

Lisa llevaba solamente tres días en la empresa, por lo que no había tenido tiempo de forjar ninguna paciencia todavía. Ella preferiría trabajar en algo de cara al público, pero tampoco se podía quejar, ya que su anterior trabajo suponía levantarse a las 5 de la mañana para abastecer a las máquinas expendedoras de diversos establecimientos. Al menos era mileurista y podía permitirse vivir en un estudio para ella sola. Bueno, para ella y para su gato.

—¿Vamos a tomar algo por ahí al salir?— dijo Lisa. — ¿Te apetece?

—Venga, va. Podríamos ir al Sub a tomar unas cerves. También podemos avisar a más gente— propuso Ciarán.

—Será por sitios en esta ciudad, pero vale— cedió Lisa, terminándose su sándwich de jamón, queso y mostaza.

Lisa se preguntó si Ciarán pretendía algo más con ella o era simplemente su impresión. Dada su tendencia a sobrepensar todo el tiempo, no podía ni fiarse de sus pensamientos. Con esta, ya sería la tercera vez que quedan. No sabía si llamarlo cita, quedada o qué. Bueno. Tampoco estaba tan mal. Ciarán no era un bombón pero tampoco era feo: sus ojos eran de un color dorado felino, la nariz y la boca formaban cierta armonía que se veía complementada por su mandíbula algo prominente. Su pelo negro era largo, recogido en una coleta, para evitar molestias durante el trajín de la jornada. Su cuerpo era más o menos normal, aunque sus brazos eran fuertes, fruto de levantar el género día tras día.

—Nos vemos a las cuatro y cuarto en la boca del metro frente al Octógono.—añadió Ciarán.

—De acuerdo— contestó Lisa.

Una vez dentro de la fábrica, el resto de la jornada se pasó más rápido que de costumbre. Quizá empezaba a acostumbrarse al trabajo.


El último pedido del día estaba compuesto de veinticinco lotes de fotografías de bambú, doce de piedras blancas y negras, y cinco de hojas con gotas de agua demasiado retocadas. — Demasiado zen kitsch para que la gente decore sus salones— pensó Lisa.

26 de abril de 2017

EL INTERRUPTOR

Una casa es muy similar a una cárcel. Una cama puede ser una celda. Todo tiene cuatro paredes y todo te recluye y te aleja del mundo exterior. Ella lo sabe bien porque a menudo se siente incapaz de salir de allí, como si alguien o algo se lo hubiese prohibido. Solo puede asomarse a la ventana y mirar. Lamentablemente, su calle es estrecha y corta, no hay comercios y todo lo que atisba es una hilera de coches aparcados y dos cubos grandes de basura. En el edificio de enfrente hay pintadas por toda la fachada. Las ventanas de sus vecinos están clausuradas. Ella se da la vuelta y se vuelve a meter bajo el edredón. No sabe bien por qué pero hoy es uno de esos días en los que sabe que no pisará la calle, que no sentirá el viento en su rostro. Lleva así casi dos semanas y empiezan a dolerle las piernas por la falta de ejercicio.

Cuando está dentro de la cama, arropada en la sábana y los edredones, no necesita siquiera cerrar los ojos. Pronto la vista deja de ver lo que tiene a su alrededor, los contornos y bordes se difuminan. No tarda mucho en estar muy lejos de allí. La mayoría de las veces está bajando de un avión, siguiendo la fila de viajeros en el desembarque. Siente el frío cortándole la cara, el ambiente húmedo y el cielo nublado. Sigue caminando hasta entrar en el aeropuerto y pasar el control de seguridad. Después un autobús y unos minutos después, como si hubiese dado un salto en el tiempo, ya está bajando las escaleras con su pequeña maleta de fin de semana y caminando por las calles frescas y atiborradas de Londres.
Con una mano empuja el equipaje, con la otra abre la puerta de un local. Suena un tintineo y entra. El local huele a una mezcla de hierbas y café recién hecho. Pero ella sabe que el café en esa ciudad está asqueroso y que es mejor pedir un té Earl Grey o un Chai Latte aunque lo pague a precio de oro. Las ventanas están empañadas y ella se sienta cerca de una grande, lo bastante limpia para poder divisar el gentío a través del vaho. No lleva guantes y las manos se le han puesto moradas. Seguramente tenga también el rostro inflamado, pero nada de eso es importante allí. Nota las monedas en sus manos, duras y frías. Paga y da las gracias a la mujer asiática que le lleva la tetera humeante a la mesa, entonces piensa en cuánto echa de menos hablar en inglés en su día a día.

De repente, una grúa. El sonido metálico, agudo y atronador de una grúa se ha colado en el local. Parpadea. Inmediatamente sabe dónde está y no es en Londres. Aunque reconoce el tacto de las sábanas y la comodidad de la almohada, a pesar de tener el cuerpo tibio y tranquilo, la desazón llega para quedarse, acomodada en su pecho como un gato. Han pasado un par de horas desde que se ha tumbado en la cama y la luz clara del cielo se ha minimizado. La grúa trabaja un par de calles al oeste y sus mugidos rebotan por la habitación. Pestañea, se da la vuelta. Cierra los ojos. No consigue ver nada. Su mente es una pantalla de cine oscura y opaca, pero no hay programación disponible. El aroma de su té y la cara arrugada y sonriente de la mujer son ahora un recuerdo borroso que poco a poco se va evaporando. Al mismo tiempo, su piel se enfría y el dolor de cabeza nace. Su lugar seguro se difumina, la cárcel reaparece. A veces no sabe qué es real y qué no lo es. Puede ver y oír y sentir y tocar y oler Madrid y Londres, convergiendo en un mismo espacio-tiempo. Como si tuviera un interruptor y pudiera cambiar de lugar y contexto con solo presionarlo. Con solo yacer y dejarse ir en mitad del silencio: está aquí y de pronto está allá. Y de pronto vuelve. Y de pronto desaparece. Sin embargo, ninguna de las dos realidades es ciertamente nítida. Ninguna es clara. Ella puede desplazarse, estar; pero no consigue ser en ningún lugar. No ser le deja siempre aturdida y sin aliento. Agotada. Lleva así casi dos semanas y empieza a dolerle la existencia.

19 de abril de 2017

DIARIO XII

Hay algo en mí que no está bien.
Leo sobre chinches y me pica el cuerpo, las imagino saltando de islote en islote de piel, cabello o mucosa. Rasco aquí y rasco allá, escarbo con las uñas, hasta abrirme un túnel, hasta adentrarme en los órganos y las vísceras. Sigo escarbando el túnel por el que llego a nuevos rincones y salen despedidos, regurgitados: el rencor y los malos pensamientos. Las palabras que quería haber dicho y gritado a la cara de la gente, que quise escupir. Y salen también puñetazos y patadas y sangre ajena, la sangre que quise provocar, ver brotar desde una herida que le doliese a los demás y no a mí, a mi cuerpo pequeñito y entumecido.
Cavo en mi interior con los dedos sucios, me hundo en mí, en lo oculto. Me pican las chinches y me pica la rabia contenida, la impotencia. Todo lo que creía bajo control ahora está expuesto. Hay un agujero tan grande en mi torso que se puede cruzar a la otra parte del planeta a través de él. Visitantes de todas partes del mundo pueden meter los brazos y las piernas por mi agujero y salir en Taiwán o Nueva Zelanda. Y durante el camino, mientras atraviesan el tejido abdominal, el estómago, los riñones y la médula, verán pasar imágenes; lo que nunca quise que nadie viera, lo que no tenía que haber vivido. Pero he escarbado en mi interior con tanta ansia, sin mesura, ya no hay vuelta atrás. No hay sutura que detenga este torrente de recuerdos. La lluvia copiosa de septiembre mientras dormía en la calle mirando hacia arriba, hacia una ventana. Un codo en el ojo y el cardenal posterior en tonos azules y amarillos y naranjas y berenjena. La bilis contaminando el esófago, el paladar, quebrando la dentina para siempre, rajándome los labios. Creo que he tenido los dedos sucios toda la vida.
En el otro lado del planeta, en la Costa Marfil o Bahrein, nadie los va a recibir con los brazos extendidos y vítores y preguntas sobre la experiencia. A los visitantes que atraviesen la excavación abierta en mi cuerpo impúdico, nadie va a quererlos jamás. Porque habrán salido de mí. Nada que salga de mí puede estar bien.

22 de marzo de 2017

DIARIO XI

«Contra todo pronóstico,
no estoy hecha de carne y hueso:
todo lo que soy es dolor
sumergido en una desidia profunda y seca».



Me ha salido un surco debajo del ojo izquierdo. Antes no estaba ahí, puedo certificarlo. Es más, he repasado las ochocientas veintiuna fotografías que tengo en la galería de mi teléfono móvil, mirándome el rostro, como si nunca lo hubiese visto antes, una por una, deteniéndome en mi mirada y haciendo zoom, inspeccionando cada píxel. Y la conclusión final es que ese surco antes no estaba.
Abro todas las ventanas de la casa, preparo un café. Ni siquiera sé por qué estoy llorando. No es por el surco, no. Y tengo el cuerpo tan cansado que no encuentro las fuerzas para detener el llanto. Ni para seguir preguntándome el porqué de nada. Dejo que las lágrimas resbalen y encuentren su hogar en el sobresaliente de mi pecho. Al fin y al cabo, para eso está. Para dar cobijo a mi hija: la pena.

He pensado mucho últimamente en lo que me depara la vida. La vida aquí y ahora. Y no hay ninguna ilusión. He seleccionado ciertos objetivos vitales que llevar a cabo con la premisa de seguir existiendo para poder alcanzarlos. Pero en el fondo sé, es decir, en este plano de la realidad sé, que no es más que otra mentira que me he contado a mí misma para no decir en voz alta que me da igual. Que me rindo. Mis fantasías son muñecos de falla esperando que alguien les pegue fuego. Ese alguien soy yo y sostengo en la mano la mecha. Afortunadamente, mi mano descansa flácida e inerte bajo mi cuerpo, que está tirado de cualquier manera en una cama, en un sofá, en la silla incómoda de una cafetería. Haciendo lo que mejor sabe hacer: nada. Existir por inercia. Me digo que este periodo acabará y se abrirá uno nuevo. Quiero escribir, pero no quiero vomitar. Quiero hacer ejercicio, pero no quiero despertarme por la mañana. Quiero vivir en París, pero no quiero contaminar la ciudad de tristeza. En la historia de mi vida, empezar de cero significa: renovar el dolor, intercambiar un daño por otro. No sé separar lo que siento de lo que hago y por eso no hago nada. Desafortunadamente, sostengo la mecha y esta está a punto de incendiar la cama, el sofá, o la cafetería en la que me siento a mirar por la ventana. Una parte de mí se levanta de hombros. La otra parte de mí está somnolienta porque lleva nueve años empastillada con antipsicóticos, antidepresivos, hipnóticos y ansiolíticos de todo orden y observa la llama y no sabe reaccionar.
De todas formas, ¿merece la pena?

20 de febrero de 2017

DIARIO X

No pude ver su sonrisa. Su rostro es apenas un esbozo, sé, por ejemplo, que tiene la tez pálida, las mejillas redondas y los ojos opacos. A veces, cuando pienso en él, tiene los ojos azules, glaciales. Y otras son marrones. Aunque no es cualquier marrón, es el marrón de un higo maduro, dulce y jugoso. Solo puedo imaginarlo así, trocito a trocito, porque el conjunto es difuso y no obtengo ninguna imagen clara y concisa. No puedo, por tanto, ver su cara. Conocerla, aprenderla. Es todo un misterio. He estado delante de él solo una vez y bastó esa vez para quedarme magnetizada por su figura. Es curioso cómo funciona el recuerdo, ¿no? Recuerdo todo lo que hicimos, lo que nos dijimos y recuerdo qué sentí. Puedo recrear las sensaciones y emociones de forma milimétrica, expuestas en una tabla, cuantificables, mesurables. Las analizo como un cirujano en su mesa de operaciones. Pero no tengo una imagen de su rostro. Y nunca pude ver su sonrisa, así que tampoco puedo evocarla.
Que nos conociésemos en mitad de la penumbra es otro factor a tener en cuenta. Yo me acerqué a él, hechizada, aunque no me guste utilizar esa expresión. No podía no acercarme a él, no podía quitarle los ojos de encima. Me atraía como un imán, era algo mucho más allá de lo físico y lo tangible. Teníamos una cuerda invisible. Él daba un rodeo y yo le seguía con cierta prudencia. Al principio habría creído que tenía que imitarlo, pero después me di cuenta de que mis pasos eran naturales y que estaban en su misma dirección. Ese lazo que nos unía pertenecía a otro mundo con otras reglas. No estaba atada a él, seguía siendo libre y en mi libertad, elegí estar a su lado. Él lo probaba y yo lo corroboraba. Hasta que me acerqué a él. Me posicioné a su altura, alcé mi mano, la deposité en su mejilla. Depositar es un verbo extraño pero certero. No puse mi mano en su mejilla. La deposité, como si ese fuese su lugar. Solo entonces me miró con esos ojos que todavía no recuerdo de qué color exacto eran, a veces azules, a veces marrones. Yo dije:
—Eres como la medianoche.
Me resulta difícil explicar lo que quise decir con esta frase. Digamos que tenía intención clara de comunicarme con él en su lenguaje natural: la oniria. En la vida real no tendría ningún sentido, pero allí, en medio de ese dormitorio o salón o estancia de persianas cerradas, iluminados por una pantalla blanca de un ordenador, lo tuvo. Cuando digo que él es como la medianoche quiero decir que posee todos sus atributos: la oscuridad y al mismo tiempo, la claridad de una luna llena, las aves nocturnas, la vida trágica y casi siempre miserable de las personas trasnochadoras, el ocultamiento, la noción de ser el final y el principio de todo, la diversión y el riesgo, el juego, el alcohol, la música estridente, las salas abarrotadas, el olor húmedo de la madrugada, las farolas encendidas pintando de amarillo las aceras, el color azul de Van Gogh y por supuesto, también, una habitación en penumbra o el frío que hace ponerte una sudadera. Él llevaba una sudadera negra, yo llevaba otra. Por consiguiente, era del todo lógico y cierto: él era como la medianoche.
A continuación, viene su movimiento. Se giró hacia mí, pegó su cadera contra la mía, su pecho contra el mío. Realmente podía sentir todo su peso y todo su calor y su tacto, la textura de su ropa, aplastando y empujando mi cuerpo. Ese movimiento que fue parecido al movimiento de las mareas y las corrientes submarinas en el océano, provocadas por la posición de la luna. Mi mano se deslizó hacia atrás, alcanzando su nuca, solo un segundo después de que él pusiera las suyas en mi cuello, en mis mejillas, abarcando toda mi cabeza, levantándome el mentón, uniendo su boca con la mía, abriéndose camino entre los labios, introduciendo su lengua. Calor, lluvia, torbellinos, un pozo sin fondo, un agujero negro y mi alma. Mi alma vaporosa y fría, subiendo, reptando por mi cuerpo desde quién sabe dónde, muerta, y de repente viva y subiendo por la garganta hasta salir de allí, hasta que llegó él para succionarla. No toda, solo una parte, pero me la arrebató o se la di. Una parte de mi alma estaba ahora en su cuerpo, mientras nosotros nos besábamos. Entonces un beso, uno de verdad, no es solo la lucha entre dos lenguas, dos bocas que se mueven. Un beso es un intercambio, es una ofrenda. Esa noche yo lo entendí y un pedazo de mi alma se fue con él.
El beso terminó, nos separamos. Yo temblaba. Mi temblor no era un temblor normal, todo mi esqueleto se movía discorde, no podía tenerme en pie, menos hablar, menos enfocar la mirada. Conseguí una silla y me senté o me dejé caer en ella, reposé la cabeza en un brazo, sonreía tonta, sorprendida, aliviada, ennoblecida. Nunca había sentido nada parecido. Nunca había vibrado. Creo, en el fondo, que nadie ha vivido algo así, no solo yo, ninguna otra persona. Pertenecía a otro mundo. A un mundo con otras reglas, y otros sentimientos y otras emociones que no existen en este lado de la realidad, en el que tampoco existe él.

12 de enero de 2017

CARTA ABIERTA II

Se me dan mal las personas. Se me da mal estar cerca de ellas, en un plano físico, me sudan las manos y me tiembla el cuerpo, digo tonterías o no digo nada. De pronto estoy muda, de boca, de ojos, de oídos. Nada en mí reacciona. Se me da mal sonreír y abrazar. Se me dan mal los padres, los tíos y primos, se me da mal la hermana pequeña. Los amigos, los conocidos, los compañeros de clase y de trabajo. Especialmente mal los profesores y cualquiera que ocupe un cargo que implique superioridad frente a mí. Por eso cuando me siento sola —y yo me siento sola siempre, como si fuera un estado natural del cuerpo más que un sentimiento que apuñala por la espalda— me recuerdo que solo lo estoy en la medida en que yo misma lo he decidido así. Podría cambiarlo, como podría cambiar muchas cosas. Por eso vengo a dejar claro que hay dos formas de estar mal, de estar en la mierda: la primera es evidente, te vas a ella, te diriges, o te mandan, o lo mandas todo, pero es un camino con un destino final; la otra es estar en la cama, que implica que ya estás en la mierda pero además, que de ahí no vas a moverte, que estás postrada en el fango, que respiras repugnancia, que tu piel y tu cuerpo son sucios y mugrientos, que tu existencia está contaminada. La cama se inventó como remedio y solo llegó a los humanos como otra suerte de cárcel. Sean dolencias físicas o psíquicas, no poder levantarte de ahí es el peor castigo de todos. Ver la vida pasar en posición horizontal, con las paredes oprimiéndote el pecho, confundiendo el ambiente por oxígeno, creyendo ver las ramificaciones de los bronquios en las grietas del techo. Cuando quieres ser consciente una habitación ya no es una habitación es todo lo que eres. Y no, no me refiero a los muebles o la pintura o el papel. Me refiero a todo el espacio vacío entre ellos. Eso eres tú. Eso soy yo. Por eso cuando estoy con gente, cuando consigo salir, en realidad no estoy yendo hacia ningún lado. Pegadas a mí están las sábanas y la almohada, interactúo como puedo, con somnolencia de espíritu y carácter y la ausencia que soy, se manifiesta entonces tangible. No es que pase desapercibida, es que soy invisible, ligera, vaporosa. Soy una nada que ninguna impresión o sensación causa. Podría morirme y tardaríais mucho tiempo en saberlo, si es que mi muerte dejase constancia alguna.
Me urge vivir pero no sé cómo hacerlo. He olvidado cosas que antes suponían un axioma en mi vida, sin las que yo no era, no estaba. ¿Cómo se aprende a volver a ser? ¿Cómo se aprende a volver a estar? En mis límites físicos sigo siendo la misma: misma piel hecha harapos, mismas heridas sangrantes. Aquí debajo nada ha curado, aquí dentro parece una mudanza de urgencia donde nadie sabe qué recuerdo se ha metido en qué órgano, qué sentimiento está en qué sistema. Creo que alguien movió el dolor al aparato circulatorio y por eso me corre por las venas cada reproche, cada error, cada fracaso, cada humillación, cada cobardía. No me miro en el espejo porque en mi rostro hay un cartel de neón que me grita, se superponen los rostros de otras personas, descompuestos, extasiados, aporreando el cristal del que últimamente está hecho mi piel, le dan fuertes golpes con los puños y a mí solo me entran ganas de llorar. Miro mis ojos y no me mantengo firme. Miro los labios, las mejillas, la frente, veo el cuello. El llanto. No puedo seguir así. Todos los días una voz me repite: gracias por su visita, le atenderemos lo antes posible. Y me marcho a mi casa, quiero decir, me marcho a un hueco hondo y oscuro de mi yo y me hago un ovillo y espero, espero, espero. Me he abandonado, me he delegado en pos de una tarea superflua y vacua. Lo verdaderamente importante está marchito. Me urge vivir, en serio, es una necesidad, un sofoco, pero no sé cómo hacerlo.