13 de junio de 2016

Diario V

Mi gato ha construido un cementerio de bolas de papel de aluminio debajo del armatoste que tengo por mueble de salón. Si te tumbas en el suelo y miras por las rendijas puedes ver tres moribundas condenadas al exilio, lo suficientemente cerca para que el gato y tú las veáis, lo suficientemente lejos como para alcanzarlas. Es una metáfora perfecta de lo que es nuestra vida cualquier tarde de verano: un silencioso anhelo, un recordatorio de lo que ansiamos y de cómo nuestras zarpas encogidas saben que no hay nada que hacer.
Ahora mismo estoy tirada en el sofá, a mi derecha descansa un perro de peluche que mi gato ignora. También descansan quinientos libros que yo ignoro. Yo también tengo mi propio cementerio, solo que es un cementerio de papel en el que han muerto cientos de billetes de diez y veinte euros. Cualquiera diría que gastar el dinero en libros es mejor que gastarlo en cualquier otra cosa y es verdad, pero yo me he criado en la tierra del culto al capital. Me duele el dinero gastado porque ha sido difícil de conseguir y de mantener, alguien ha sudado y trabajado por él y yo lo he tenido en las manos un tiempo limitado que no ha merecido la pena. Cuando intercambias los billetes por algo, tienes un objeto de un valor que no se corresponde al valor inicial del billete que has pagado por él. No es un valor monetario, sino simbólico. Veinte euros son también la tenencia y la posibilidad de veinte euros. Cuando no están, esa posibilidad deja de existir. Y ser consciente de esto implica también ser consciente de lo mal que funciona la tierra en la que estamos condenados a vivir.



6 de junio de 2016

Diario IV

No calibro bien mis emociones, aunque la puntería nunca me ha fallado. Y es lo que ocurre ahora con la tristeza: da donde más duele y además lo hace con la fuerza de las lluvias torrenciales; dejándome empapada, fría, tiritando.
Hoy he recordado la sonrisa y el ardor ha quemado las entrañas. He recordado cómo nacía y se ensanchaba libre y hermosa para después morir junto a la ilusión y la confianza en un choque frontal contra la realidad. El fuego surgido lo ha devorado todo y donde estaba ella ahora hay un campo de ceniza. He recordado, por supuesto, el día que le hablé de ti a mi padre. Porque yo no soy de contarle estas cosas a mi padre a menos que tenga mis motivos: creía que eras real, tangible, palpable. Como los apuntes de los exámenes sobre el escritorio o el calor tímido y floreciente de mayo. Creía que podía hablar de ti sin miedo a precipitarme, a cualquier persona, en cualquier lugar. Ya sabes, precipitarme contra un error que me dejase en ridículo, que me recordase más tarde lo tonta que soy. Así que le hablé de tus rizos, de tus estudios, de tus ambiciones. Le hablé de que te había conocido cuando menos te esperaba y que me hacías bailar y que tenía ganas de que os conocierais porque por una vez, me permitía fantasear con la palabra familia. Él me dijo a mí todo esto me parece muy bien, pero tú no te descentres. Y recuerdo que lo tomé un poco mal, porque lo último que quieres cuando tienes ilusión es que consideren esa ilusión una torpeza. Yo, evidentemente, no le hice caso y me descentré. Me descentraste. Todo lo que en mi vida era real, tangible, palpable se desdibujó y yo perdí mi nortesuresteoeste. Tú y mis apuntes y mis exámenes. Incluso el calor tímido y floreciente de mayo. La muerte de esta sonrisa concreta me dolió porque era una sonrisa genuina que inundaba un rostro acostumbrado a estirar los músculos faciales día sí día también por normas sociales.
A ella le siguieron otros cadáveres y para ninguna hubo funeral. Después de todo dejó de doler y a veces incluso surge la risa; una risa seca y ácida que sigue corroyéndome el esófago cuando muere otra pequeña ilusión amarilla. La boca de mi estómago es una tumba de luciérnagas donde luciérnaga es sinónimo de ganas. Unas ganas que en su día nacieron dando saltos, revoloteando y que ahora a duras penas consigo mantener vivas.
Te conocí cuando menos te esperaba, cuando menos preparada estaba para esta guerra fría en la que las bajas se suman por millones. Pero aún y todo te debo las gracias. Gracias por librarme de tanta ingenuidad.



1 de marzo de 2016

Diario III

Se parece al grito de cien ratas histéricas corriendo unas encima de las otras. Un atasco en hora punta en el centro de la ciudad que inmoviliza el tráfico y te hace perder un vuelo por el que has pagado mil pavos. El incendio de treinta hectáreas alrededor de tus pulmones. Es un puñetazo en el esternón cuando menos te lo esperas, quizá durante la siesta. Un desfile de tambores un lunes por la mañana. La carcajada de alguien que no soportas, en bucle. Es el mundo temblando, gimiendo, quebrándose sin que nadie parezca darse cuenta. Y es el terror que te embarga y parte tu mirada en dos, transformando tu vida mientras los demás van a la suya. Y son esos demás yendo a la suya que de pronto parecen de otro planeta, con un lenguaje y sistema de comunicación distinto que nadie se ha molestado en explicar, compartir. Eres tú: a solas en tu habitación, a solas en un autobús, a solas en una cafetería, incapaz de comprender. Inútil. Indefenso.



29 de febrero de 2016

Diario II

He pasado todo el día evitando pensar en ti, en que hoy habría sido tu cumpleaños. He subido a tres trenes y he viajado a las montañas donde no he gritado tu nombre ni te he echado de menos. Nada a mi alrededor tenía que ver contigo. Ni la nieve, ni el blanco, ni los charcos, ni los coches, ni los desconocidos, ni las conversaciones cruzadas que he ido intercambiando aquí y allí para llenar cualquier silencio por el que pudieras colarte. Ya no me gusta pensarte. Resultaba sencillo imaginar tus diecisiete, dieciocho y diecinueve años. Pero a día de hoy, con veinticuatro, tu imagen es un abismo. No tienes facciones, ni voz, ni personalidad. No sé en quién habrías devenido. No sé si habrías salido de aquello o, si por el contrario, habrías acabado por sumergirte del todo. No sé quién serías ahora, qué te gustaría, qué pensarías ni en qué lugar quedaría yo (suponiendo demasiadas cosas). Todo lo que puedo pensar es ficción; una ficción imprecisa y vaga y sobre todo, corrompida por mis propias expectativas. No quiero contaminarte de mí y de todo lo que soy yo ahora, porque quien soy ahora depende en una gran medida de que—. No me gusta pensarte porque temo estar confundiéndote con otra persona, mezclando el recuerdo y el anhelo, atribuyéndote algo que no te pertenece. Me aterra verte en los ojos de alguien y darme cuenta de que no he sabido distinguirte. Me da miedo olvidar lo poco que supe a ciencia cierta de ti.

Yo sé qué pensarías de mí si me conocieses ahora. Sé cuáles serían tus palabras y qué color tendrían, sé cómo teñirían toda la nieve de rojo oscuro y esta vez no pedirías perdón. Sé que volverías a estar delante de mí sin tocarme, sin abrazarme, sé que volverías a subir a un avión a sabiendas de que ese avión iba a estrellarse. Porque todo lo que soy es lo que prometí que nunca sería, sí, pero tú me traicionaste primero.



28 de febrero de 2016

Diario I

Rezo constantemente. Es un murmullo sordo que acompaña la voz de mi cabeza, está ahí detrás: del recuerdo y el anhelo, de la imaginación, detrás de la música atronadora de los auriculares. Mi rezo es la única constante vital que permanece, el latido a menudo se interrumpe. No sé adónde va, solo sé que cuando regresa lo acojo con los brazos cansados. Toda yo estoy cansada. La espalda, las cervicales, los riñones, mis piernas que llevan siglos sin moverse de esta cama, las manos que ya no escriben, los labios que no besan, el estómago que no digiere. Estoy quebrada de ser, de estar, de no poder querer. Estoy agotada y asfixiada de mí. La piel y los temblores. Desearía que el latido estuviera siempre conmigo y que fuese el cuerpo quien parpadeara, como las bombillas fundidas, como el vaivén del oleaje; querría sentir el abandono de las extremidades, el pecho, la garganta. Al latido, sin embargo, lo extraño.
He perdido cinco otoños pasando hojas de las que no guardo recuerdo, tacto ni olor. Solo resta un blanco sucio y mortecino que lo diluye todo... Y quiero llorar la pérdida, de verdad, pero no fluye. El tiempo ha secado la mirada y la ingenuidad.



24 de noviembre de 2015

JAULA Y REFUGIO

El mar daba miedo los días de lluvia. Las olas se arremolinaban al borde de acantilado y embestían todas juntas, furiosas. Yo las observaba desde la ventana del segundo piso, envuelta en las cien mantas que tejía la abuela cada invierno. Ella decía que eran mi capa de superheroína, que me protegerían de todo mal. Y yo veía tantísimo mal en el Mediterráneo que me las ponía todas, una encima de otra, hasta que apenas quedaba un hueco por el que asomar la nariz y espiar disimuladamente. Los días de tormenta me dedicaba a eso: acechaba el mar desde mi escondrijo. Cuando el miedo me resultaba insoportable, hundía la cabeza en la lana de colores chillones y fingía que no notaba los cimientos de la casa retumbando con el vaivén rabioso del oleaje.
Como mi casa estaba, literalmente, sobre el mar, mi padre no me dejaba bajar al primer piso y mi abuelo cascarrabias argüía que si la lluvia suena como la metralla, todo lo que se puede y se debe hacer es ponerse a cubierto y esperar a que el cielo se quede sin munición. Yo no entendía sus palabras pero sus cejas blancas se crespaban de una manera que a ver quién se atrevía a rechistar. Fue así como, gracias a la lluvia, la habitación del segundo piso se convirtió al mismo tiempo en mi jaula y mi refugio, en mi cárcel y mi fuerte.
Era una habitación que no utilizábamos normalmente. La madera del suelo estaba vieja y tenía más de un tablón astillado. Con los años, mi familia había ido apilando allí los trastos que no sabía dónde dejar y todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Mi madre aseaba la estancia de vez en cuando, había colgado los cuadros en las paredes y ordenaba el mobiliario intentando dar cierta armonía, hacerla pasar por otro salón o despacho..., pero sin éxito. Había un sillón azul con las costuras doradas que nadie sabía si estaba allí por incómodo u horrendo. A su lado se alzaba una pajarera blanca, enorme, que mi abuela compró para unos periquitos que le dieron pena antes siquiera de estrenarla. Los periquitos volaron libres pero la pajarera se quedó allí por los siglos de los siglos, aunque solo fuera para amenazar a los nietos con meternos dentro si nos portábamos mal. Televisores de tubo antiquísimos, un tocadiscos —que para mi desilusión no funcionaba y arreglarlo costaba más que cualquier reproductor de nueva generación—, álbumes de fotos de antepasados desconocidos que miraban fijamente a la cámara con cara de no-sé-muy-bien-cuánto-dura-esto-pero-no-me-hace-ninguna-gracia. Cada vez que me quedaba allí trasteaba en cajones, armarios y baúles y siempre encontraba cosas nuevas, tesoros por los que pasar las manos, palpar texturas y sobre todo con los que jugar. Entre mis objetos favoritos estaba la colección de sombreros de la que se vanagloriaba mi abuelo risueño: «¡Ese lo traje de la Manchuria!», había gritado entre carcajadas al verme con él en la cabeza. También el vestido de novia-cadáver que mi bisabuela llevó en su boda, bordado hasta el cuello, las muñecas y los tobillos; así como una colección de libros de relatos y cuadernos de bitácora que los marineros de mi familia se habían pasado unos a otros.
Los días de tormenta mi padre ponía discos de jazz mientras trabajaba en el salón de abajo y mi madre preparaba estofado de carne para «llenarnos el estómago y el alma». Toda la casa parecía entonces más viva, más tierna y nosotros parecíamos también más familia. Si la lluvia no cesaba, me preparaban allí un camastro, junto al armario de ébano, y me traían un tazón de chocolate caliente para pasar la noche. En la oscuridad, la masa de agua se confundía con el cielo y espiar ya no tenía ningún sentido, así que ocupaba las horas leyendo historias de barcos y ballenas con la luz de una linterna. Cuando el amanecer o el graznido de las gaviotas me despertaba, siempre tenía a mamá dormida junto a mí y a papá con sus bártulos en el sillón azul. Entonces sabía que la tormenta había terminado.



28 de octubre de 2015

HISTORIA MÍNIMA

Presionó el botón del ascensor repetidas veces mientras un aluvión de imágenes corrieron de lado a lado en la autopista de su mente. Elena riendo, con la cabeza apoyada en su regazo; Elena encogida en la cama, contra su pecho; Elena trabajando con el ordenador, comiendo espaguetis distraídamente; Elena lanzándole el periódico con cara disgustada; Elena cuando todavía no era Elena, fumando en la cola del concierto.
Inspiró fuerte, se secó el sudor que nacía en su frente y volvió a presionar el botón. La luz del ascensor indicaba que todavía estaba detenido en el séptimo piso. Pasó las manos por la nuca, por el cabello. Cuando quiso darse cuenta ya corría escaleras abajo y, al llegar a la entrada del edificio, la garganta y los pulmones rabiaban como ratas histéricas de alcantarilla. No hizo caso al ardor porque en su mente seguía apareciendo Elena: esta vez, con la decepción en la fina línea que eran sus labios, con el silencio en las pupilas. Tragó saliva y salió a la calle. No le importaron los treinta y tantos grados de sol que bramaban en el asfalto. Miró a todas partes creyendo que vislumbraría una melena dorada en algún punto de la avenida, se lanzaría a por ella, diría todo lo que no había dicho. No obstante, la avenida estaba atestada de figuras sin rostro, de voces ininteligibles, de movimientos atropellados que le embestían desde todas direcciones. Dentro de su camisa notaba un borboteo.
Consiguió parar un taxi y ponerse en marcha. A través de la ventanilla vio discurrir las calles, las gentes y todo esto le pareció, de pronto, lejano e impersonal. Como si ninguna de aquellas historias que iban y venían tuvieran que ver con él, como si estuviese viendo una película muda de género desconocido. La sonrisa de una niña pequeña, un abrazo, conversaciones animadas entre varias personas, pasos enérgicos, apretones de mano, manos llevándose un bocadillo a la boca, labios masticando, labios fumando, labios moviéndose. Se revolvió en el asiento, se rascó los nudillos. Notaba sus propios labios escocidos de tanto morderlos. Elena siempre le regañaba por ello. Le hablaba de la delicadeza de las mucosas, de la fuerza de los incisivos, le hablaba de bacterias, de inflamaciones. De verlos, seguramente ella habría recorrido con el dedo índice sus labios irritados, le habría dado un beso casto, le aplicaría la pomada con suavidad. Pero ella no estaba allí; a su lado solo descansaban las inseguridades y los miedos, un equipaje del que no conseguía deshacerse.
Comprobó la hora. Las manecillas del reloj parecían competir con la velocidad del coche y, conforme dejaban atrás la ciudad y la autovía se volvía más anodina y silenciosa, el cansancio de las noches en vela se apoderó de su cuerpo. Desde que recogió sus cosas, no había podido dormir en la cama desierta, vacía de ella, y se había dedicado a repasar sistemáticamente informes pendientes en el ordenador. Había conseguido aplacar la frustración y el desánimo provocado por la ausencia con la frialdad y precisión de los números —y quizá, así habría seguido funcionando si no hubiera recibido la llamada que había fijado una hora y un lugar, un momento determinante del que no podía distraerse, que le arañaba las sienes, que no le dejaba respirar tranquilo—. Ahora con el teléfono en la oreja, la voz del contestador de Elena sonaba como un recuerdo vago y confuso.
«Soy yo, ¿dónde estás?, ¿has embarcado?, estoy de camino, espérame», decía él. Al otro lado, el pitido final.