1 de marzo de 2016

Diario III

Se parece al grito de cien ratas histéricas corriendo unas encima de las otras. Un atasco en hora punta en el centro de la ciudad que inmoviliza el tráfico y te hace perder un vuelo por el que has pagado mil pavos. El incendio de treinta hectáreas alrededor de tus pulmones. Es un puñetazo en el esternón cuando menos te lo esperas, quizá durante la siesta. Un desfile de tambores un lunes por la mañana. La carcajada de alguien que no soportas, en bucle. Es el mundo temblando, gimiendo, quebrándose sin que nadie parezca darse cuenta. Y es el terror que te embarga y parte tu mirada en dos, transformando tu vida mientras los demás van a la suya. Y son esos demás yendo a la suya que de pronto parecen de otro planeta, con un lenguaje y sistema de comunicación distinto que nadie se ha molestado en explicar, compartir. Eres tú: a solas en tu habitación, a solas en un autobús, a solas en una cafetería, incapaz de comprender. Inútil. Indefenso.

29 de febrero de 2016

Diario II

He pasado todo el día evitando pensar en ti, en que hoy habría sido tu cumpleaños. He subido a tres trenes y he viajado a las montañas donde no he gritado tu nombre ni te he echado de menos. Nada a mi alrededor tenía que ver contigo. Ni la nieve, ni el blanco, ni los charcos, ni los coches, ni los desconocidos, ni las conversaciones cruzadas que he ido intercambiando aquí y allí para llenar cualquier silencio por el que pudieras colarte. Ya no me gusta pensarte. Resultaba sencillo imaginar tus diecisiete, dieciocho y diecinueve años. Pero a día de hoy, con veinticuatro, tu imagen es un abismo. No tienes facciones, ni voz, ni personalidad. No sé en quién habrías devenido. No sé si habrías salido de aquello o, si por el contrario, habrías acabado por sumergirte del todo. No sé quién serías ahora, qué te gustaría, qué pensarías ni en qué lugar quedaría yo (suponiendo demasiadas cosas). Todo lo que puedo pensar es ficción; una ficción imprecisa y vaga y sobre todo, corrompida por mis propias expectativas. No quiero contaminarte de mí y de todo lo que soy yo ahora, porque quien soy ahora depende en una gran medida de que—. No me gusta pensarte porque temo estar confundiéndote con otra persona, mezclando el recuerdo y el anhelo, atribuyéndote algo que no te pertenece. Me aterra verte en los ojos de alguien y darme cuenta de que no he sabido distinguirte. Me da miedo olvidar lo poco que supe a ciencia cierta de ti.

Yo sé qué pensarías de mí si me conocieses ahora. Sé cuáles serían tus palabras y qué color tendrían, sé cómo teñirían toda la nieve de rojo oscuro y esta vez no pedirías perdón. Sé que volverías a estar delante de mí sin tocarme, sin abrazarme, sé que volverías a subir a un avión a sabiendas de que ese avión iba a estrellarse. Porque todo lo que soy es lo que prometí que nunca sería, sí, pero tú me traicionaste primero.

28 de febrero de 2016

Diario I

Rezo constantemente. Es un murmullo sordo que acompaña la voz de mi cabeza, está ahí detrás: del recuerdo y el anhelo, de la imaginación, detrás de la música atronadora de los auriculares. Mi rezo es la única constante vital que permanece, el latido a menudo se interrumpe. No sé adónde va, solo sé que cuando regresa lo acojo con los brazos cansados. Toda yo estoy cansada. La espalda, las cervicales, los riñones, mis piernas que llevan siglos sin moverse de esta cama, las manos que ya no escriben, los labios que no besan, el estómago que no digiere. Estoy quebrada de ser, de estar, de no poder querer. Estoy agotada y asfixiada de mí. La piel y los temblores. Desearía que el latido estuviera siempre conmigo y que fuese el cuerpo quien parpadeara, como las bombillas fundidas, como el vaivén del oleaje; querría sentir el abandono de las extremidades, el pecho, la garganta. Al latido, sin embargo, lo extraño.
He perdido cinco otoños pasando hojas de las que no guardo recuerdo, tacto ni olor. Solo resta un blanco sucio y mortecino que lo diluye todo... Y quiero llorar la pérdida, de verdad, pero no fluye. El tiempo ha secado la mirada y la ingenuidad.

24 de noviembre de 2015

JAULA Y REFUGIO

El mar daba miedo los días de lluvia. Las olas se arremolinaban al borde de acantilado y embestían todas juntas, furiosas. Yo las observaba desde la ventana del segundo piso, envuelta en las cien mantas que tejía la abuela cada invierno. Ella decía que eran mi capa de superheroína, que me protegerían de todo mal. Y yo veía tantísimo mal en el Mediterráneo que me las ponía todas, una encima de otra, hasta que apenas quedaba un hueco por el que asomar la nariz y espiar disimuladamente. Los días de tormenta me dedicaba a eso: acechaba el mar desde mi escondrijo. Cuando el miedo me resultaba insoportable, hundía la cabeza en la lana de colores chillones y fingía que no notaba los cimientos de la casa retumbando con el vaivén rabioso del oleaje.
Como mi casa estaba, literalmente, sobre el mar, mi padre no me dejaba bajar al primer piso y mi abuelo cascarrabias argüía que si la lluvia suena como la metralla, todo lo que se puede y se debe hacer es ponerse a cubierto y esperar a que el cielo se quede sin munición. Yo no entendía sus palabras pero sus cejas blancas se crespaban de una manera que a ver quién se atrevía a rechistar. Fue así como, gracias a la lluvia, la habitación del segundo piso se convirtió al mismo tiempo en mi jaula y mi refugio, en mi cárcel y mi fuerte.
Era una habitación que no utilizábamos normalmente. La madera del suelo estaba vieja y tenía más de un tablón astillado. Con los años, mi familia había ido apilando allí los trastos que no sabía dónde dejar y todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Mi madre aseaba la estancia de vez en cuando, había colgado los cuadros en las paredes y ordenaba el mobiliario intentando dar cierta armonía, hacerla pasar por otro salón o despacho..., pero sin éxito. Había un sillón azul con las costuras doradas que nadie sabía si estaba allí por incómodo u horrendo. A su lado se alzaba una pajarera blanca, enorme, que mi abuela compró para unos periquitos que le dieron pena antes siquiera de estrenarla. Los periquitos volaron libres pero la pajarera se quedó allí por los siglos de los siglos, aunque solo fuera para amenazar a los nietos con meternos dentro si nos portábamos mal. Televisores de tubo antiquísimos, un tocadiscos —que para mi desilusión no funcionaba y arreglarlo costaba más que cualquier reproductor de nueva generación—, álbumes de fotos de antepasados desconocidos que miraban fijamente a la cámara con cara de no-sé-muy-bien-cuánto-dura-esto-pero-no-me-hace-ninguna-gracia. Cada vez que me quedaba allí trasteaba en cajones, armarios y baúles y siempre encontraba cosas nuevas, tesoros por los que pasar las manos, palpar texturas y sobre todo con los que jugar. Entre mis objetos favoritos estaba la colección de sombreros de la que se vanagloriaba mi abuelo risueño: «¡Ese lo traje de la Manchuria!», había gritado entre carcajadas al verme con él en la cabeza. También el vestido de novia-cadáver que mi bisabuela llevó en su boda, bordado hasta el cuello, las muñecas y los tobillos; así como una colección de libros de relatos y cuadernos de bitácora que los marineros de mi familia se habían pasado unos a otros.
Los días de tormenta mi padre ponía discos de jazz mientras trabajaba en el salón de abajo y mi madre preparaba estofado de carne para «llenarnos el estómago y el alma». Toda la casa parecía entonces más viva, más tierna y nosotros parecíamos también más familia. Si la lluvia no cesaba, me preparaban allí un camastro, junto al armario de ébano, y me traían un tazón de chocolate caliente para pasar la noche. En la oscuridad, la masa de agua se confundía con el cielo y espiar ya no tenía ningún sentido, así que ocupaba las horas leyendo historias de barcos y ballenas con la luz de una linterna. Cuando el amanecer o el graznido de las gaviotas me despertaba, siempre tenía a mamá dormida junto a mí y a papá con sus bártulos en el sillón azul. Entonces sabía que la tormenta había terminado.



28 de octubre de 2015

HISTORIA MÍNIMA

Presionó el botón del ascensor repetidas veces mientras un aluvión de imágenes corrieron de lado a lado en la autopista de su mente. Elena riendo, con la cabeza apoyada en su regazo; Elena encogida en la cama, contra su pecho; Elena trabajando con el ordenador, comiendo espaguetis distraídamente; Elena lanzándole el periódico con cara disgustada; Elena cuando todavía no era Elena, fumando en la cola del concierto.
Inspiró fuerte, se secó el sudor que nacía en su frente y volvió a presionar el botón. La luz del ascensor indicaba que todavía estaba detenido en el séptimo piso. Pasó las manos por la nuca, por el cabello. Cuando quiso darse cuenta ya corría escaleras abajo y, al llegar a la entrada del edificio, la garganta y los pulmones rabiaban como ratas histéricas de alcantarilla. No hizo caso al ardor porque en su mente seguía apareciendo Elena: esta vez, con la decepción en la fina línea que eran sus labios, con el silencio en las pupilas. Tragó saliva y salió a la calle. No le importaron los treinta y tantos grados de sol que bramaban en el asfalto. Miró a todas partes creyendo que vislumbraría una melena dorada en algún punto de la avenida, se lanzaría a por ella, diría todo lo que no había dicho. No obstante, la avenida estaba atestada de figuras sin rostro, de voces ininteligibles, de movimientos atropellados que le embestían desde todas direcciones. Dentro de su camisa notaba un borboteo.
Consiguió parar un taxi y ponerse en marcha. A través de la ventanilla vio discurrir las calles, las gentes y todo esto le pareció, de pronto, lejano e impersonal. Como si ninguna de aquellas historias que iban y venían tuvieran que ver con él, como si estuviese viendo una película muda de género desconocido. La sonrisa de una niña pequeña, un abrazo, conversaciones animadas entre varias personas, pasos enérgicos, apretones de mano, manos llevándose un bocadillo a la boca, labios masticando, labios fumando, labios moviéndose. Se revolvió en el asiento, se rascó los nudillos. Notaba sus propios labios escocidos de tanto morderlos. Elena siempre le regañaba por ello. Le hablaba de la delicadeza de las mucosas, de la fuerza de los incisivos, le hablaba de bacterias, de inflamaciones. De verlos, seguramente ella habría recorrido con el dedo índice sus labios irritados, le habría dado un beso casto, le aplicaría la pomada con suavidad. Pero ella no estaba allí; a su lado solo descansaban las inseguridades y los miedos, un equipaje del que no conseguía deshacerse.
Comprobó la hora. Las manecillas del reloj parecían competir con la velocidad del coche y, conforme dejaban atrás la ciudad y la autovía se volvía más anodina y silenciosa, el cansancio de las noches en vela se apoderó de su cuerpo. Desde que recogió sus cosas, no había podido dormir en la cama desierta, vacía de ella, y se había dedicado a repasar sistemáticamente informes pendientes en el ordenador. Había conseguido aplacar la frustración y el desánimo provocado por la ausencia con la frialdad y precisión de los números —y quizá, así habría seguido funcionando si no hubiera recibido la llamada que había fijado una hora y un lugar, un momento determinante del que no podía distraerse, que le arañaba las sienes, que no le dejaba respirar tranquilo—. Ahora con el teléfono en la oreja, la voz del contestador de Elena sonaba como un recuerdo vago y confuso.
«Soy yo, ¿dónde estás?, ¿has embarcado?, estoy de camino, espérame», decía él. Al otro lado, el pitido final.



20 de octubre de 2015

RADIOGRAFÍA

Al hombre del banco le tiemblan las manos ininterrumpidamente. Es un temblor inconsciente y sordo, él no parece percatarse del redoble que están conjugando sus dedos al impactar, nerviosos pero rítmicos, contra la madera hueca. Tiene ciento siete surcos desde la frente hasta la barbilla, uno por cada canción que no llegó a bailar, o nudos en la garganta de callar más de la cuenta, o lágrimas de despedida en una estación de tren. No lo puedo saber con seguridad, pero sí sé con seguridad que las tímidas que asoman por el rabillo del ojo no son fruto del cielo nublado. En este punto, casi puedo ver una parte de mí desprendiéndoseme de la piel, incorporándose, sentándose a su lado. Esa parte de mí que no existe aprieta los labios y sonríe, quizá ofrece una mano, quizá reconforta.
A este lado de la realidad, un ligero golpe en el costado me hace girar la vista y encontrarme de frente con el color de las castañas asadas en otoño. Probablemente tiene mi misma edad, también tiene mis mismas manos huesudas y el labio superior algo respingón. Ella se disculpa; yo cedo en silencio y comparto el espacio.
La chica saca unos auriculares del bolso y no tarda en viajar lejos de allí, lejos de mi lado. Aunque no ha cerrado los ojos, pronto me doy cuenta de que no está mirando nada en concreto. A veces se le agita la respiración, a veces sonríe quedamente, a veces tamborilea sobre sus rodillas. Sube el volumen distraídamente y es entonces cuando reconozco el Uptight Downtown de La Roux. También reconozco ciertos recuerdos despertándose en la boca del estómago y una nueva parte de mí ya se ha levantado del asiento y está agitando los hombros y las caderas, ríe, se revuelve el pelo. La chica de mi lado ríe también, sube los brazos y no tarda en unírseme haciendo volar la falda amarilla y el cabello de un lado para otro. Pestañeo. Cuando acierto a despegar los labios para comentar cualquier cosa, ella ha recogido y se dispone a marchar. Una ráfaga súbita de viento nos sacude a ambas el pelo; se aleja, ya no está. Esa parte de mí se ha ido bailando con ella.
De la heladería que hay al otro lado de la plaza salen dos niños corriendo. Se hablan a gritos en ese lenguaje que solo los de su edad comprenden, sueltan carcajadas, se pegan, vuelven a chillar. Sujetan con las manitas dos polos de fresa, a veces lamen y muerden y a veces olvidan que estaban comiéndolo. Se persiguen un rato alrededor de los columpios, luego cuchichean. En ningún momento ningún adulto les interpela y me pregunto quiénes serán las madres y los padres y qué estarán haciendo, por qué no están cerca de ellos. Al calmarse extraen de la mochila infantil una tablet. Ambos desaparecen tras la fascinación por los colores brillantes y los sonidos metálicos. Ya no existen los gritos agudos, las carcajadas ni los juegos. Los niños que eran apenas cinco minutos antes se han disuelto sobre la arena. No sé si son hermanos, primos, compañeros de escuela; si llegan a entenderse o vincularse aunque no tengan una noción clara de lo que ello significa. Me pregunto si yo misma la tengo. Me pregunto si los demás transeúntes la tienen. Si alguna vez han visto personas más allá de mirarlas, si las han oído más allá de escuchar lo que tuvieran que decir. Me pregunto si todavía quedan personas reales fuera de las pantallas y si yo seré una de ellas.

En mi bolsillo vibra el teléfono, atiendo un mensaje impersonal y compruebo la hora. Las nubes se abrazan cada vez más y la plaza se ha quedado vacía, desprovista de todo tipo de vida. Tengo siete acepciones para el frío y lo estoy sintiendo en al menos ocho de ellas. Al fondo de la calle mi autobús se acerca.



15 de mayo de 2015

MIS OJOS SON UNA CÁMARA

Cuando me despierto tengo a Kaz sentado en la cama, con las piernas encogidas, liándose un porro. En seguida llama mi atención porque Kaz es el único que sabe conseguir marihuana, los demás son unos tontoslapolla que creen que cualquier césped un poco chamuscado pasa por buena mierda. Le pregunto a Kaz y él me lo confirma y siento que ya estoy despierta del todo, tengo un arranque de lucidez y necesito volver al mundo real. Me duelen un poco las piernas y no sé cuánto tiempo llevo tumbada, me levanto, voy a mear, desde el váter veo el enredo de brazos y piernas y pelo y piel que son Carolina y Mel, que se han quedado dormidas desnudas en el suelo. Tiro de la cadena y no funciona y voy al salón y vacío el jarrón de flores para llenarlo de agua y echarla por el retrete. Me siento satisfecha y me rasco un poco las costras de la herida que parece que se está infectando pero no pasa nada. Se curará, ahora necesito comer y beber. En el frigorífico no hay nada aprovechable, sólo tenemos un paquete de nuggets de pollo que lleva dos años y medio en el congelador. Kaz viene a la cocina, me pone las manos en la cintura y me enseña lo que tiene: me ha traído una botella de Johnnie Walker, etiqueta negra de 12 años. Wow. Kaz sonríe con una de esas sonrisas que sólo traen problemas pero lo dejo estar porque quiero probarlo.
Estamos fumando en el balcón con las piernas colgando por fuera de la barandilla, yo tengo mi botella en las manos y él está distraído. Le pregunto en qué piensa. Me dice que está componiendo una canción de amor para Charles Fourier, la letra dice: si vous m'aviez rencontré dans le monde / vous n'auriez pas mort seul. Pero Kaz no es un romántico, simplemente le petaría el culo a cualquier tipo inteligentísimo, no puede evitarlo. Deja de escribir y toca con la guitarra una versión americanizada y con voz quejumbrosa del Angie de los Rolling que me pone los pelos de punta. Corre una brisa caliente y húmeda, noto en la piel la luz de la tarde, todo está en silencio sin estar realmente en silencio: creo que voy a explotar.
Me siento intranquila y le digo a Kaz: ¿dónde está la gente intranquila? Y él me dice que pienso demasiado. Y me doy cuenta de que es verdad, que pienso demasiado, que mi mente es una cámara, que mis ojos son una cámara. Estoy tan pendiente de lo que sucede dentro de mí que no estoy fuera viviendo lo que sucede en esta sociedad infinita, que puede ser una mierda, que puede ser hermosa, que puede ser extravagante.
Le miro y él me mira y de repente ya no está. Me pongo a gritar. No tengo ninguna botella de Johnnie Walker etiqueta negra de 12 años en las manos. Pienso que es la marihuana y me doy cuenta de que no me he fumado un peta en la vida. No conozco a ningún Kaz, ni Carolina, ni Mel. No estoy en el balcón; estoy en una cama, en una habitación con muebles de madera contrachapada de los años sesenta que me recuerdan que mi existencia es igual de insulsa que los dueños de este piso alquilado. Me moriré sin aprender a hablar francés, tocar la guitarra, sin pasearme desnuda en un zulo orgiástico con mis amigos decadentes pero leales. Estoy en silencio, no he abierto la boca, la costra de mi herida se desprende y mancho sin darme cuenta las sábanas con unas pocas gotas de sangre. Me lo repito una y otra vez: ¿dónde está la gente intranquila?