2 de agosto de 2011

CINTAS DE VÍDEO

(chica)

Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac... A menudo imagino que mi corazón lleva un reloj incrustado. Suele ir muy deprisa y siento que no le alcanzo, que huye de mí y se pierde en un horizonte lejano y desdibujado, sumiéndome en una profusa confusión.
Hay veces que va tan rápido que me da por pensar que mi corazón explotará llenando la habitación de sangre. No me preocupa morir pero en la tintorería me odiarán por haber cubierto la alfombra, las sábanas blancas, las cortinas, el tejido del sillón tal vez. Se volverán locos intentando ocultar mi muerte de aquellos hilos. Y con cara de mal humor le dirán a mi deprimido marido que la mancha no se ha ido, no se puede quitar. Recordará siempre que mi corazón acabó explotando sin previo aviso y eso le matará. Y yo no quiero que él muera.
Se oye la cerradura, la puerta se abre. Aprieto con las manos las sábanas, que están frías y me miro las rodillas. Es una lástima porque a él le gusta dormir cuando las sábanas están frías.
—¿Cariño?
—Estoy aquí —digo mordiéndome el labio.
Sus pasos resuenan con fuerza por el pasillo y mi tic-tac, tic-tac, se acelera con cada uno de ellos hasta el abismo. Levanto el rostro justo cuando él se asoma por la puerta.
—¿Qué ocurre? —y me sonríe.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac en mi oído. Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic —mi corazón se para durante una décima de segundo, da un golpe y grita— tac.
—Tenemos que hablar —sentencio.



(chico)

Noche cerrada como de costumbre. Apenas salgo de casa en el primer rayo de sol y regreso cuando las estrellas están extinguiéndose. ¿Así cómo va a perdonarme?, me pregunto. Suspiro, frunzo el ceño, sigo conduciendo. La ciudad se despide de mí a velocidad imperturbable. No me importa, no la necesito. Sólo necesito salir antes del trabajo y llegar pronto a casa, a sus brazos. Sólo necesito que alguien detenga el tiempo en el momento de abrir la puerta y deje las horas muertas por mucho rato. Suficiente rato para darme un baño y prepararle la cena. Y cenar. Y ver cómo come, pasarle la sal, pelarle una manzana de postre. Acariciarle el pelo, hacerle el amor, despertar con sonrisas y no escuchar un despertador nunca más. Y menos todavía a las seis de la madrugada. Suspiro.
Pero no es así, llego y tiene la cara compungida como queriendo algo sin atreverse a pedírmelo. Sonríe de forma comedida y raciona el timbre de voz, raciona las caricias, raciona las miradas directas, guardando la mayoría en furtivas.
—¿Cariño? —le pregunto alegre al entrar.
—Estoy aquí —me contesta desde la alcoba. Me extraña que no ande por la cocina y hago como ella, raciono mis pasos hasta llegar.
—¿Qué ocurre? —digo tragando saliva.
Ella se amarra a las sábanas y me muestra el pico de las rodillas. Apenas se atreve a mirarme despacio y dice que tenemos que hablar. El tiempo se para.