18 de febrero de 2012

LOS HÉROES DE LA DECADENCIA

«Me pregunto todo el tiempo por qué simplemente nadie se ha levantado nunca
y se ha convertido en un verdadero superhéroe»

Super (James Gunn, 2010)


En los ochenta todos nosotros éramos fans de Flash Gordon. Quién más, quién menos, todos habíamos intentado llevar esa vida rápida, veloz, acelerando nuestro organismo y nuestras ideas con el único éxito de varias noches de borrachera y alguna visita al hospital. Éramos muchachos atrevidos, nos creíamos en la cima, superiores a todo.
Yo me compré el cabrio rojo a pesar de que todos andábamos en Harley en aquella época. Cold llevaba melena, chupa de cuero, botas de montar; Bird apenas usaba ropa interior. Teníamos en mente grandes cosas y cuando no pensábamos en abandonar la universidad, pensábamos en montar un grupo de jazz.
Aquellos meses de verano, en las colinas, probamos de todo. Recuerdo a Bird pasadísima mostrando más muslo del debido bajo el cielo nocturno. Los faros del cabrio iluminaban el picnic: tarta de frambuesa de alguna de nuestras madres, latas de Coca Cola y varias botellas de ron. Dentro de la cesta estaba la bomba: los polvos mágicos.
Esa noche fue, con diferencia, la mejor. Dos rubias se enrollaban bajo el roble, Cold tocaba la guitarra y algunos más habían comenzado a esnifar y daban vueltas sobre sí mismos mirando las estrellas. A mí el ron me bajó al estómago con un golpe seco y amargo, la nostalgia me invadió los ojos y me aparté un poco de toda la movida.
Era una noche cálida de cielo añil iluminado. Las ramas de los árboles se mecían con suavidad de izquierda a derecha, bailando unas con otras en la silenciosa melodía de la naturaleza. Perdido en la inmensidad de la colina me sentí pequeño y absurdo, como un parásito más de los que pululan por el universo, que corrompen la belleza.
Me senté en un tronco caído con vistas a la oscuridad y suspiré mil veces pensando en todos nosotros, en nuestras horas malgastadas y en lo que nos depararía el futuro. Pensé en lo mal que nos comportábamos con nosotros mismos y con el resto del mundo. En cómo andábamos con los hombros alzados, comiéndonos con los ojos a la gente y a los juicios ajenos. Reflexioné sobre Flash Gordon y en cómo había cambiado nuestras vidas.
Todos éramos distintos, no sólo en apariencia, éramos distintos en esencia también. Teníamos ganas de cabalgar el destino, espolearlo hasta ser los dirigentes de nuestra vida. Pero habíamos soltado las riendas en un acto de rebeldía inconsciente y ahora todo se reducía a la ropa de marca, las gafas oscuras y la cocaína. Todo se movía deprisa a nuestro alrededor. El mundo se movía deprisa, en una vorágine de evolución, de emociones, mientras nos quedábamos estancados en el guion de una misma escena. Fingíamos continuamente que éramos nosotros los veloces, que éramos los superhéroes de nuestra generación... pero a mí el estómago me decía que no. Y yo creía en mi estómago porque era quien me avisaba de que estaba hambriento y debía comer —si no, quién sabe qué habría sido de todos nosotros—.
Divagué durante no se cuánto tiempo sentado en aquel tronco caído mientras fumaba y bebía algo de ron. Perdí la noción del tiempo, perdí la conciencia de mí mismo. Ya no sabía quién era ni qué estaba haciendo allí, mucho menos con mi vida.
Escuché unos pasos detrás de mí y me dejé caer sobre el césped, apoyando la cabeza sobre las manos. Bird estaba allí, con su vestido rosa rasgado, hecho jirones en el vuelo y en las mangas. Se sentó con discreción a mi lado y dijo:
—Qué bello todo esto, ¿verdad?
Yo me incorporé y lo vi: todo lo que antes me había parecido oscuridad estaba iluminado por miles de destellos. La silueta de una ciudad viva se dibujaba ante mis ojos en un espectáculo de pura armonía y belleza. Parecía latir con fiereza.
—No me había dado cuenta —musité.
Bird me miró con los ojos sonrientes. También me di cuenta, por primera vez, de lo hermoso que era aquel par de anillos grisáceos que envolvían sus pupilas. Sentí su cuerpo pegado al mío y tuve la certeza de que estábamos vivos. Y eso era lo que realmente importaba.