9 de febrero de 2012

LA ADRENALINA Y LA LIBERTAD

Nosotros funcionábamos así, a contra tiempo. Mientras tú te pintabas los labios de coral en el asiento copiloto de nuestro destrozado Ford del Rey, yo robaba el banco, me liaba a disparos contra el techo y salía corriendo. Nunca estabas a punto, jamás, por más que dijeras que sí. De todas formas, no me importaba perder el culo por ti si luego me dejabas la marca de aquel color coral en el cuello. Pero nena, en serio, eras una zorra.
Hoy recuerdo aquellos días en esta habitación sin revestimiento y me alegro de todos esos años, burlando a la suerte y al tiempo, burlando la palabra amor y haciéndola sólo nuestra. Es verdad que a veces follaba con aquella morena del supermercado. Tú siempre lo supiste y aún así te callabas los celos. Pero lo sabes, todavía sabes que nadie tenía un polvo como el tuyo. Sabes que yo, en mi sexo mental, sólo te tenía a ti y a tus tirabuzones castaños. Ella era todo piernas, pero tú eras toda mujer. Por eso a ti te puse el anillo y a ella la puse a cuatro patas. Pero sólo un par de veces.
Entre tú y yo siempre hubo acuerdo prematuro, silencioso, que no nos hizo falta firmar en el juzgado. Y es que desde el primer momento, supe que mis ojos verdes miraban por ti. En todos los sentidos. Cuando nos faltaba comida y salía a birlar algo al mercadillo, te traía las frambuesas que querías aunque tuviera que correr unos largos hasta despistar al tendero. ¿Y recuerdas nuestro viaje hasta el mar? Joder, bien sabes lo mucho que he odiado toda mi vida el puto salitre de las playas, pegajoso, asfixiante. Pero tú no habías visto mar, nena, y tu cara de ángel merecía perderse en el azul cerúleo que recorría de Norte a Sur todo el horizonte. Joder, que le volaría los sesos a mi compañero de celda por llevarte de nuevo a aquella playa rocosa y asfixiante y ver, de nuevo, el chisporroteo en las pupilas de tus ojos, ese pájaro anidado dentro de ti que sólo volaba con dos cosas: la adrenalina y la libertad.
Ay, libertad, maldita la nuestra. Supongo que acaba siendo cierto aquello de quien juega con fuego acaba quemándose y en nuestro caso, el fuego siempre fue la suerte. La suerte se acabó y con ella se agotó también la gasolina de nuestro Ford del Rey en plena cacería.
Pensar en aquel día concreto no me alegra tanto pero no tengo permitido derramar lágrimas, nena, ya lo sabes. Sólo te escribo, donde quiera que estés, que tengas por seguro que cambiaría cualquier parte de nuestra jodida (y bonita) historia por haber recibido yo mismo aquel balazo en la nuca. De verdad que sí, nena, que estos ojos perdieron