21 de marzo de 2012

EL DISCURSO DEL NO REY

Detrás de mí oí un viejo carraspear. Era un tipo viejo sin más, con sombrero incluso, aunque desaliñado. Echaba peste a alcohol pero tenía la mirada afable. Afable como la mirada de mi abuelo y el de cualquiera, aunque roja y henchida por el tinto. El viejo volvió a carraspear y comenzó su discurso.

—Hay huesos que resisten el paso del tiempo por falta de heridas. Es así. Me niego a creer que cualquier persona (o alguien, sin más) puede soportar intacta la fortaleza de un calcio grabado por las cicatrices de la vida. No, amigo, las personas nos batimos en duelo cada día y salir impunes es cosa de la infancia —en los mejores casos—. Los huesos se deshacen poco a poco, en gravilla, como el sarro de los dientes. Se reblandecen con el riego sanguíneo que, con los años, circulan más el licor y las lágrimas que los glóbulos rojos. Todo eso es corrosivo. El drama es corrosivo. Por eso se nos obstruyen a veces las arterias, al sobrepasar los cincuenta, y decimos: "¡con la mierda de vida que he llevado, y ahora esto!" Sí, el drama es el hermano gemelo de la enfermedad, del colesterol, los infartos y la artrosis. Hace falta ser muy feliz para llegar a viejo con los huesos fuertes. Pero no me jodas, es imposible, chico. ¿Cómo de ingenuo hay que ser para ser tan feliz? ¿O acaso es necedad? Yo sólo te digo por animarte, así que ya sabes, deja de lloriquear por haber perdido ese maldito autobús. ¿Qué tal si sonríes por ese justificante falso médico que te va a librar el culo de la puta oficina por hoy?

El viejo rió con soltura y se largó. Yo no dejaba de pensar qué hacía perdiendo el tiempo con la filosofía de aquel tipo. Pero en algo tenía razón: yo había perdido el autobús y llorar no los traería de vuelta, ni al autobús ni la mujer que viajaba en él.