26 de marzo de 2012

SUEÑOS, HUESOS Y OTROS RECUERDOS DE LA ADOLESCENCIA

Nos pudieron los dieciséis, esos años incomprensibles e innecesarios por los que todo el mundo pasamos. Pero a nosotros nos pudieron. Nos ganaron la batalla porque dejamos de luchar de forma inconsciente e insensata. Nos atraparon entre la décima y el seis, jamás conocimos el siete, aunque en los documentos nos afirmaran la treintena. Nos anclaron, nos estancaron.
Teníamos dieciséis y éramos felices, con nuestra sudadera de marca y los pantalones desgastados. Una decena de exámenes al año, ninguna factura que pagar, ninguna familia que mantener. Ahí nos quedamos coleccionando cromos y montando en bici los domingos por la mañana.
Connie tenía una falda floreada que volaba con el viento. Ella lo sabía, caminaba moviendo las caderas y montaba con el trasero levantado. Era su forma de decir: soy joven y guapa. Y podía decirlo, claro que sí, porque tenía dieciséis y piernas para flirtear, para hacernos suspirar a todos. Y lo hacíamos, suspirábamos, sobre todo Teo (con su gorra hacia atrás, siempre con su gorra) y yo, fumando los pitillos que le robaba a mi padre. Así transcurrían los veranos y los años, suspirando, fumando, mirando las braguitas de Connie.
Éramos dueños de nuestro mundo, un mundo de banalidades y días tranquilos, tomando refrescos con amigos en la terraza de una heladería. Un mundo al que nos abandonamos demasiado pronto y que nos fue engullendo sin apenas percibir cómo Tom marchaba a la universidad, cómo Jules se casaba con aquella rusa que conoció en fin de carrera y cómo nuestros padres enfermaban y morían.
Nunca miramos el calendario ni el reloj, pensamos que no necesitaríamos objetivos porque ya lo teníamos todo en la vida y que sería fácil mantenerlo. Y, de alguna manera, lo teníamos: nos tuvimos los tres cuando las deudas comenzaron, cuando las arrugas se marcaron, cuando llegó el cáncer de pulmón.
Tuvimos cien años para madurar, pero nos jactamos de nuestra juventud y de lo larga que es —era— la vida, burlándonos de la semántica:
—¡qué maduren las frutas! —Gritábamos a los cuatro vientos, subidos en nuestras relucientes mountain bikes mientras sorteábamos los coches de la Gran Vía.
Y bien, siguen creciendo manzanas en el manzano y peras en el peral, el sol sale la mayoría de días a inundar las calles con la misma luz y el mismo calor. Nada parece haber cambiado en nuestro mundo, pequeñísimo mundo de tres adolescentes de dieciséis, pero lo cierto es que nuestros huesos —y sueños— se pudrieron antes de que llegara siquiera el otoño de aquel año.




 «—Y ¿qué es lo que pasó?
                —Lo que siempre pasa: la vida.»
(500) days of Summer (Marc Webb, 2009)