23 de marzo de 2012

THE DREAMERS

Ray era un tipo de lo más extraño. Vaya si lo era. Un fuera de serie, como solían decir. Yo también lo pensaba pero estaba bastante loco. No loco gracioso ni loco temerario, loco de verdad, de los que no distinguen la realidad de sus fantasías. O qué sé yo de locura.
Conocí a Ray en mi primer curso de universidad. Por aquella época yo estaba bastante deprimido, quizá por eso Ray fue lo mejor que podía tener. Ray me despertaba, me hacía pensar con sus reflexiones y sus locuras de loco de verdad. Me dejaba sin habla el tío. Un fuera de serie.
Una mañana de viernes no quiso entrar a la clase de historia con el señor Orwell. Era culpa de su apellido, según me dijo. Al parecer acababa de enterarse de cómo se apellidaba, pues estábamos a mitad de curso y nunca lo había mencionado. Pero ese día sí lo mencionó, justo antes de comerse un bollo de crema mientras desayunábamos en el comedor.
—No voy a entrar a la clase de ese tipo, Orwell —soltó.
—¿Y eso a qué viene?
—He visto que tenemos clase con él ahora. No voy a entrar a la clase de ese tipo. Su libro me ha emparanoiado muchísimo. Me siento un desgraciado por su culpa. Un parásito social. Maldita obra maestra de la literatura...
—¿Libro? No sabía que el señor Orwell había escrito un libro —le corté extrañado.
—Claro que sí, tú también lo has leído. 1984. El día que llegue ese maldito año me suicidaré.
Me dejó sin habla. Traté de explicarle que nuestro profesor Orwell no era el escritor George Orwell, que simplemente compartían apellido. También traté de explicarle la novela. Pero Ray es un fuera de serie, de verdad. No entendió nada. Se quedó indignadísimo cuando dije que a mí me había gustado mucho cuando la leí el trimestre pasado. Ray se negó a entrar en historia aquella mañana y yo me quedé con él, en parte porque me apenaba su falta de cordura y en parte porque estaba bastante deprimido y Ray siempre me animaba. Sobre las diez de la mañana salimos del campus y empezamos a caminar hacia las colinas, más allá del campo de hípica. Aquello estaba desierto, claro, pronto sería diciembre y hacía bastante frío.
Recuerdo que hablábamos de música. Estaba emocionadísimo con una vieja canción de Phil Ochs —en realidad tenía menos de una década, pero Ray consideraba "viejo" todo lo que le parecía realmente bueno— y la tarareaba todo el tiempo. Hablaba y tarareaba a intervalos, al igual que hacía con su mirada, que bailaba de mí al horizonte. Yo había oído hablar de Phil Ochs en alguna ocasión, pero todo destructivo, sobre todo por la comparación con Bob Dylan. Ray parecía un crío, le inventaba la historia de su vida sin siquiera saber de él, todo escrito y desmenuzado en el cuaderno de apuntes de aritmética. Había hecho un retrato a lápiz de Phil, no muy logrado, pero lo alabé igualmente porque la historia que estaba escribiendo era buena de verdad. Nos sentamos un rato y me dejó leer algunos fragmentos. Os juro que no sé cómo narices lo hizo, pero lo hizo. Adivinó que Phil Ochs se suicidaría. Entonces yo no lo sabía, pero pocos años después, cuando dieron la noticia de su muerte en aquella televisión con interferencias cada treinta segundos, casi me alegré. Reí a carcajadas unos instantes. Pensé en Ray, en la historia que leí aquella mañana en las colinas y en cuánto le echaba de menos. Vaya un fuera de serie.