6 de abril de 2012

DE SALVAJES Y PERDIDOS

«Why? Why are you so cruel?
Because I love you»
The Dreamers (Bernardo Bertolucci, 2003)


—Es difícil tratar de entenderte cuando estás... así.
—¿Así cómo?
—Desnuda.
Le asomaba la malicia, el animal depredador en las comisuras de los labios. Y yo lo veía porque temblaban, furiosos, latentes, deseando provocar la estampida. Temblaban por no dejar escapar una sonrisa de triunfo, algo que delatara lo bien que lo pasaba cuando hacía todo aquel espectáculo. Temblaban porque, a pesar de haber ganado, seguían queriendo jugar.
Yo me mantenía de pie, junto a la puerta, intentando desenredar el quebradero de cabeza que aquella femme fatale me inducía día sí y noche también.
Seguía allí pensando en entrar y comérmela, en agarrar su carne, su muslo, devorarla en el sentido literal del verbo devorar. Era extraño porque, a pesar del deseo, del frenesí de sus pezones erectos, sus labios prietos soltando el humo del cigarrillo lentamente... yo la despreciaba. Despreciaba lo débil que me había vuelto, la forma estúpida en que se me cayó el pitillo de los labios y ella lo recogió templada y vaporosa para metérselo en la boca. Eso era —aunque por aquel entonces no lo supe— lo que me impedía entrar en la habitación y cerrar la maldita puerta tras de mí en ese momento.
Impávida, se dio la vuelta, quedándose tumbada bocabajo. La curva de sus senos se hundió en el algodón de las sábanas ofreciéndome, a cambio, la tormenta de su océano castaño cayendo en cascada sobre la espalda. Era una mujer que sabía qué quería y cómo conseguirlo. Sabía lo mucho que disfrutaba navegando entre la maraña de cabello, deteniéndome en cada vértebra, en sus omoplatos. Sabía que podía volverme loco con un gesto tan sencillo, tan cotidiano, como es darse la vuelta en la cama.

Empecé a pensar y a dejarme llevar por la situación. La habitación estaba impregnada por la irrealidad. Podía escuchar la lluvia rabiosa a través de las ventanas. La tenue luz de las velas contorneaba sombras imposibles en las paredes y yo... Yo me sentía turbado por la ginebra y por aquel cuerpo del diablo, desnudo y regalado, que yacía sobre la cama.
—¿Por qué yo? —dije de pronto. Me lo pregunté a mí mismo. Estaba comprendiendo el espectáculo, su artimaña de mujer herida y necesitada, estaba viendo lo que era: carroñera.
Volvió a darse la vuelta. Las marcas de la sábana le surcaban el pecho enrojecidas. El temblor de sus labios menguó mientras sus pupilas se depositaban en una mota de polvo que volaba hacia el techo.
Pensé que estaba todo perdido, pensé que ya no importaba quién era la víctima. Pensé en las ganas que tenía, me concentré en ellas, a decir verdad. Cerré la puerta tras de mí y jodimos. Jodimos fuerte y triste, jodimos hasta que se apagaron las velas. Hasta que se extinguió el temblor de las comisuras de sus labios. Hasta que agoté las ganas y surgió el desprecio.