28 de mayo de 2012

NO ERAN LAS SEIS DE LA MADRUGADA, PERO PODRÍAN HABERLO SIDO

La boca.
La boca viva y jugosa, cueva y lumbre de la elegancia y la barbarie, principio básico de la química empírica por la que dos cuerpos acaban fundiéndose. La boca como templo, como cumbre, como premio final en el naufragio de un navío llamado Fiódor. En el mar negro, en el abismo, sobre la costa rusa de arena tenue. La boca como premio. La carne mullida, rosada, la carne mojada. Sudor y ganas, sudor y ansias y necesidades humanas, curiosamente pues, sólo humanas. Los labios húmedos, lengua húmeda, cavidad húmeda. La boca como regalo, como premio, otra vez y siempre.
La boca como obsequio del que ama y sólo si ama de verdad. La boca como prueba, como entrega, como cima en la carrera de las intenciones. La boca es y siempre será, quizá en ocasiones, pasión erguida, reñida, diferida de lo que pueden ser las manos en una caricia y el bajo vientre en la penetración entre un hombre y una mujer en mitad de la fiebre o la efervescencia.
Entiéndase de esta forma la boca, de nuevo, como aquello que se entrega y como medio por el que se obtiene todo lo que uno desea desde niño hasta la muerte.

[...]


Miraba la calle y no veía nada. Bueno sí, veía miles de cosas pero a la vez no veía nada. Veía bocas y labios y la carne inflamada del deseo en hombres y mujeres que podían compartir o no algo más que una ojeada. Y eso le mosqueaba porque todo eran bocas y labios y lenguas, quizá secos por fuera pero de seguro, húmedos y ardientes por dentro. Todo era boca y nada era beso, una vez tras otra, aunque en el fondo de cualquier par de ojos desconocidos se atisbaban fácilmente las ganas y la ansiedad.
Pensaba en las parejas y en los amantes y pensaba también en ese momento del cortejo en el que quitas el sello de tus labios y te dejas ahondar y sumergir, te dejas conocer, te dejas sobrevolar como la ciudad se deja hacer por los pájaros.
Pensó en un momento determinado: es una sensación maravillosa. Y luego se corrigió, no de forma inmediata sino después de un par de caladas al cigarrillo olvidado y casi consumido que sujetaba entre los dedos: no es maravillosa, es húmeda, viscosa y pasional. Dos carnes de distinto animal devorándose la una a la otra, sin forcejear pero con irreversible violencia. Dos carnes de distinto animal otorgándose la saliva del uno y el otro, bebiéndose de sí mismos, alimentándose. Dos carnes de distinto animal que se poseen y se aprietan, se constriñen, se coagulan como lo haría la sangre para no enfermar.
¿Qué debía ser aquello si no una obra de arte? Y de ser así, ¿por qué la gente, los desconocidos de aquel París moribundo, no lo hacían?
Pensó en el beso como prueba notoria de que una pareja era real, de que una pareja realmente lo era. Pensó en las prostitutas que entregaban su bajo vientre, su seno, su grupa y negaban el beso hasta sentirse enamoradas, hasta redimirse. Una vez más, el beso como premio, como la cumbre de una búsqueda que una vez pareció montaña dentada. El beso como la salvación de una vida, el beso como rendición.

Fumaba y pensaba y vigilaba también a los desconocidos que transcurrían por la plaza y que no se estaban besando. Que estaban desperdiciando su tiempo, que estaban muriéndose por dentro aún sin saberlo. Fumaba y por ello abrazaba el cigarrillo con la punta de los labios. Fumaba y el cigarrillo le devolvía el abrazo en la garganta cuando el humo finalmente se perfora. Fumaba y besaba porque hubo una vez en que fue lo mismo, en otro tiempo, allí sentado en la plaza de Saint-Sulpice. Calada a calada, beso a verso, con la boca ya entumecida de la humedad de la lengua, de la humedad del pitillo. Pasaron las horas y siguió viendo bocas que eran bocas y besos que no fueron nada hasta que el cielo se nubló y una farola dubitativa acabó por iluminarse a su derecha.