20 de julio de 2012

A FALTA DE PAPEL

—A falta de papel siempre tengo huesos —dice sonriendo.
Se recuesta en el sillón, como un gato después de comer dispuesto a las caricias. Se remanga las faldas, muestra sus rodillas. El hueso de la rótula se alza orgulloso dejándose sonrojar por el sol que entra imperioso por el ventanal. Ella retoza, me sonríe un poquito y sigue a lo suyo.
Río porque conozco sus artimañas de niña con los encantos propios de una mujer. Le alcanzo la pluma y prosigue su escritura frenética.
La tinta en su piel cobra vida, baila sobre los muslos como las rusas bailan sobre el escenario. Su figura me recuerda al teatro: la actriz haciendo magia frente a las pupilas dilatadas de un espectador que deja que el tiempo se desvanezca entre los intermitentes parpadeos de ella, la saliva en sus labios, su cuello tenso exhalando un suspiro parecido al orgasmo.
Pienso que toda ella es literatura: de piel, de huesos, de carne. La literatura que todos los aspirantes a poetas quieren narrar, la literatura que los veteranos han dejado de intentar. Una musa real. Un cuerpo que es también libro y del que se lee en sus clavículas el calor del verano,  que esconde metáforas entre lunar y lunar. Y cuando el sudor zigzaguea por sus curvas se siente la fiebre de Humbert Humbert espiándola desde el portal.
Rellena su cuerpo de frases inconexas, de ideas hermosas, de pensamientos voraces que no puede retener en su cabeza. Las cuelga, como cuadros, de sus costillas; galería de arte privada en la propia geografía humana.
—¿Me dejarás leerlo? —le digo desde la distancia.
Ella ensancha la sonrisa, juguetea con la pluma y contesta riendo:
—Qué tonto, si sólo es la lista de la compra...