25 de julio de 2012

EL TIEMPO ENTUMECIDO



«He decidido no enamorarme nunca más. Me da asco.»
Pierrot le fou (Jean-Luc Godard, 1965)

La tarde parece no tener fin en este estío adormecido que se ha instalado en la casa. Las niñas juegan en el jardín. Las veo desde la ventana del desván, corriendo entre las azaleas y las margaritas, riendo, cantando, viviendo. La muchacha rubia danza y su cabello dorado chisporrotea la luz del sol, que parece enredado en su pelo. Ambas tienen las mejillas sonrosadas, quizá por la fatiga, quizá. Pero ellas no parecen cansadas nunca, no pierden el aliento nunca, no dejan de reír con ese chillido histérico que se cuela entre el ladrillo y retumba las paredes. Nunca.
Una voz suave y lejana me llama desde abajo e impela que baje con ellas al patio y yo le contesto que aquí estoy bien, aquí entre el silencio, el polvo y el frío de los muebles viejos. Le digo que estoy bien aquí entre libros. Y luego oigo a la voz lamentando, protestando, murmurando algo que a mis oídos de pronto ya no les interesa.
Me acomodo en el futón, dejo que el sol bañe mis piernas pálidas. Miles de motas de polvo corren por la autovía quien sabe si de vacaciones. Punteo con los dedos el entablado de madera simulando que es el piano que pedí por mi cumpleaños y que nunca recibí. Me canso. Ahora los latidos tenues de mi corazón conforman a mi único compañero vivo. Se han acelerado un poco y siento que quiero decirles hola, qué tal. Charlar un poco como solíamos. Pero me siento triste, muy triste de pronto, y lo dejo pasar.
A mi lado descansa un maldito libro. El papel, la tinta y mi herida abierta se encuentran dentro, todas juntas al mismo tiempo. Las solapas parecen suaves pero al intentar abrazarlas se volvieron duras. Es un libro que engaña, me digo. Lo miro de reojo continuamente, por una parte para saber que sigue estando ahí y por otra, para prohibirme seguir leyéndolo. Pienso en el daño que hace leer ese maldito libro. Lo cojo con ambas manos y lo arrojo algo lejos. La risa inquieta de las muchachas alivia un poco mi sofoco para luego volver a entristecerme.
Lo cierto que es que siento cómo el desván me engulle lentamente y cómo soy consciente de ello y cómo no me levanto y salgo a jugar, reír, vivir con mis hermanas menores. Allí junto a la ventana las envidio en privado, en mi intimidad. Me doy el gusto de reconocerlo porque veo sus hermosos vestidos de domingo manchados de tierra y sus cabellos recogidos con flores y pienso qué fue de aquellos tiempos para mí. Si se marchitaron como aquella amapola que encontré una vez en el campo, si se florecieron como la fruta, si es que acaso tiene ahora los bordes amarillos como el papel. No sé en qué me entretuve que al darme cuenta me habían crecido los huesos y lo que no son huesos. Y todas estas emociones que antes no existían. Y este… dolor por dentro, en la boca del estómago, en la garganta, en los pulmones. Este no sé qué que me hace suspirar, que me pone la mirada triste sin remedio. Esta palidez de no dormir, de no comer, de no vivir. Todo esto antes no estaba porque antes no había leído ese libro. Porque antes no me había enamorado. Del papel, de la tinta. Porque antes no conocía la desdicha de amar aquello que no existe y que no existirá.