10 de julio de 2012

BOBBIE MCGEE

Decía mamá que si aún no había muerto era por mí. Yo era un crío y no lo entendía. Sólo la miraba, como miran los niños, con los ojos algo henchidos de amor y de curiosidad. Ella se giraba un instante a sonreírme y devolvía la vista a la carretera. En un acto mecánico, metía la mano izquierda dentro del coche y se la llevaba a los labios para aspirar una profunda calada. Y yo era tan pequeño que la perspectiva de mis recuerdos es ascendente: yo, enano, hundido en el asiento copiloto, y ella, grande, imponente manejando el volante. Un leve rayo de sol surcaba sus rizos rubios. En la radio se oía la voz rasgada y aguda de Janis Joplin gritando a pulmón baby. Era cualquier día de cualquier año de la década de los noventa y mi Bobbie McGee y yo teníamos suficiente con sentirnos bien.
Decía que una vez mamá me dijo que si aún no había muerto era por mí. En realidad es algo que decía de forma continuada y por ello, pese a no haberlo entendido en aquel momento, es algo que recuerdo de forma nítida. Su voz, los hoyuelos de su sonrisa y la expresión saltando del borde de los labios al abismo del espacio. A veces hacía un amago de lagrimeo, se le quebraba la voz y otras, soltaba una risa sonora y sincera –de esas suyas que alegraban el momento más triste– y alargaba la mano derecha hasta revolverme el pelo. En ese momento yo sabía exactamente qué debía hacer: pasar el casete hasta encontrar la melodía y tararear juntos, sin coger aire, el instrumental de My baby just cares for me de una Nina Simone que calmaba cualquier pena.
En aquella época, mamá conducía un viejo y sucio Renault azul marino, aunque para ella –y para mí– tenía un valor incalculable. Solíamos subirnos bien temprano, a esas horas de la mañana cuando la brisa fresca aún no ha migrado y el cielo se ve algo nuboso, gris y huraño. Cogíamos el coche y huíamos, sin saltarnos el límite de velocidad, adondequiera que la gasolina nos permitiera ir. Así se sucedían nuestros viajes. La polvareda del camino, voces negras, el humo del tabaco colándose en el auto, meriendas en el autoservicio. Sin rumbo, sin destino. Y era bella la incertidumbre. Eran bellas las carreteras interminables, las ciudades desdibujándose en el horizonte, el viento golpeando fuerte nuestro rostro. Una bofetada de realidad que nos recordaba que éramos libres, éramos pájaros, éramos todo aquello que quisiéramos ser.
Sentíamos, en nuestro fuero interno, la belleza de estar vivos y era verdad: nunca lo estuvimos tanto como en aquella época. Aún hoy brota una sonrisa imperturbable cuando sintonizo la cadena de grandes éxitos en la radio del hospital. Y mamá me mira con ojos de ciervo herido, esforzándose porque su gesto no tiemble (aunque lo hace y a mí me se me encoge el corazón), para luego susurrarme:
—Cuando salga de aquí, cogeremos el coche y visitaremos...
Entonces tose. Y a medida que mi mirada se empaña, yo ensancho mi sonrisa todo lo que puedo para que mamá vea a través de ella y no a través de mi alma. Luego acude la enfermera y se la lleva, hablándole como se le habla a una niña, a ella que tanto ha vivido.
Pierdo la vista frente a la ventana. Los árboles en calma socorren con su sombra a pacientes y familiares que han salido a disfrutar del buen tiempo. El sol parece alegrar la vida de la gente, que pronto olvida los puntos, la sutura, el gotero. Sustituyen las dieta especializada por cigarrillos furtivos. Se arremangan las batas, se suben los camales del pantalón pijama. Hablan animadamente y sus voces se amontonan junto al piar de los pájaros. Pienso en la irrealidad de la imagen, en cómo me siento fuera de contexto.

Y entonces recuerdo que vuelve a ser verano y que quizá hoy, hace más de una década, mamá y yo estábamos perdidos en una carretera secundaria cuando de pronto dijo:
—¿Sabes, cariño? Si aún no he muerto es por ti, porque debo estar aquí para llevarte.
—¿Para llevarme adónde, mamá?
—A la felicidad, pequeño.
—¿Y la felicidad está muy lejos?
Ella me miró un instante para dedicarme una sonrisa. Encendió un cigarrillo y contestó. Sin embargo, con las ventanillas bajadas su voz quedó eclipsada por el viento y no alcancé a oír su respuesta. Una respuesta que perdí en algún kilómetro, en alguna época, y que no me había molestado en buscar.

Sumido en mis recuerdos pasa el tiempo, un tiempo que dentro del hospital parece inmutable. El olor aséptico sigue impregnando nuestra cara, en nuestra ropa, en nuestro ánimo. El cansancio se va anidando en los ojos de la gente que no deja de entrar y salir, sanar y enfermar, vivir y morir. Aquí dentro no es verano (ni otoño, ni invierno, ni primavera).
Pero algo ha cambiado, ahora hay algo diferente. La caricia del sol que entra por la ventana es amable, huele a salitre, resuena el eco de un motor rugiendo cerca de aquí. Ahora se oye al bueno de Armstrong afirmando eso de que what a wonderful world en la vieja radio de la sala. Sonrío porque lleva razón. Y, mientras espero que me llamen por megafonía, no dejo de pensar que mamá, mi Bobbie McGee, lo consiguió: nos llevó siempre por buen camino.