13 de julio de 2012

EL EPÍLOGO

—Hola, ¿qué tal? Ha pasado mucho tiempo, más del que yo misma esperaba. Créeme, estoy tan sorprendida como tú. Nunca imaginé que después de lo que vivimos juntos, sobre todo en las últimas semanas, el mundo siguiera su marcha... Y tú, y yo, subiéramos al tren sin mirar atrás, sin dudar, sin que ninguno corriera a buscar al otro. Sé que no lo hiciste porque yo tampoco me acordé. En realidad ya sabes, estaba preocupada por encontrar un sitio cómodo en un vagón vacío donde poder cerrar los ojos. Relajarme. Olvidarte. Desconectar la mente durante un rato. Pero el tren iba repleto. Es curioso porque, desde el primer momento, sabía que este tren siempre va lleno. Nunca descansa, nunca. Y aún así me aferraba a mi deseo de soledad. O necesidad, tal vez.
Qué jodida la vida, ahora que lo pienso. No necesité el vacío para sentirme sola. Y entre el barullo del resto de viajantes que no dejaban de ir y venir, subir y bajar, hablar, reír, llorar... me perdí en mí misma. Creo que, en el fondo, todos allí estábamos igual de perdidos.
Los días pasaron tan deprisa. Cuando quise darme cuenta ya era otoño. Los paisajes se vistieron de ocre y mil hojas saltaban valientes desde las ramas altas de los árboles. ¿No tendrán miedo? Cerré los ojos un instante y llegó el invierno. Con el frío, dejamos la bella Varsovia atrás, yo misma la vi marchitarse en el horizonte. La nieve nos acogió en otra ciudad, sin nombre, sin recuerdos. Fue hermoso sentir el frío en las mejillas a través del cristal. Me sentí viva por primera vez en mucho tiempo. El tren seguía su viaje y, poco a poco, todos los que estábamos allí olvidamos el equipaje que arrastrábamos el día que subimos.
¿Sabes? En esa vieja maleta yo guardaba todo lo que durante un largo periodo fue mi vida. Todo. La ropa que una vez me quitaste. El pintalabios rojo con el que manchaba la tuya. La entrada de cine de nuestra primera cita. ¿Recuerdas los dieciocho? Las velas de mi cumpleaños están por ahí, en algún bolsillo. Me preparaste una tarta y estaba malísima, pero la comimos igualmente. Tengo también una caja de bombones vacía, algunas fotografías, tus cartas... Lástima que las rompiera, eran preciosas. Sin embargo, guardé los trozos con la intención de recomponerlas más tarde. Y se me pasó. Como se me pasó seguir llamándote, llorándote, queriéndote.
Pero no pienses que todo era material. En la maleta guardé tu voz gritando ¡te quiero, te quiero, te quiero! como un loco desde la ventana del hotel de París. Y el roce de tus manos ásperas saltando de vértebra en vértebra o cuando dibujabas corazones torcidos sobre mis omoplatos. Tu respiración y la mía entrecortadas en la oscuridad, cerca del cuello, los labios, en la curva puntiaguda de los pezones. El vello erizado. Y esa canción que sonaba de fondo el día que volviste para pedir perdón, ¿cómo era? Ah sí, God only knows what I'd be without you. Mis compañeros de viaje dicen que al principio la tarareaba en sueños...
Lo cierto es que ya no pienso en ti y me apena reconocerlo. Me entristece que llegáramos a superarnos. Ya sabes que siempre creí fervientemente que un amor como el nuestro no podía tener final. Pero lo tuvo.

Hace décadas que cicatrizaste pero me he dado cuenta de que nos merecíamos algo mejor. Un epílogo. Así que, aunque sólo sea por hoy, dejaré que tu herida me escueza de nuevo.