1 de noviembre de 2012

HUBO DÍAS EN LOS QUE ME CONFUNDÍA CON LA CARRETERA

Pequeños círculos de luz, así como la imagen borrosa de tonalidades distintas de colores pasando a gran velocidad cerca de mí, pero detrás de un grueso cristal, me hicieron recobrar la conciencia. Era noche fría, la ventana estaba empañada debido a mi constante respiración que, durante casi todo el trayecto, había permanecido pegada a ella. Me dolía la cabeza por el traqueteo del autobús y la mala postura que había adquirido mi cuello al quedarme dormido.
Miré en rededor, todo estaba vacío. No sabía qué hora era ni tampoco sabía dónde estaba. Pero conocía de sobra aquel autobús vacío porque no era la primera vez que estaba allí, absorto en mis pensamientos hasta bien entrada la madrugada. Y no era la primera vez que me quedaba dormido con la baba cayéndome en el jersey ni tampoco la primera vez que trazaba corazones con el dedo en el vaho del cristal. No era la primera vez ni tampoco la segunda que me montaba en un autobús sin preguntar adónde se dirigía, sin determinar cuánto tardaría en pasárseme aquella melancolía incrustada en los párpados, sin elegir una parada en la que bajar. Y por supuesto, no era la primera vez que me sentaba allí, en la penúltima fila, con los nombres de Hugo y Leah grabados en el cabezal del asiento de enfrente con rotulador permanente.
Hugo y Leah, que llevaban allí conmigo innumerables noches, aún sin haberlos conocido. Hugo era un chico joven con el pelo revuelto y las pestañas largas. Siempre llevaba la sudadera ancha, los pantalones raídos, las zapatillas sucias. Se mordía las uñas durante todo el trayecto por el mono que le producía no sostener un cigarrillo encendido en los labios. Y Leah era buena chica, una buena chica de familia modesta con su melena castaña por los hombros y el uniforme de colegiada ligeramente subido por las pantorrillas. Y ella le miraba con los ojos centelleantes, pensando que él era todo aquello que ella había deseado y que jamás se atrevería a ser. Y él le devolvía la mirada con la media sonrisa encajada en la mejilla izquierda pensando, aunque sin reconocer, que ella era lo que él debía haber sido por el bien de todos. Era una pareja que de buenas a primeras no pegaban mucho, de esas que te paras a pensar cómo es posible que hayan acabado juntos. Pero que, al contemplar sus miradas o la forma en que se estrechaban las manos cuando iban sentados uno al lado del otro en el autobús, sabías con certeza que se profanaban un amor inusual en los jóvenes, un amor que todavía no había sido corrompido.
O yo qué sé. Quizá sólo fueran una fantasía adolescente. Tampoco era la primera vez que jugaba a adivinar quiénes eran esos dos ni por qué cojones siempre acababa en el mismo asiento, mirando al mismo cabezal con los mismos nombres grabados en él. Sobre todo porque sabía que evocaba en ellos lo que yo querría haber vivido y que no llegué a vivir. Y eso es algo que dolía y me entristecía como ninguna otra cosa.
Aquella noche no estaba de buen humor tampoco. Podría reconocer que tuve muchas ganas de echarme a llorar, como cuando era un crío, y esperar que alguien –el conductor, probablemente- viniera a abrazarme, a decirme que todo iría bien aunque fuera una mentira como una catedral y ambos lo supiéramos. Sin embargo, tuve la sensación de que el conductor era un imbécil, un tipo inhumano, porque ahora veía claramente que eran las cinco de la mañana y aún así él seguía conduciendo un maldito autobús en mitad de la niebla, con el único sonido de fondo que el de un programa de radio para nocturnos. Quise escuchar alguna pieza de jazz, porque sabía que el jazz me alegraría lo suficiente como para decidirme a bajar y volver a casa. Pero el locutor no se callaba nunca y seguía amuermando a sus escasos y desgraciados oyentes con su voz cetrina, anodina, casi programada, robándonos la esperanza de llegar despiertos al espacio musical.
Durante un largo rato pensé en una chica que había aparecido varias veces en mis sueños y que, aunque no conseguía ponerle cara ni nombre, podía relacionarla perfectamente con una gran bola de luz sobre el fondo añil de la noche campestre. Ella siempre me hacía sentir bien –como enamorado, diría en otras circunstancias– así que me aferré a ella, a su luz interior, al fondo añil cubierto de estrellas. Y cuando quise darme cuenta, el maldito conductor, el muy imbécil e inhumano, me sacó de aquella paz con el claxon. Había amanecido y esa era, sin duda, sin remedio y sin excusas, la última parada.





Oh! Salgo en el número de Septiembre de la Revista AmateursHotel. 
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