11 de noviembre de 2012

TOCADO Y HUNDIDO

Llega el sonido de la cafetera desde la cocina. Yo giro la cabeza en aquella dirección y espero. Nada sucede. Mis folios me dicen que esto es algo urgente, que la madrugada se nos echa encima, que necesitamos café. Echo una ojeada al sofá: ella sigue absorta en su libro, con el cabello revuelto entre cojines, y sé que nada podrá sacarla de allí.
—Esperadme —les susurro a los papeles y al bolígrafo y a la máquina de escribir.
Me levanto cansado, la rodilla izquierda vuelve a dolerme. Quizá debo empezar a aceptar que mis huesos ya no son los de un adolescente. Pero es difícil creerlo cuando la miro a ella y nos veo igual que siempre, los mismos hoyuelos marcados, las mismas ganas en los labios. Cuando paso junto al sofá no reprimo una caricia en su mejilla. Responde algo tardía con una sonrisa silenciosa como ha hecho siempre desde que nos conocimos.

Es fácil mirar atrás, contemplar el largo camino que hemos recorrido. Cerrar los ojos un instante y vernos allí de nuevo, abrazándonos en aquel concierto del noventa y tres. Escuchar la canción que nos hizo juntar los labios mientras el confeti cubría el cielo nocturno de febrero. Sentirme como un quinceañero. Los días de picnic, soltarnos las manos delante de nuestros padres, correr al hueco de las escaleras para besarnos entre clase y clase. Es realmente fácil mirar atrás.
Revivir el pasado resulta tan sencillo que no es difícil acomodarse y perderse en la calidez de los recuerdos. A menudo me pregunto si no se es más feliz de este modo, con la vista anclada en momentos que han valido la pena y que seguirán haciéndolo aunque sólo sea en el pensamiento. Al final mi postura es negativa. Uno no puede vivir del pasado eternamente. Hay momentos en los que se debe volver a la realidad. Como ahora, donde el café gotea en la máquina y aún quedan platos por fregar. Alguien debe limpiarlos. Alguien debe servirlos. Lavo dos tazas y las dejo secando un instante mientras me fumo un cigarrillo de cara a la ventana.
No me explico por qué la gente evade la realidad, por dura que sea. Hay... cierta aventura en el día a día. En el luchar porque las cosas sigan funcionando aunque te agote la rutina. Me gusta creer que siempre he sido un pirata, pero es ahora cuando más me siento así: tratando de invadir un barco de la flota inglesa. Un barco bello, atractivo, repleto de tesoros. Un barco que antes hondeaba la bandera con orgullo, diciéndome: aquí estoy. Pero que ahora eleva anclas y se retira cauteloso. La flota inglesa ya no es lo que era, al fin y al cabo.
El pasar de las páginas emite un sonido agradable. Es su forma de decir que sigue respirando, que sigue viva. No sé qué haría si ese sonido desapareciera de este apartamento alguna vez. Si ya nadie leyera tumbado en el sofá o junto al alféizar de la ventana. Si los libros murieran sobre la estantería. Son estas pequeñas cosas, la caricia de sus dedos sobre el papel o encontrar novelas en cada esquina, las que me ayudan a vencer la idea de que el barco finalmente se ha rendido, de que este pirata debería abandonar su aventura.

No consigo que dejen de temblarme las manos. Me sucede siempre que me embarga la nostalgia o el miedo o la decepción. Cargo la bandeja con las dos tazas de café y preveo que el camino hasta el sofá va a llevarme una eternidad. Me pregunto si debería pedirle ayuda con esto pero no abro la boca. La casa está sumida en un silencio pesado, interrumpido por el viento que entra desde la ventana de la cocina.
Preparo también otras cosas: una tostada con mermelada de melocotón para ella, el azucarero, varias servilletas. Cucharillas. Camino haciendo equilibrios sobre este suelo de madera, tratando de no hacer mucho ruido. Pero antes de llegar al sofá me sorprende un leve gimoteo. Me acerco. La acaricio.
Ella me mira como una niña, abrazándose a la novela que hasta entonces la tenía entretenida. Los ojos rojos del cansancio siguen siendo los mismos que antaño aguantaban despiertos hasta el amanecer las noches de concierto.
—¿No te ha gustado el final? —le digo apartándole el pelo de la cara.
—Sí pero es muy triste. —dice ella entre lágrimas.
Reposa su cabeza junto a mi hombro y serenándose un poco sorbe el café.
Tomamos el desayuno en silencio, uno junto a otro, en un rincón del sofá. Ella sigue envuelta en mantas con la mirada inflamada. Cuando engulle la tostada ríe bajito y me da las gracias.
Recuerdo mis pobres folios esperándome en la mesa de trabajo. Hago una amago de levantarme pero ella me coge del brazo. Nos miramos en silencio un rato y por un momento veo brillar en sus pupilas el orgullo, la bandera de la flota inglesa invitándome a la batalla. Ella no aligera la fuerza con la que me retiene y finalmente, me vuelvo a sentar a su lado.
He ganado y he perdido. Y por eso, cuando ella me pregunta mordiéndose los labios:
—¿Te quedas conmigo a esperar la mañana?
Yo no puedo evitar encajar una sonrisa de triunfo al decir:
—Tocado y hundido.