24 de noviembre de 2012

PRIMER ENCUENTRO

Hace tiempo escuché la historia de una chica que siempre se maquillaba antes de bañarse. Me lo contó Mónica en el tren de camino a Barcelona, durante el viaje que hicimos para celebrar el término de los exámenes semestrales. Por aquel entonces yo todavía tenía una amiga llamada Mónica a la que le gustaba hablar y hablar durante horas, sin reparar en lo oscuras que eran mis ojeras ni pensar en lo cansada que podía estar después de llevar tanto tiempo el culo pegado al asiento y las piernas inmóviles en la misma postura. Todo el trayecto fue así, comiendo galletas de canela horneadas por la madre de alguien que nos deseaba un buen viaje mientras escuchábamos, una tras otra, historias y anécdotas que poco o nada nos importaban a ninguno.
Una de ellas fue esta, la historia sobre una chica que, sin lugar a dudas, debía de ser fascinante y, sin embargo, de la que no fui capaz de memorizar el nombre ni los motivos. La culpable fue sin duda Mónica que, para lo mucho que gustaba de narrar, nunca aprendió a contar historias y todas, de la anécdota más hilarante a la aventura más épica, las volvía anodinas e insustanciales. Y es por eso que, de todas las horas que pasó hablando sin parar en nuestro viaje a Barcelona, hoy sólo puedo recordar esta, la de la chica que siempre se maquillaba antes de bañarse.

No sería de este modo si un par de años después no hubiera conocido a Penélope. En aquel entonces ya había olvidado a Mónica, nuestro viaje a Barcelona y todo lo que habló en el tren.
Nuestro encuentro fue puramente casual, dos personas en el mismo lugar a la misma hora. Pero si he de ser honesta, a medida que fui conociéndola y adentrándome en su mundo, la idea de que ella y yo estábamos destinadas a cruzarnos se volvía más y más densa. Yo nunca fui supersticiosa y nunca creí en nada que no pudiera demostrarse científicamente así que todavía hoy tengo mis dudas. No obstante, no puedo evitarlo. Me resulta difícil creer que las personas especiales —los protagonistas de las mejores historias— llegan a nuestra vida y se quedan y te cambian y ponen tu vida patas arriba sin una razón aparente.
Aquel día había salido el sol después de varias semanas de abundantes lluvias pero nadie en la ciudad se fiaba del cielo, nadie quizá, excepto ella. Ese día vestía de blanco, un blanco inmaculado que se fundía con su piel nívea. La vi mientras rellenaba un impreso en el departamento de reprografía de la universidad, pues ella miraba un anuncio junto al tablón.
Lo primero que recuerdo cuando pienso en la primera imagen que tuve de Penélope es el color avellana de su cabello. Ella estaba de espaldas a mí y yo no podía hacer otra cosa más que pensar en aquel maravilloso cabello de color avellana. Largo, liso, suelto, brillante. Pensé que debía tener el pelo muy suave y realmente quise acercarme y acariciarlo. Pero me contuve, claro.
La saludé de pasada. En circunstancias normales solía ser muy reacia a conocer gente nueva pero, de tanto en tanto, aparecía alguien así, alguien que destacaba sobre la muchedumbre y me entraban ganas de presentarme y conocerles. Tenía la impresión de que, si no lo hacía, mi vida se perdería algo bueno.
Ella se volvió para mirarme. Era fría y lacónica. Esbozó algo parecido a una sonrisa. Quiero decir «algo parecido» porque todo lo que hizo fue apretar ligeramente los labios en una curva casi imperceptible. Clavó sus ojos azules en mí y noté cómo un cubo de agua helada —el tipo de agua helada y bruta que rompe en las cataratas— caía sobre mis hombros. Murmuró algo, me dio la espalda y se fue como había venido: regalándome el espectáculo de su fantástico cabello avellana.
Antes de irme yo también me detuve a mirar qué había estado observando tan pensativa. Arranqué la hoja del tablón y, aún entonces sin saberlo, mi vida empezó un nuevo camino. Uno inesperado, a menudo tortuoso, pero en general digno de ser contado, como habría hecho Mónica en otro tiempo.