1 de septiembre de 2014

Y SIN EMBARGO

Su tono de voz no me advirtió de la intención ni de que ese era, en efecto, el momento; ese momento que sucede en todas las relaciones –no sólo en las de pareja, aunque especialmente en éstas se vuelva determinante hasta el punto de que nadie lo espera realmente y todos lo tememos de alguna forma–, donde el desencanto son los posos de un café muy amargo en una taza de cristal sucia y pegajosa que lleva, quién sabe cuánto tiempo, sobre la encimera. Dándole la espalda, yo me servía una copa, con media sonrisa en los labios. Una media sonrisa que no era otra cosa que la exasperación por su comedido dramatismo, por saberme en una situación que se había repetido tantas veces que ya no me inmutaba. Sus palabras eran golpes lanzados al aire, que rebotaban sobre sí mismos o que directamente perdían el trayecto a mitad de camino. Nos conocíamos más por el lenguaje de nuestro cuerpo que por todas las palabras que nos dedicábamos.

Y sin embargo.

Me di la vuelta, no sé bien qué iba a contestarle y enmudecí. Sus ojos no eran sus ojos, ni sus labios los de apenas unas horas antes, ni su piel, ni el torso, ni los puños. Todo en él seguía estático pero de una forma que no había visto nunca. La sobriedad, el empobrecimiento repentino de su gesto. No era una expresión severa: era el abatimiento, la decepción, quizá también molestia.
Podría decir que él se estaba liberando, que me estaba liberando también a mí pero lo cierto es que ninguno ganamos. Tampoco perdimos. Yo entendía lo que significaba esa metamorfosis en su lenguaje corporal y en su tono de voz –¿por qué no había reparado en él antes?– más de lo que me habría gustado admitir, siquiera conocer. Amar es una decisión que se toma todos los días, muchas veces por inercia, por una suerte de certeza romántica, pero no deja de ser por ello una convicción. Y él había decidido no hacerlo, no más. Eso no significaba que no me quisiera. Probablemente me seguía queriendo tanto que a él mismo le dolía no tener voluntad ni apetencia por continuar algo que una vez nos dio la energía para caminar los siete kilómetros que separaban nuestras casas. No supe cuándo cambió de parecer, probablemente hacía ya algún tiempo que la inflamación estaba bajando y en ese momento tuve la seguridad de que él había luchado por mantenerlo. Él no era de las personas que se rindieran, siempre había sido un hombre valiente, un hombre seguro. Si su expresión era derrotista era porque él mismo sentía que no había sido capaz.
Me embargó la pena, una pena muda y contenida que me dolería en algún lugar dentro del pecho durante bastante tiempo después, y cerré los ojos al reposar el rostro en su hombro.
Ninguno de los dos dijo nada más, nunca más, de hecho. De nada servía mencionar el amor que nos habíamos tenido, recordar lo felices que habíamos sido, cuánto nos habíamos reído y bailado, o lo bueno que era el sexo.
Entendí que me había perdido muchas cosas; una persona no puede hacer feliz a otra si ésta no se deja. Si ella está, de alguna manera, impedida, defectuosa, si hay algo dentro que falla. En mí fallaban muchas cosas y él siempre las aceptó como parte de mí que eran. Pero hay momentos –ese del que hablaba antes– en que amar no es suficiente. Y en ese instante, en el salón, con la copa aún en la mano, el rostro enterrado en su camisa, en medio de un silencio que lo significaba todo: el amor no era suficiente.
Me vino a la mente la premisa que siempre había defendido –la de que nadie da sin esperar nada a cambio– cuando era joven y rebelde y todavía no me había enamorado; y pensé para mis adentros que ojalá hubiera estado equivocada.

Al final se marchó. Yo me quedé mirando la puerta. Cuando me di cuenta era noche cerrada y tenía algo de frío. También algo de tristeza. Vi de pasada mi reflejo sobre una ventana entornada, mientras me dirigía al dormitorio. Ese reflejo, sin embargo, no pudo verme a mí. Mi yo se había desvanecido.