1 de febrero de 2015

DESENCADENANTES

Nadie me dijo nunca sobre qué escribir y durante años lo he hecho a golpe de lugares, de encuentros, de personas y de momentos. Siempre he escrito aquello que he sido capaz de ver y de soñar, con la intención de que todas esas pequeñas escenas compusieran un fresco de realidades paralelas que poder vivir junto a mi bol de palomitas y mi mirada perdida en el horizonte. Sin embargo, el otro día escuché a alguien decirle a otro alguien que escribiera siempre sobre las cosas que le incomodan, que le asustan, que le provocan ansiedad. Le oí decir que escribir tiene que ser un deporte de riesgo al que te lanzas con la única certeza de los miedos y de las dudas y del que no sabes si saldrás bien o mal parado, pero del que saldrás. Eso seguro.
Entonces evalué las cosas que me incomodan: el pudor ante un cuerpo desnudo, la sexualidad de las personas que me rodean, la idea y el proceso de un embarazo o el escrutinio ajeno fueron algunas de las que se me ocurrieron en ese momento. En cualquier caso —y aunque me habría encantado seguir allanando conversaciones ajenas—, di una última calada a mi cigarrillo casi consumido y entré en el bar que tenía a la espalda.

Había quedado allí con una chica que no me apetecía nada ver, una chica a la que apenas conocía pero que había insistido tantísimo en vernos que agoté la lista de excusas que poner (y es literal, realmente tengo una lista de excusas muy efectiva). Mi negativa a verla no era nada personal, en realidad se trataba una desconocida de la que no tenía formada una idea concreta, tanto buena como mala; y todo lo que me había dejado ver de sí misma era un tono de voz afable y una predisposición cercana. Dicho de otro modo, no había justificación real por la que sentir aquel rechazo, pero inevitablemente algo galopaba en mí y me impedía tomar la iniciativa de reunirme con ella. El mismo algo que me ocurre siempre que se trata de encuentros sociales.
Una vez dentro hice un barrido con la mirada: el panorama no era especialmente tranquilizador. Un bar cutre, lleno de grupos de gente joven viendo el partido, tomando patatas bravas y bebiendo cerveza puede que sea lo más normal del mundo hoy en día; pero para mí, en mi fuero interno y quizá debido a algún desbarajuste emocional, resultaba desolador. El olor a comida refrita era fortísimo y todo el mundo hablaba alto, demasiado alto. Los atareados camareros iban y venían colándose entre las mesas como podían, haciendo oscilar las jarras de cristal vacías y gritando comandas desde cualquier lugar de la sala. Y aunque había cruzado los dedos para que aquello no ocurriera, en mitad del gentío apareció una cabeza rubia esbozando una sonrisa de labios rojos y alargó el brazo para ubicarme. La opción de girarme y salir corriendo no estaba descartada, no del todo; por suerte mi sentido del ridículo es mayor que mi inseguridad.

¿Sabéis? Si por algo me fascina el pensamiento romántico es por esa maravillosa capacidad suya para extraer un instante concreto, delimitado, y convertirlo en el vehículo de sus poemas. La poesía y yo no es que tengamos una relación muy estrecha, y ciertamente el dramatismo exasperante de los románticos no iba a ser una excepción; pero ellos estarían de acuerdo conmigo cuando digo que lo que yo sentí cruzando la oleada de mesas y sillas atestadas de gente, bolsos y abrigos, rozó lo Sublime. Probablemente no tardé más de un minuto en alcanzarla, pero en esos sesenta segundos mi corazón palpitaba salvaje, encabritado. Mis oídos se ensordecieron, mis ojos rehuían el contacto con las miradas ajenas y mi boca articulaba pequeñas y torpes disculpas pidiendo paso. Notaba los pulmones pesados, la frente fría, las mejillas ardiendo y mis pensamientos hacían carreras que ríete tú de los Maserati.
Cruzar un bar lleno de gente no tiene nada de especial, pero ahí estaba yo sufriendo de una manera incomprensible y absurda. Ahí estaba mi ansiedad, libre y furiosa; ahí estaban todos mis miedos. Ahí estaba la historia sobre la que tenía que escribir. Cuando finalmente alcancé mi silla, estaba tan agotada y tan nerviosa que casi había olvidado que, en principio, no quería haber ido. Afortunadamente sí fui. Entonces la miré a los ojos y le di las gracias.