28 de octubre de 2015

HISTORIA MÍNIMA

Presionó el botón del ascensor repetidas veces mientras un aluvión de imágenes corrieron de lado a lado en la autopista de su mente. Elena riendo, con la cabeza apoyada en su regazo; Elena encogida en la cama, contra su pecho; Elena trabajando con el ordenador, comiendo espaguetis distraídamente; Elena lanzándole el periódico con cara disgustada; Elena cuando todavía no era Elena, fumando en la cola del concierto.
Inspiró fuerte, se secó el sudor que nacía en su frente y volvió a presionar el botón. La luz del ascensor indicaba que todavía estaba detenido en el séptimo piso. Pasó las manos por la nuca, por el cabello. Cuando quiso darse cuenta ya corría escaleras abajo y, al llegar a la entrada del edificio, la garganta y los pulmones rabiaban como ratas histéricas de alcantarilla. No hizo caso al ardor porque en su mente seguía apareciendo Elena: esta vez, con la decepción en la fina línea que eran sus labios, con el silencio en las pupilas. Tragó saliva y salió a la calle. No le importaron los treinta y tantos grados de sol que bramaban en el asfalto. Miró a todas partes creyendo que vislumbraría una melena dorada en algún punto de la avenida, se lanzaría a por ella, diría todo lo que no había dicho. No obstante, la avenida estaba atestada de figuras sin rostro, de voces ininteligibles, de movimientos atropellados que le embestían desde todas direcciones. Dentro de su camisa notaba un borboteo.
Consiguió parar un taxi y ponerse en marcha. A través de la ventanilla vio discurrir las calles, las gentes y todo esto le pareció, de pronto, lejano e impersonal. Como si ninguna de aquellas historias que iban y venían tuvieran que ver con él, como si estuviese viendo una película muda de género desconocido. La sonrisa de una niña pequeña, un abrazo, conversaciones animadas entre varias personas, pasos enérgicos, apretones de mano, manos llevándose un bocadillo a la boca, labios masticando, labios fumando, labios moviéndose. Se revolvió en el asiento, se rascó los nudillos. Notaba sus propios labios escocidos de tanto morderlos. Elena siempre le regañaba por ello. Le hablaba de la delicadeza de las mucosas, de la fuerza de los incisivos, le hablaba de bacterias, de inflamaciones. De verlos, seguramente ella habría recorrido con el dedo índice sus labios irritados, le habría dado un beso casto, le aplicaría la pomada con suavidad. Pero ella no estaba allí; a su lado solo descansaban las inseguridades y los miedos, un equipaje del que no conseguía deshacerse.
Comprobó la hora. Las manecillas del reloj parecían competir con la velocidad del coche y, conforme dejaban atrás la ciudad y la autovía se volvía más anodina y silenciosa, el cansancio de las noches en vela se apoderó de su cuerpo. Desde que recogió sus cosas, no había podido dormir en la cama desierta, vacía de ella, y se había dedicado a repasar sistemáticamente informes pendientes en el ordenador. Había conseguido aplacar la frustración y el desánimo provocado por la ausencia con la frialdad y precisión de los números —y quizá, así habría seguido funcionando si no hubiera recibido la llamada que había fijado una hora y un lugar, un momento determinante del que no podía distraerse, que le arañaba las sienes, que no le dejaba respirar tranquilo—. Ahora con el teléfono en la oreja, la voz del contestador de Elena sonaba como un recuerdo vago y confuso.
«Soy yo, ¿dónde estás?, ¿has embarcado?, estoy de camino, espérame», decía él. Al otro lado, el pitido final.