20 de octubre de 2015

RADIOGRAFÍA

Al hombre del banco le tiemblan las manos ininterrumpidamente. Es un temblor inconsciente y sordo, él no parece percatarse del redoble que están conjugando sus dedos al impactar, nerviosos pero rítmicos, contra la madera hueca. Tiene ciento siete surcos desde la frente hasta la barbilla, uno por cada canción que no llegó a bailar, o nudos en la garganta de callar más de la cuenta, o lágrimas de despedida en una estación de tren. No lo puedo saber con seguridad, pero sí sé con seguridad que las tímidas que asoman por el rabillo del ojo no son fruto del cielo nublado. En este punto, casi puedo ver una parte de mí desprendiéndoseme de la piel, incorporándose, sentándose a su lado. Esa parte de mí que no existe aprieta los labios y sonríe, quizá ofrece una mano, quizá reconforta.
A este lado de la realidad, un ligero golpe en el costado me hace girar la vista y encontrarme de frente con el color de las castañas asadas en otoño. Probablemente tiene mi misma edad, también tiene mis mismas manos huesudas y el labio superior algo respingón. Ella se disculpa; yo cedo en silencio y comparto el espacio.
La chica saca unos auriculares del bolso y no tarda en viajar lejos de allí, lejos de mi lado. Aunque no ha cerrado los ojos, pronto me doy cuenta de que no está mirando nada en concreto. A veces se le agita la respiración, a veces sonríe quedamente, a veces tamborilea sobre sus rodillas. Sube el volumen distraídamente y es entonces cuando reconozco el Uptight Downtown de La Roux. También reconozco ciertos recuerdos despertándose en la boca del estómago y una nueva parte de mí ya se ha levantado del asiento y está agitando los hombros y las caderas, ríe, se revuelve el pelo. La chica de mi lado ríe también, sube los brazos y no tarda en unírseme haciendo volar la falda amarilla y el cabello de un lado para otro. Pestañeo. Cuando acierto a despegar los labios para comentar cualquier cosa, ella ha recogido y se dispone a marchar. Una ráfaga súbita de viento nos sacude a ambas el pelo; se aleja, ya no está. Esa parte de mí se ha ido bailando con ella.
De la heladería que hay al otro lado de la plaza salen dos niños corriendo. Se hablan a gritos en ese lenguaje que solo los de su edad comprenden, sueltan carcajadas, se pegan, vuelven a chillar. Sujetan con las manitas dos polos de fresa, a veces lamen y muerden y a veces olvidan que estaban comiéndolo. Se persiguen un rato alrededor de los columpios, luego cuchichean. En ningún momento ningún adulto les interpela y me pregunto quiénes serán las madres y los padres y qué estarán haciendo, por qué no están cerca de ellos. Al calmarse extraen de la mochila infantil una tablet. Ambos desaparecen tras la fascinación por los colores brillantes y los sonidos metálicos. Ya no existen los gritos agudos, las carcajadas ni los juegos. Los niños que eran apenas cinco minutos antes se han disuelto sobre la arena. No sé si son hermanos, primos, compañeros de escuela; si llegan a entenderse o vincularse aunque no tengan una noción clara de lo que ello significa. Me pregunto si yo misma la tengo. Me pregunto si los demás transeúntes la tienen. Si alguna vez han visto personas más allá de mirarlas, si las han oído más allá de escuchar lo que tuvieran que decir. Me pregunto si todavía quedan personas reales fuera de las pantallas y si yo seré una de ellas.

En mi bolsillo vibra el teléfono, atiendo un mensaje impersonal y compruebo la hora. Las nubes se abrazan cada vez más y la plaza se ha quedado vacía, desprovista de todo tipo de vida. Tengo siete acepciones para el frío y lo estoy sintiendo en al menos ocho de ellas. Al fondo de la calle mi autobús se acerca.