24 de noviembre de 2015

JAULA Y REFUGIO

El mar daba miedo los días de lluvia. Las olas se arremolinaban al borde de acantilado y embestían todas juntas, furiosas. Yo las observaba desde la ventana del segundo piso, envuelta en las cien mantas que tejía la abuela cada invierno. Ella decía que eran mi capa de superheroína, que me protegerían de todo mal. Y yo veía tantísimo mal en el Mediterráneo que me las ponía todas, una encima de otra, hasta que apenas quedaba un hueco por el que asomar la nariz y espiar disimuladamente. Los días de tormenta me dedicaba a eso: acechaba el mar desde mi escondrijo. Cuando el miedo me resultaba insoportable, hundía la cabeza en la lana de colores chillones y fingía que no notaba los cimientos de la casa retumbando con el vaivén rabioso del oleaje.
Como mi casa estaba, literalmente, sobre el mar, mi padre no me dejaba bajar al primer piso y mi abuelo cascarrabias argüía que si la lluvia suena como la metralla, todo lo que se puede y se debe hacer es ponerse a cubierto y esperar a que el cielo se quede sin munición. Yo no entendía sus palabras pero sus cejas blancas se crespaban de una manera que a ver quién se atrevía a rechistar. Fue así como, gracias a la lluvia, la habitación del segundo piso se convirtió al mismo tiempo en mi jaula y mi refugio, en mi cárcel y mi fuerte.
Era una habitación que no utilizábamos normalmente. La madera del suelo estaba vieja y tenía más de un tablón astillado. Con los años, mi familia había ido apilando allí los trastos que no sabía dónde dejar y todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Mi madre aseaba la estancia de vez en cuando, había colgado los cuadros en las paredes y ordenaba el mobiliario intentando dar cierta armonía, hacerla pasar por otro salón o despacho..., pero sin éxito. Había un sillón azul con las costuras doradas que nadie sabía si estaba allí por incómodo u horrendo. A su lado se alzaba una pajarera blanca, enorme, que mi abuela compró para unos periquitos que le dieron pena antes siquiera de estrenarla. Los periquitos volaron libres pero la pajarera se quedó allí por los siglos de los siglos, aunque solo fuera para amenazar a los nietos con meternos dentro si nos portábamos mal. Televisores de tubo antiquísimos, un tocadiscos —que para mi desilusión no funcionaba y arreglarlo costaba más que cualquier reproductor de nueva generación—, álbumes de fotos de antepasados desconocidos que miraban fijamente a la cámara con cara de no-sé-muy-bien-cuánto-dura-esto-pero-no-me-hace-ninguna-gracia. Cada vez que me quedaba allí trasteaba en cajones, armarios y baúles y siempre encontraba cosas nuevas, tesoros por los que pasar las manos, palpar texturas y sobre todo con los que jugar. Entre mis objetos favoritos estaba la colección de sombreros de la que se vanagloriaba mi abuelo risueño: «¡Ese lo traje de la Manchuria!», había gritado entre carcajadas al verme con él en la cabeza. También el vestido de novia-cadáver que mi bisabuela llevó en su boda, bordado hasta el cuello, las muñecas y los tobillos; así como una colección de libros de relatos y cuadernos de bitácora que los marineros de mi familia se habían pasado unos a otros.
Los días de tormenta mi padre ponía discos de jazz mientras trabajaba en el salón de abajo y mi madre preparaba estofado de carne para «llenarnos el estómago y el alma». Toda la casa parecía entonces más viva, más tierna y nosotros parecíamos también más familia. Si la lluvia no cesaba, me preparaban allí un camastro, junto al armario de ébano, y me traían un tazón de chocolate caliente para pasar la noche. En la oscuridad, la masa de agua se confundía con el cielo y espiar ya no tenía ningún sentido, así que ocupaba las horas leyendo historias de barcos y ballenas con la luz de una linterna. Cuando el amanecer o el graznido de las gaviotas me despertaba, siempre tenía a mamá dormida junto a mí y a papá con sus bártulos en el sillón azul. Entonces sabía que la tormenta había terminado.