28 de febrero de 2016

DIARIO I

Rezo constantemente. Es un murmullo sordo que acompaña la voz de mi cabeza, está ahí detrás: del recuerdo y el anhelo, de la imaginación, detrás de la música atronadora de los auriculares. Mi rezo es la única constante vital que permanece, el latido a menudo se interrumpe. No sé adónde va, solo sé que cuando regresa lo acojo con los brazos cansados. Toda yo estoy cansada. La espalda, las cervicales, los riñones, mis piernas que llevan siglos sin moverse de esta cama, las manos que ya no escriben, los labios que no besan, el estómago que no digiere. Estoy quebrada de ser, de estar, de no poder querer. Estoy agotada y asfixiada de mí. La piel y los temblores. Desearía que el latido estuviera siempre conmigo y que fuese el cuerpo quien parpadeara, como las bombillas fundidas, como el vaivén del oleaje; querría sentir el abandono de las extremidades, el pecho, la garganta. Al latido, sin embargo, lo extraño.
He perdido cinco otoños pasando hojas de las que no guardo recuerdo, tacto ni olor. Solo resta un blanco sucio y mortecino que lo diluye todo... Y quiero llorar la pérdida, de verdad, pero no fluye. El tiempo ha secado la mirada y la ingenuidad.