29 de febrero de 2016

DIARIO II

He pasado todo el día evitando pensar en ti, en que hoy habría sido tu cumpleaños. He subido a tres trenes y he viajado a las montañas donde no he gritado tu nombre ni te he echado de menos. Nada a mi alrededor tenía que ver contigo. Ni la nieve, ni el blanco, ni los charcos, ni los coches, ni los desconocidos, ni las conversaciones cruzadas que he ido intercambiando aquí y allí para llenar cualquier silencio por el que pudieras colarte. Ya no me gusta pensarte. Resultaba sencillo imaginar tus diecisiete, dieciocho y diecinueve años. Pero a día de hoy, con veinticuatro, tu imagen es un abismo. No tienes facciones, ni voz, ni personalidad. No sé en quién habrías devenido. No sé si habrías salido de aquello o, si por el contrario, habrías acabado por sumergirte del todo. No sé quién serías ahora, qué te gustaría, qué pensarías ni en qué lugar quedaría yo (suponiendo demasiadas cosas). Todo lo que puedo pensar es ficción; una ficción imprecisa y vaga y sobre todo, corrompida por mis propias expectativas. No quiero contaminarte de mí y de todo lo que soy yo ahora, porque quien soy ahora depende en una gran medida de que—. No me gusta pensarte porque temo estar confundiéndote con otra persona, mezclando el recuerdo y el anhelo, atribuyéndote algo que no te pertenece. Me aterra verte en los ojos de alguien y darme cuenta de que no he sabido distinguirte. Me da miedo olvidar lo poco que supe a ciencia cierta de ti.

Yo sé qué pensarías de mí si me conocieses ahora. Sé cuáles serían tus palabras y qué color tendrían, sé cómo teñirían toda la nieve de rojo oscuro y esta vez no pedirías perdón. Sé que volverías a estar delante de mí sin tocarme, sin abrazarme, sé que volverías a subir a un avión a sabiendas de que ese avión iba a estrellarse. Porque todo lo que soy es lo que prometí que nunca sería, sí, pero tú me traicionaste primero.