6 de junio de 2016

DIARIO IV

No calibro bien mis emociones, aunque la puntería nunca me ha fallado. Y es lo que ocurre ahora con la tristeza: da donde más duele y además lo hace con la fuerza de las lluvias torrenciales; dejándome empapada, fría, tiritando.
Hoy he recordado la sonrisa y el ardor ha quemado las entrañas. He recordado cómo nacía y se ensanchaba libre y hermosa para después morir junto a la ilusión y la confianza en un choque frontal contra la realidad. El fuego surgido lo ha devorado todo y donde estaba ella ahora hay un campo de ceniza. He recordado, por supuesto, el día que le hablé de ti a mi padre. Porque yo no soy de contarle estas cosas a mi padre a menos que tenga mis motivos: creía que eras real, tangible, palpable. Como los apuntes de los exámenes sobre el escritorio o el calor tímido y floreciente de mayo. Creía que podía hablar de ti sin miedo a precipitarme, a cualquier persona, en cualquier lugar. Ya sabes, precipitarme contra un error que me dejase en ridículo, que me recordase más tarde lo tonta que soy. Así que le hablé de tus rizos, de tus estudios, de tus ambiciones. Le hablé de que te había conocido cuando menos te esperaba y que me hacías bailar y que tenía ganas de que os conocierais porque por una vez, me permitía fantasear con la palabra familia. Él me dijo a mí todo esto me parece muy bien, pero tú no te descentres. Y recuerdo que lo tomé un poco mal, porque lo último que quieres cuando tienes ilusión es que consideren esa ilusión una torpeza. Yo, evidentemente, no le hice caso y me descentré. Me descentraste. Todo lo que en mi vida era real, tangible, palpable se desdibujó y yo perdí mi nortesuresteoeste. Tú y mis apuntes y mis exámenes. Incluso el calor tímido y floreciente de mayo. La muerte de esta sonrisa concreta me dolió porque era una sonrisa genuina que inundaba un rostro acostumbrado a estirar los músculos faciales día sí día también por normas sociales.
A ella le siguieron otros cadáveres y para ninguna hubo funeral. Después de todo dejó de doler y a veces incluso surge la risa; una risa seca y ácida que sigue corroyéndome el esófago cuando muere otra pequeña ilusión amarilla. La boca de mi estómago es una tumba de luciérnagas donde luciérnaga es sinónimo de ganas. Unas ganas que en su día nacieron dando saltos, revoloteando y que ahora a duras penas consigo mantener vivas.
Te conocí cuando menos te esperaba, cuando menos preparada estaba para esta guerra fría en la que las bajas se suman por millones. Pero aún y todo te debo las gracias. Gracias por librarme de tanta ingenuidad.