13 de junio de 2016

DIARIO V

Mi gato ha construido un cementerio de bolas de papel de aluminio debajo del armatoste que tengo por mueble de salón. Si te tumbas en el suelo y miras por las rendijas puedes ver tres moribundas condenadas al exilio, lo suficientemente cerca para que el gato y tú las veáis, lo suficientemente lejos como para alcanzarlas. Es una metáfora perfecta de lo que es nuestra vida cualquier tarde de verano: un silencioso anhelo, un recordatorio de lo que ansiamos y de cómo nuestras zarpas encogidas saben que no hay nada que hacer.
Ahora mismo estoy tirada en el sofá, a mi derecha descansa un perro de peluche que mi gato ignora. También descansan quinientos libros que yo ignoro. Yo también tengo mi propio cementerio, solo que es un cementerio de papel en el que han muerto cientos de billetes de diez y veinte euros. Cualquiera diría que gastar el dinero en libros es mejor que gastarlo en cualquier otra cosa y es verdad, pero yo me he criado en la tierra del culto al capital. Me duele el dinero gastado porque ha sido difícil de conseguir y de mantener, alguien ha sudado y trabajado por él y yo lo he tenido en las manos un tiempo limitado que no ha merecido la pena. Cuando intercambias los billetes por algo, tienes un objeto de un valor que no se corresponde al valor inicial del billete que has pagado por él. No es un valor monetario, sino simbólico. Veinte euros son también la tenencia y la posibilidad de veinte euros. Cuando no están, esa posibilidad deja de existir. Y ser consciente de esto implica también ser consciente de lo mal que funciona la tierra en la que estamos condenados a vivir.