29 de junio de 2016

Diario VII

Te prometo que aprenderé a callarme a tiempo, que la rabia no regurgitará por mi boca, mis ojos o mis manos. No me volverás a ver temblar. Te prometo, señor, que no estallaré más, que me voy a contener las lágrimas y los chillidos y también el fuego. Me abrasaré por dentro pero te juro que por fuera seré un remanso de paz, calma y control. Tú no pagarás por mi locura. Tú no pagarás por mi pasado, mi presente maldito, mi más que probable futuro de inestabilidad. No tienes que pasar por nada de eso porque eso es mi verdadero yo y te he revocado el acceso. No te concedo el permiso de conocerme de verdad. Y a partir de ahora podrás mirarme a los ojos, pero no el alma; podrás escuchar mi voz, pero no mi interior. Tendrás que conformarte con la cáscara, porque la pulpa no brotará de mí. Estaré sentada a tu lado y sonreiré, pero nuestros corazones palpitarán a kilómetros de distancia. Mi latido ensordecerá cuando estés cerca.