23 de diciembre de 2016

DIARIO IX

Nada me hace más feliz que dormir a plena luz del día, con el sol sobre las mejillas, con las piernas fuera del edredón, el cuerpo en la posición perfecta, la temperatura perfecta, la suavidad perfecta. El gato duerme conmigo, enroscado junto a mi abdomen. Tengo sueños vívidos con sabores como el melocotón, el tacto de una piel áspera, la risa incontenible asomándome en los carrillos. En estos sueños yo sigo siendo yo, pero también soy una espectadora ajena, un elemento flotante, los ojos que miran con detenimiento cada detalle, cada ángulo, los que evalúan las expresiones del elenco de personajes que discurren por la pantalla. Hoy:
hay un chico que hace bromas que en la vida real no tendrían sentido, a mí me lloran los ojos de alegría. Fuera del sueño también me estoy riendo aunque luego no recordaré por qué. Ese chico tiene las manos secas, las posa junto a mi cuello, tiene los ojos muy grandes, tan grandes que parecen bocas que vayan a comerme. En mis sueños nunca tengo miedo aunque ocurran cosas horribles, me agito y me rebelo contra todo, me grito a mí misma para sacarme de la ensoñación. El chico de los ojos como bocas va a besarme y sé que voy a despertarme porque no hay cabida para más endorfinas. En el siguiente sueño está el otro, el que aparece continuamente en mi inconsciente como un caballo salvaje redimiéndose, comiendo del pasto que es mi mano, poniendo una de sus sonrisas tramposas. No quiero soñar con él, pero vuelve a menudo, cada vez más y no sé cómo frenarlo. Es un caballo salvaje, corre detrás de mí, rápido; yo corro delante de él, lento. Cuando me despierto tengo ganas de vomitar y me enfado conmigo misma, me reprendo, qué estoy haciendo, qué estoy haciendo, qué estoy haciendo.
El blanco de las paredes me hace daño en los ojos y sé que he dormido en mala postura porque me duelen las lumbares, los muslos, el cuello, las sienes. Hace quince horas que dije que me iba a dormir, hace quince horas que estoy en posición horizontal. No quería hacerlo pero lo he hecho. La mañana se ha ido. El sol de la tarde es oscuro y opaco, acaricia con las manos duras. Me hago daño al pisar el suelo descalza. El desayuno se convierte en la comida, la merienda y la cena y cae sobre el pozo que es mi estómago. Quiero dejar las persianas subidas para ver la luz del día /lo que queda de ella/ pero el frío se cuela por los cristales y las bisagras. Quito la almohada; a falta de silla, me siento en la cama. Todas las paredes están desnudas.
Cuando miro el reloj, es medianoche.