20 de febrero de 2017

DIARIO X

No pude ver su sonrisa. Su rostro es apenas un esbozo, sé, por ejemplo, que tiene la tez pálida, las mejillas redondas y los ojos opacos. A veces, cuando pienso en él, tiene los ojos azules, glaciales. Y otras son marrones. Aunque no es cualquier marrón, es el marrón de un higo maduro, dulce y jugoso. Solo puedo imaginarlo así, trocito a trocito, porque el conjunto es difuso y no obtengo ninguna imagen clara y concisa. No puedo, por tanto, ver su cara. Conocerla, aprenderla. Es todo un misterio. He estado delante de él solo una vez y bastó esa vez para quedarme magnetizada por su figura. Es curioso cómo funciona el recuerdo, ¿no? Recuerdo todo lo que hicimos, lo que nos dijimos y recuerdo qué sentí. Puedo recrear las sensaciones y emociones de forma milimétrica, expuestas en una tabla, cuantificables, mesurables. Las analizo como un cirujano en su mesa de operaciones. Pero no tengo una imagen de su rostro. Y nunca pude ver su sonrisa, así que tampoco puedo evocarla.
Que nos conociésemos en mitad de la penumbra es otro factor a tener en cuenta. Yo me acerqué a él, hechizada, aunque no me guste utilizar esa expresión. No podía no acercarme a él, no podía quitarle los ojos de encima. Me atraía como un imán, era algo mucho más allá de lo físico y lo tangible. Teníamos una cuerda invisible. Él daba un rodeo y yo le seguía con cierta prudencia. Al principio habría creído que tenía que imitarlo, pero después me di cuenta de que mis pasos eran naturales y que estaban en su misma dirección. Ese lazo que nos unía pertenecía a otro mundo con otras reglas. No estaba atada a él, seguía siendo libre y en mi libertad, elegí estar a su lado. Él lo probaba y yo lo corroboraba. Hasta que me acerqué a él. Me posicioné a su altura, alcé mi mano, la deposité en su mejilla. Depositar es un verbo extraño pero certero. No puse mi mano en su mejilla. La deposité, como si ese fuese su lugar. Solo entonces me miró con esos ojos que todavía no recuerdo de qué color exacto eran, a veces azules, a veces marrones. Yo dije:
—Eres como la medianoche.
Me resulta difícil explicar lo que quise decir con esta frase. Digamos que tenía intención clara de comunicarme con él en su lenguaje natural: la oniria. En la vida real no tendría ningún sentido, pero allí, en medio de ese dormitorio o salón o estancia de persianas cerradas, iluminados por una pantalla blanca de un ordenador, lo tuvo. Cuando digo que él es como la medianoche quiero decir que posee todos sus atributos: la oscuridad y al mismo tiempo, la claridad de una luna llena, las aves nocturnas, la vida trágica y casi siempre miserable de las personas trasnochadoras, el ocultamiento, la noción de ser el final y el principio de todo, la diversión y el riesgo, el juego, el alcohol, la música estridente, las salas abarrotadas, el olor húmedo de la madrugada, las farolas encendidas pintando de amarillo las aceras, el color azul de Van Gogh y por supuesto, también, una habitación en penumbra o el frío que hace ponerte una sudadera. Él llevaba una sudadera negra, yo llevaba otra. Por consiguiente, era del todo lógico y cierto: él era como la medianoche.
A continuación, viene su movimiento. Se giró hacia mí, pegó su cadera contra la mía, su pecho contra el mío. Realmente podía sentir todo su peso y todo su calor y su tacto, la textura de su ropa, aplastando y empujando mi cuerpo. Ese movimiento que fue parecido al movimiento de las mareas y las corrientes submarinas en el océano, provocadas por la posición de la luna. Mi mano se deslizó hacia atrás, alcanzando su nuca, solo un segundo después de que él pusiera las suyas en mi cuello, en mis mejillas, abarcando toda mi cabeza, levantándome el mentón, uniendo su boca con la mía, abriéndose camino entre los labios, introduciendo su lengua. Calor, lluvia, torbellinos, un pozo sin fondo, un agujero negro y mi alma. Mi alma vaporosa y fría, subiendo, reptando por mi cuerpo desde quién sabe dónde, muerta, y de repente viva y subiendo por la garganta hasta salir de allí, hasta que llegó él para succionarla. No toda, solo una parte, pero me la arrebató o se la di. Una parte de mi alma estaba ahora en su cuerpo, mientras nosotros nos besábamos. Entonces un beso, uno de verdad, no es solo la lucha entre dos lenguas, dos bocas que se mueven. Un beso es un intercambio, es una ofrenda. Esa noche yo lo entendí y un pedazo de mi alma se fue con él.
El beso terminó, nos separamos. Yo temblaba. Mi temblor no era un temblor normal, todo mi esqueleto se movía discorde, no podía tenerme en pie, menos hablar, menos enfocar la mirada. Conseguí una silla y me senté o me dejé caer en ella, reposé la cabeza en un brazo, sonreía tonta, sorprendida, aliviada, ennoblecida. Nunca había sentido nada parecido. Nunca había vibrado. Creo, en el fondo, que nadie ha vivido algo así, no solo yo, ninguna otra persona. Pertenecía a otro mundo. A un mundo con otras reglas, y otros sentimientos y otras emociones que no existen en este lado de la realidad, en el que tampoco existe él.