22 de marzo de 2017

DIARIO XI

«Contra todo pronóstico,
no estoy hecha de carne y hueso:
todo lo que soy es dolor
sumergido en una desidia profunda y seca».



Me ha salido un surco debajo del ojo izquierdo. Antes no estaba ahí, puedo certificarlo. Es más, he repasado las ochocientas veintiuna fotografías que tengo en la galería de mi teléfono móvil, mirándome el rostro, como si nunca lo hubiese visto antes, una por una, deteniéndome en mi mirada y haciendo zoom, inspeccionando cada píxel. Y la conclusión final es que ese surco antes no estaba.
Abro todas las ventanas de la casa, preparo un café. Ni siquiera sé por qué estoy llorando. No es por el surco, no. Y tengo el cuerpo tan cansado que no encuentro las fuerzas para detener el llanto. Ni para seguir preguntándome el porqué de nada. Dejo que las lágrimas resbalen y encuentren su hogar en el sobresaliente de mi pecho. Al fin y al cabo, para eso está. Para dar cobijo a mi hija: la pena.

He pensado mucho últimamente en lo que me depara la vida. La vida aquí y ahora. Y no hay ninguna ilusión. He seleccionado ciertos objetivos vitales que llevar a cabo con la premisa de seguir existiendo para poder alcanzarlos. Pero en el fondo sé, es decir, en este plano de la realidad sé, que no es más que otra mentira que me he contado a mí misma para no decir en voz alta que me da igual. Que me rindo. Mis fantasías son muñecos de falla esperando que alguien les pegue fuego. Ese alguien soy yo y sostengo en la mano la mecha. Afortunadamente, mi mano descansa flácida e inerte bajo mi cuerpo, que está tirado de cualquier manera en una cama, en un sofá, en la silla incómoda de una cafetería. Haciendo lo que mejor sabe hacer: nada. Existir por inercia. Me digo que este periodo acabará y se abrirá uno nuevo. Quiero escribir, pero no quiero vomitar. Quiero hacer ejercicio, pero no quiero despertarme por la mañana. Quiero vivir en París, pero no quiero contaminar la ciudad de tristeza. En la historia de mi vida, empezar de cero significa: renovar el dolor, intercambiar un daño por otro. No sé separar lo que siento de lo que hago y por eso no hago nada. Desafortunadamente, sostengo la mecha y esta está a punto de incendiar la cama, el sofá, o la cafetería en la que me siento a mirar por la ventana. Una parte de mí se levanta de hombros. La otra parte de mí está somnolienta porque lleva nueve años empastillada con antipsicóticos, antidepresivos, hipnóticos y ansiolíticos de todo orden y observa la llama y no sabe reaccionar.
De todas formas, ¿merece la pena?