26 de abril de 2017

EL INTERRUPTOR

Una casa es muy similar a una cárcel. Una cama puede ser una celda. Todo tiene cuatro paredes y todo te recluye y te aleja del mundo exterior. Ella lo sabe bien porque a menudo se siente incapaz de salir de allí, como si alguien o algo se lo hubiese prohibido. Solo puede asomarse a la ventana y mirar. Lamentablemente, su calle es estrecha y corta, no hay comercios y todo lo que atisba es una hilera de coches aparcados y dos cubos grandes de basura. En el edificio de enfrente hay pintadas por toda la fachada. Las ventanas de sus vecinos están clausuradas. Ella se da la vuelta y se vuelve a meter bajo el edredón. No sabe bien por qué pero hoy es uno de esos días en los que sabe que no pisará la calle, que no sentirá el viento en su rostro. Lleva así casi dos semanas y empiezan a dolerle las piernas por la falta de ejercicio.

Cuando está dentro de la cama, arropada en la sábana y los edredones, no necesita siquiera cerrar los ojos. Pronto la vista deja de ver lo que tiene a su alrededor, los contornos y bordes se difuminan. No tarda mucho en estar muy lejos de allí. La mayoría de las veces está bajando de un avión, siguiendo la fila de viajeros en el desembarque. Siente el frío cortándole la cara, el ambiente húmedo y el cielo nublado. Sigue caminando hasta entrar en el aeropuerto y pasar el control de seguridad. Después un autobús y unos minutos después, como si hubiese dado un salto en el tiempo, ya está bajando las escaleras con su pequeña maleta de fin de semana y caminando por las calles frescas y atiborradas de Londres.
Con una mano empuja el equipaje, con la otra abre la puerta de un local. Suena un tintineo y entra. El local huele a una mezcla de hierbas y café recién hecho. Pero ella sabe que el café en esa ciudad está asqueroso y que es mejor pedir un té Earl Grey o un Chai Latte aunque lo pague a precio de oro. Las ventanas están empañadas y ella se sienta cerca de una grande, lo bastante limpia para poder divisar el gentío a través del vaho. No lleva guantes y las manos se le han puesto moradas. Seguramente tenga también el rostro inflamado, pero nada de eso es importante allí. Nota las monedas en sus manos, duras y frías. Paga y da las gracias a la mujer asiática que le lleva la tetera humeante a la mesa, entonces piensa en cuánto echa de menos hablar en inglés en su día a día.

De repente, una grúa. El sonido metálico, agudo y atronador de una grúa se ha colado en el local. Parpadea. Inmediatamente sabe dónde está y no es en Londres. Aunque reconoce el tacto de las sábanas y la comodidad de la almohada, a pesar de tener el cuerpo tibio y tranquilo, la desazón llega para quedarse, acomodada en su pecho como un gato. Han pasado un par de horas desde que se ha tumbado en la cama y la luz clara del cielo se ha minimizado. La grúa trabaja un par de calles al oeste y sus mugidos rebotan por la habitación. Pestañea, se da la vuelta. Cierra los ojos. No consigue ver nada. Su mente es una pantalla de cine oscura y opaca, pero no hay programación disponible. El aroma de su té y la cara arrugada y sonriente de la mujer son ahora un recuerdo borroso que poco a poco se va evaporando. Al mismo tiempo, su piel se enfría y el dolor de cabeza nace. Su lugar seguro se difumina, la cárcel reaparece. A veces no sabe qué es real y qué no lo es. Puede ver y oír y sentir y tocar y oler Madrid y Londres, convergiendo en un mismo espacio-tiempo. Como si tuviera un interruptor y pudiera cambiar de lugar y contexto con solo presionarlo. Con solo yacer y dejarse ir en mitad del silencio: está aquí y de pronto está allá. Y de pronto vuelve. Y de pronto desaparece. Sin embargo, ninguna de las dos realidades es ciertamente nítida. Ninguna es clara. Ella puede desplazarse, estar; pero no consigue ser en ningún lugar. No ser le deja siempre aturdida y sin aliento. Agotada. Lleva así casi dos semanas y empieza a dolerle la existencia.