22 de septiembre de 2018

Ciarán y Lisa, por Félix Carlos González López

La megafonía anunció el fin de la jornada con la musiquita estridente de costumbre. Ciarán, una vez se hubo cambiado de ropa por la suya, más de su gusto, salió de L’art pour tous pitando para encontrarse con una nueva compañera de trabajo. Llegaba cinco minutos tarde.

—Ya estoy, perdona— comentó Ciarán. —Estaba comprobando el horario de la próxima semana.

—Mierda, otra cosa de la que no me he enterado— afirmó Lisa.

—No te preocupes, ya lo he mirado yo por ti; estamos de mañana otra vez. De todas formas, la empresa lo sube a la NUBE a lo largo del fin de semana. — aclaró Ciarán.

—Genial— dijo Lisa sin demasiado entusiasmo

Esta chica parece que tiene la cara de asco permanentemente, reflexionó Ciarán. Su expresión de disgusto era más que evidente: siempre levantaba la ceja izquierda, y la parte izquierda del labio se le elevaba como si la hubiesen pescado con un anzuelo invisible, formando así una cara asimétrica de profunda repulsa . Sin embargo, los rasgos de la chica eran cuanto menos curiosos: su tez morena contrastaba con sus cabello a media melena, más claro, tirando a un rubio cenizo. Los ojos ahora aburridos de Lisa eran de un color reservado solamente para el 10% de la población, de un violeta que recuerda a las geodas. En cuanto a su altura, los ojos de Lisa encajaban con los de Ciarán, por los que no andaría lejos de los 170 centímetros, algo por encima de la media nacional.

— ¿Te apetece entonces tomar una cerveza, o es demasiado pronto?— comentó Ciarán.

—Podríamos ir a tomar un café primero, pero vayamos caminando, necesito tomar un poco de aire— sugirió Lisa.

—Bueno, tenemos unos cinco kilómetros hasta el centro — añadió Ciarán. —Aunque el tiempo acompaña.


Pese a las repentinas nevadas a finales de febrero, el inicio de la primavera se mostraba cálido. Si uno miraba atentamente a las ramas de los árboles, pequeñas yemas auguraban ya el cambio de estación. Bien es cierto que para poder disfrutar de la naturaleza en la capital uno debe salir del meollo urbano. Porque, aunque cada acera de la ciudad cumplía a rajatabla la normativa municipal de un árbol por cada dos metros cuadrados y medio de firme, los gigantescos edificios de metal y cristal dominaban la línea del cielo.

El paseo fue agradable: se contaron anécdotas de dentro y fuera del trabajo y conectaron aparentemente bien.

—¡Qué va tío! Pero si Don es un flipao de tres pares de narices: no hace más que bromear sobre lo ligón que es. Las ochenta primeras veces que te lo cuenta tienen su gracia, pero ya.— dijo Lisa en tono amigable.

—A mí me cae bien—admitió Ciarán— en el fondo es buena gente.

—No lo dudo. Pero carga un poquito, la verdad. Quizá sea su manera de caer bien a los demás, lo que pasa es que conmigo no va bien por ahí. —respondió Lisa.— Prefiero un poco de humildad y sinceridad, no las veces que se acuesta con las titis.

—Tía, lo conociste ayer, ¿qué quieres, que te cuente lo desgraciadísima que es su vida?— preguntó retóricamente Ciarán.

—No, pero la gente tan flipada de entrada no me causa buena sensación. Anyway, es solo la primera impresión. No podemos fiarnos de nuestras primeras impresiones —sentenció Lisa.

—Eso mismo. Oye, estoy literalmente hasta el moño de andar— dijo Ciarán soltándose el pelo.

Necesito ducharme, me apesta el pelo a humanidad, pensó Ciarán. Una ducha no me vendría nada mal.

—Apesto a personas, a comida y a fábrica. ¿Qué te parece si pasamos por mi casa y así me ducho? No está lejos de aquí, además podría preparar café— propuso Ciarán.

—Um. Vale, a mí me da igual. —concedió Lisa.

Una vez hubieron convenido el cambio de planes, anduvieron unos cinco minutos hasta la parada de tranvía más cercana: CentroSur.

—Mierda, tengo que recargar dinero— dijo repentinamente Lisa.

—No hay tiempo, acerca el móvil.— decidió Ciarán acercando su móvil al de lisa, pasando este del rojo fuego a un verde semáforo.

Con sendos saldos en sus móviles, validaron su viaje en la finísima marquesina de metacrilato ahora roja, ya que anunciaba una nueva lata de Coca-Cola de un litro para compartir entre amigos, ciento cincuenta gramos de azúcar a compartir sanamente con tu colega.