15 de septiembre de 2018

El octógono, por Félix Carlos González López

El centro de la plataforma se iluminó de un color rojo iridiscente formando una figura tubular que se elevaba hasta la densa nubosidad de la urbe.

—Es la hora del descanso — comentó Ciarán sin demasiado entusiasmo.

Acto seguido todos los obreros, sin la menor duda, cogieron su ordinaria fiambrera y se dispusieron a comer su almuerzo en la gran explanada.

El área de descanso, lejos de ser una simple zona donde comer, tenía forma octogonal y estaba dividida en cuatro ángulos. Cada uno de estos ángulos albergaba unos siete bancos, estudiadamente repartidos siguiendo la caprichosa geometría del arquitecto. Sin embargo,no podría decirse que “El Octógono”, como era llamado comúnmente sin un atisbo de originalidad, era algo gris y meramente pragmático: sendos setos estrictamente podados otorgaban cierta vida a este lugar funcional. Lejos de descontrolar el lugar, continuaba la estética del diseño, ya que las originales pero repetidas podas conseguían hacer sentir a sus gentes como en circuitos gigantes; cemento gris y estructuras verdes.

—¿Qué tal la mañana?— comentó Lisa—, yo estoy hasta el coño de apilar cuadros de mierda.

—Sin más —respondió Ciarán.— Como ayer y como mañana. Al menos nos pagan más que a los de la competencia, y si lo piensas, no está tan mal: clasificar cuadros baratos durante 8 horas no es más aburrido que un trabajo de oficina. Por lo menos tenemos los del skyline de Londres, el azulado Monte Fuji, la archiconocida torre Eiffel… Hay variedad.

Lisa llevaba solamente tres días en la empresa, por lo que no había tenido tiempo de forjar ninguna paciencia todavía. Ella preferiría trabajar en algo de cara al público, pero tampoco se podía quejar, ya que su anterior trabajo suponía levantarse a las 5 de la mañana para abastecer a las máquinas expendedoras de diversos establecimientos. Al menos era mileurista y podía permitirse vivir en un estudio para ella sola. Bueno, para ella y para su gato.

—¿Vamos a tomar algo por ahí al salir?— dijo Lisa. — ¿Te apetece?

—Venga, va. Podríamos ir al Sub a tomar unas cerves. También podemos avisar a más gente— propuso Ciarán.

—Será por sitios en esta ciudad, pero vale— cedió Lisa, terminándose su sándwich de jamón, queso y mostaza.

Lisa se preguntó si Ciarán pretendía algo más con ella o era simplemente su impresión. Dada su tendencia a sobrepensar todo el tiempo, no podía ni fiarse de sus pensamientos. Con esta, ya sería la tercera vez que quedan. No sabía si llamarlo cita, quedada o qué. Bueno. Tampoco estaba tan mal. Ciarán no era un bombón pero tampoco era feo: sus ojos eran de un color dorado felino, la nariz y la boca formaban cierta armonía que se veía complementada por su mandíbula algo prominente. Su pelo negro era largo, recogido en una coleta, para evitar molestias durante el trajín de la jornada. Su cuerpo era más o menos normal, aunque sus brazos eran fuertes, fruto de levantar el género día tras día.

—Nos vemos a las cuatro y cuarto en la boca del metro frente al Octógono.—añadió Ciarán.

—De acuerdo— contestó Lisa.

Una vez dentro de la fábrica, el resto de la jornada se pasó más rápido que de costumbre. Quizá empezaba a acostumbrarse al trabajo.


El último pedido del día estaba compuesto de veinticinco lotes de fotografías de bambú, doce de piedras blancas y negras, y cinco de hojas con gotas de agua demasiado retocadas. — Demasiado zen kitsch para que la gente decore sus salones— pensó Lisa.